Entrevista
Juan José Aguirre, obispo misionero cordobés: «En Bangassou aprendí más de lo que enseñé»
Tras 27 años al frente de Bangassou, el obispo se despide de la diócesis con «el corazón lleno de nombres» y acepta una nueva misión en Centroáfrica

Manuel Murillo

-¿Cómo recibió la noticia de que el Papa ha aceptado su renuncia?
-Con alegría, porque yo la pedí hace seis años. Entonces estaba peor que ahora: salía del tercer infarto, tenía -y todavía tengo- nueve muelles en el corazón, había sufrido una tromboflebitis llegando a Roma y tenía muchos dolores de espalda. Ahora estoy viviendo un poco una crisis de abstinencia, como los drogadictos, pero lo importante es que he podido dejar un relevo. Roma me dio un obispo coadjutor, que es quien venía a relevarme. Fue consagrado obispo hace dos años, así que hemos podido estar juntos ese tiempo en Bangassou, trabajando de la mano. Sobre todo él trabajando y yo transmitiéndole toda la memoria histórica de la diócesis, que es enorme, de 135.000 kilómetros cuadrados, como la mitad de Andalucía. Tiene muchísimas parroquias y capillas. Hemos podido ver a la gente, escucharla, conocer sus alegrías y sus penas. También era importante que él entendiera la evolución de todo lo que ha pasado en estos 27 años. Pasados dos años, creo que ya está bien. Es bueno que él levante sus alas y vuele y yo me retiro poco a poco.
-¿Cómo se siente al dejarlo después de tantos años?
-Lo resolví todo. Regalé mi coche, que había usado durante 27 años. Mis ropas y todo lo que tenía lo repartieron entre los pobres. Simplemente cerré la puerta y me marché. Pero Dios estaba conmigo, no se quedó en Bangassou; venía conmigo. La experiencia de la presencia de Dios y de Cristo en mi vida es muy importante.
-Y ahora está llamado a otra misión...
-Sí. La sorpresa ha sido que, cuando ya me había retirado y estaba saliendo prácticamente de la Conferencia Episcopal de Centroáfrica y de la Nunciatura, me pidieron si podía quedarme un poco más para un trabajo muy específico: las Obras Misionales Pontificias. En Centroáfrica había ciertas dificultades y me han pedido que me quede unos años para intentar solucionar y aclarar algunas opacidades.
-¿En qué consistirá exactamente ese trabajo?
-Normalmente hay que organizar las campañas misioneras a tiempo completo y la persona que estaba allí no podía hacerlo así. Además, todo el dinero que se recoge tiene que ir a Roma, que después lo distribuye en proyectos. Eso es lo que ha fallado un poco en los últimos años y me han pedido que me quede para clarificarlo. Me han pedido cinco años, y aunque yo digo que es mucho tiempo, esto hará que no me desconecte de manera drástica, sino más paulatina. Ahora viviré en Bangui, la capital de Centroáfrica, en la casa de mis hermanos combonianos. Será un desenganche más gradual.
-¿Lo prefiere así?
-No lo he buscado yo, me ha llegado del cielo y si el Señor quiere que lo haga de esta manera, lo hago. Si me necesita allí, acepto. Me dejo llevar, me pongo en manos de Dios y me lanzo al vacío, sabiendo que sus manos están siempre ahí para protegerme y agarrarme.
-¿Qué le diría a su sucesor en Bangassou?
-Hemos hablado muchísimo, pero no se trata de que yo vaya a añadir algo, porque él tiene su carácter y su manera de hacer las cosas. Lo que le he repetido mucho es una frase que sirve para muchas cosas, también para los matrimonios: siempre hay varias buenas maneras de hacer las cosas. No hay una sola buena manera, son dos maneras distintas y buenas de hacer las cosas. Él organizará la diócesis según su entender, su ADN y su espiritualidad. Yo podía estar de acuerdo o no, pero me he callado para que él sea él. Nos hemos llevado muy bien. Ha habido mucho cariño e incluso complicidad. Ha sido muy bonito.
«Poner una pincelada de ternura donde hay mucha violencia puede cambiar muchas cosas»
-¿Y cómo está viviendo la comunidad este relevo?
-Yo he estado muchos años allí y a la mayoría de mis curas los he ordenado yo. Algunos lo miran con perplejidad, porque estaban acostumbrados a una sola manera de hacer las cosas. Al final, en los últimos días, les dimos una conferencia para despedirnos y les dije que la vida es así y no hay que tener miedo porque llegan situaciones nuevas, se pasan páginas y aparecen novedades, pero Dios está siempre ahí.
-Cuando salió de Córdoba tenía 28 años. ¿Imaginó entonces que iba a pasar toda su vida en Bangassou?
-Sí, yo me fui para toda la vida. Ahora tengo 72 años y, si volviera a nacer, volvería a decirle al Señor que me eligiera para la misma vocación. Es una manera estupenda de gastar la vida. Nunca me he vuelto atrás. Me he sentido siempre muy a gusto, y eso que he tenido muchísimas dificultades. Hemos vivido 15 años de guerra civil, he pasado muchas tribulaciones con mi gente, con mi pueblo, pero nunca he mirado atrás. Siempre he intentado comprender lo que el Señor quería de mí. Desde el principio entendí que esa era mi vida.

Juan José Aguirre ahora servirá en Bangui, la capital de la República Centroafricana. / Manuel Murillo
-¿Qué imagen resume esa experiencia?
-Tengo muchas imágenes en las pupilas. Algunas son muy duras, incluso las hemos publicado en un libro. Tuve que transformar mucho mi mente para adaptarme a su mentalidad y a su filosofía. A veces apedreaban a personas mayores acusadas de brujería. Suena a algo muy antiguo, casi de la Edad Media, pero yo lo he visto. He tenido que entrar en un círculo de personas con piedras en las manos que estaban apedreando a alguien que no podía defenderse. Cuando entraba, la gente se paraba. Sin mirar a nadie, sin juzgar a nadie, con la mirada en el suelo, iba hasta la persona herida, me ponía de rodillas, sacaba un pañuelo y empezaba a limpiarle las llagas y la sangre. Ese simple gesto de ternura hacía que las piedras fueran cayendo al suelo y que el círculo se deshiciera. A veces, poner una pincelada de ternura donde hay mucha violencia puede cambiar muchas cosas.
-También vivió momentos muy duros durante la guerra...
-Sí. Una vez hubo un grupo de tiradores muy violentos que atacaban el barrio musulmán. Había unos dos mil musulmanes refugiados en la mezquita, mujeres y niños incluidos. Nosotros, los curas, nos pusimos delante de la mezquita y les decíamos a los tiradores: ‘No disparéis, son mujeres y niños’. Estuvimos tres días allí, salvando vidas. Fue durísimo. Al día siguiente, el imán me pidió entrar en la mezquita y había una fila de 23 cadáveres en el suelo, incluso niños con un boquete en el pecho. Era horrible. Las madres estaban en shock porque habían visto morir a sus hijos y, un día después, los estaban viendo descomponerse. Mis curas entraron, sacamos a la gente y estuvimos toda la mañana cavando una fosa enorme. Enterramos a 23 personas. Las balas nos pasaban rozando. Aquel gesto de enterrar a los muertos fue también un gesto de ternura que apaciguó a los tiradores. Dios estaba allí conmigo, llorando conmigo. Porque Dios llora en todas las guerras.

Un momento durante la entrevista. / Manuel Murillo
-En esos contextos da igual la religión.
-Exactamente. Tenemos un orfanato donde seguimos a 300 huérfanos. No son católicos, protestantes o musulmanes: son huérfanos. Si son musulmanes y quieren poner su esterilla en el suelo para rezar, lo hacen. Respetamos a cada uno en su manera de ser. Lo importante es cuidarlos. El orfanato empezó hace 25 años y vi entrar a niños con un año, con el biberón en la mano. Los hemos acompañado, escolarizado y ayudado a crecer y después de 25 años, algunos han ido a la universidad. Aquellos niños que entraban con el biberón salen ahora con un diploma. Es muy bonito ver cómo les hemos alimentado también la cabeza, para que no tengan que subirse a una patera y atravesar el Mediterráneo.
-¿La religión católica está creciendo mucho en África?
-Muchísimo. El continente africano tiene muchas vocaciones y las iglesias están muy llenas. La religiosidad es muy grande y eso hace que la Iglesia africana sea muy rica y sea el futuro de la Iglesia. Todavía tiene que madurar, desde luego, pero tiene muchas posibilidades.
-África ha sido un continente expoliado...
-Desde luego. Hace 150 años, en tiempos de las colonias, aquello fue una masacre. Las colonias saquearon el continente como depredadores. Y hoy sigue siendo igual. Antes era el caucho; ahora son los diamantes y el oro. Centroáfrica es un país que ahora está más tranquilo y la guerra ha terminado porque los rusos vinieron a poner un poco de orden a cambio de saquear las minas de diamantes y de oro. Siempre hay una condición.
«Si volviera a nacer, volvería a decirle al Señor que me eligiera para la misma vocación»
-¿Alguna vez tuvo dudas o ganas de volver a Córdoba definitivamente?
-Ganas de volver a Córdoba he tenido muchas, porque aquí está mi familia, pero ganas de dejar la misión, no. Gracias a Dios, él me ha ayudado para no tener esa tentación.
-¿Se siente más cordobés o más centroafricano?
-Siempre me he sentido muy cordobés y he pregonado Córdoba por todos sitios, pero África ha sido mi vida. África me cambió, cambió mi mentalidad y mi manera de ser. Aprendí la filosofía africana desde que llegué. Me enseñaron a no ahogarme en un vaso de agua, a no echar más leña al fuego cuando las cosas están mal, a no hacer nada que empeore la situación. Me enseñaron que la vida es muy corta y que hay que aprovecharla bien. No tenemos otra vida de recambio, como la rueda de un coche. Ellos me enseñaron a valorar lo que realmente importa y a dar menos importancia a lo superficial. Aprendí mucho más de lo que enseñé.
-¿Cómo deja la diócesis de Bangassou? ¿Cuáles son ahora sus principales necesidades?
-Hemos podido hacer muchos proyectos gracias a la Fundación Bangassou en Córdoba y ahora lo importante es que los proyectos sigan. Tenemos 32 escuelas con 14.000 alumnos; tenemos la casa de huérfanos, la casa de personas mayores con senilidad y Alzheimer acusadas de brujería, escuelas de costura y un hospital precioso, donde han venido médicos de Córdoba a operar. En noviembre vendrán oftalmólogos para operar cataratas; hay una lista de unas 120 personas. Todo eso hay que continuarlo, por la gracia de Dios.
-¿Cómo le gustaría ser recordado en Bangassou y en Córdoba?
-Cuando enterramos a alguien en Córdoba o en tantos sitios, lloramos durante unos días. Pero a los siete días, ¿quién se acuerda? La familia más cercana. La memoria es muy efímera. Yo ya tengo las maletas hechas. Cuando muera, pasaré a la historia. No quiero ser recordado. Simplemente me iré con el gusto de haber vivido con el corazón lleno de nombres: los nombres de todas las personas que me han amado y que yo he amado. Y ya está.
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