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Reportaje

Los niños saharauis prefieren la piscina: "No les gusta la playa porque dicen que hay sardinas"

El albergue de Cerro Muriano recibe a los 131 menores procedentes de los campamentos para pasar un verano más en Córdoba y provincia con sus familias de acogida

La llegada de los niños Saharauis a Córdoba

Manuel Murillo

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Rafael Verdú

Rafael Verdú

Córdoba

Hasta en las circunstancias más adversas, sorprende lo fácil que resulta conseguir la sonrisa de los niños. Quítales el móvil, dales una pelota, un parque o una piscina y ellos se encargan de lo demás. Recibirás a cambio una lección de vida.

Decenas de niños saharauis (131 para ser precisos) han llegado este jueves a Córdoba para pasar sus vacaciones lejos de los campamentos en medio del desierto, dentro del programa Vacaciones en paz. Ha sido un viaje largo: llegaron a Málaga de madrugada, a primera hora de la mañana pasaron los reconocimientos médicos y a mediodía ya estaban con sus familias de acogida, repartidas por toda la provincia. Mientras tanto, estos zascandiles no han parado de reír, jugar y divertirse, huroneando en las instalaciones del albergue de la Diputación en Cerro Muriano, primer punto de encuentro del verano para los pequeños.

Una pequeña practicaba su español con los periodistas: "Hola, ¿cómo estás?"; otra lucía su camiseta de la selección española; y las menos, tal vez tímidas, se cubrían o agachaban la cabeza. Sobre el césped y al fresco, unos chavales ("es su último año y son los entendidos", explicaba una monitora) conversaban entre ellos, quizás comentando sus planes para el verano.

Si les preguntas, la respuesta es unánime. Lo que más les divierte de un verano en España es la piscina. "No les gusta la playa porque dicen que hay sardinas", afirmaba un padre de acogida. Vaya usted a saber qué hay de malo en las sardinas, como no sea el mercurio. Seguramente tenga algo que ver con la distancia al mar, que a cualquier habitante de los campamentos argelinos de refugiados (de donde proceden estos niños saharauis) le queda tan cerca como a un cordobés la playa de Fuengirola. La diferencia es que nosotros vamos a la Costa del Sol en autovía o en modernos trenes; para un saharaui el mar, el Atlántico, queda tan lejos como la Luna. Tienen que atravesar el Sáhara Occidental, su patria, ocupado por Marruecos desde hace décadas. Es más fácil, por complicado que resulte, pasar las vacaciones en España.

Un grupo de menores saharauis aguarda en el césped del albergue de Cerro Muriano antes de la recepción de las familias de acogida.

Un grupo de menores saharauis aguarda en el césped del albergue de Cerro Muriano antes de la recepción de las familias de acogida. / Manuel Murillo / Manuel Murillo

Todos los niños llegan contentos, pero cuando se aproximan los últimos días de agosto "están deseando volver" al Sáhara, recordaba otra monitora. Allí tienen sus familias y ningunas vacaciones harán que las olviden.

Hablan las familias: "Tendrán todo lo que podamos darles"

Mari Carmen y su marido han llegado desde Baena para recoger a un niño que lleva tres veranos seguidos con ellos y una pequeña que disfrutará sus segundas vacaciones en Córdoba. No tienen hijos pero los menores saharauis, afirma con lágrimas de alegría, "tendrán piscina, playa y parque y todo lo que podamos darles. Todo el mundo debería ser familia de acogida porque es maravilloso".

Mariam tiene 11 años y es la segunda vez que pisa España, aunque el verano pasado lo hizo con otra familia de acogida. Habla un español perfecto, con acento andaluz: "Lo que más me gusta es la piscina y... ". Manuel, su padre de acogida, vive en Doña Mencía con su pareja y se muestra emocionado cuando asegura que "estos niños son muy agradecidos y nos aportan felicidad, el verano es menos monótono con ellos".

Un padre de acogida abraza a uno de los niños saharauis recién llegados a Córdoba.

Un padre de acogida abraza a uno de los niños saharauis recién llegados a Córdoba. / Manuel Murillo

Todos estos niños tienen entre 10 y 11 años y no han vivido el origen del conflicto de su pueblo. Ana Ramos, presidenta de la asociación Acansa, que hace posible el programa Vacaciones en Paz, agradece la labor de las familias "que abren las puertas de sus casas pero también del corazón para estas sonrisas de los niños. Detrás hay una historia de exilio, refugio y, sobre todo, de lucha, porque llevan más de 50 años desde que fueron abandonados" por el Gobierno español.

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