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Obituario

Antonio Ranchal, el recuerdo de la memoria y la lucha por un mundo mejor

Antonio Ranchal desde que empezó a tener conciencia de quién era, no cejó ni un instante en recuperar el recuerdo de su padre, aquel hombre que fue injustamente asesinado

Antonio Ranchal, en una imagen de archivo.

Antonio Ranchal, en una imagen de archivo. / AJ González

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Córdoba

Conocí a Antonio Ranchal Luna hace diez años, cuando comencé a escribir la biografía de su padre Miguel Ranchal Plazuelo. Era la tercera de las tres que publiqué sobre personajes que tuvieron en común ser víctimas de la represión franquista. Miguel Ranchal había sido dirigente sindical y alcalde socialista de Villanueva del Duque y fue fusilado en Barcelona en 1940, tras un Consejo de Guerra celebrado sin las más mínimas garantías. Su único delito –así consta en su expediente- fue ser comisario político en unos talleres de la aviación republicana. No hubo para su arbitraria condena la clemencia que él aguardaba pese a haber recibido numerosos avales de sus paisanos quienes aseguraron que, gracias a su valentía, libró de la muerte a centenares de derechistas, entre ellos al responsable de muchos tribunales militares de la Córdoba de la posguerra, Demetrio Carvajal.

Pasé muchas horas charlando con Antonio Ranchal que puso a mi disposición todo lo mucho que conservaba de su padre. Lo primero fueron sus recuerdos de niño, en los que la última imagen que tenía de él era haber sentido el calor de sus brazos en el campo de concentración de Albatera, donde fue encerrado al concluir la guerra.  Antonio me contó las terribles peripecias que debió sufrir su familia: su madre, María Josefa Luna García, Fefa a quien le arrebataron a su marido en plena juventud, y sus hermanos Miguel, José y Juan, que tuvieron que cambiar sus nombre originales –Germinal, Floreal y Jaurés- para poder bautizarlos de acuerdo con los nuevos usos del franquismo. Él mismo dejó de ser Bebel para convertirse en Antonio.

Aparte de sus recuerdos, Antonio conservaba los libros y buena parte de los artículos que publicó su padre en diversos medios como El Socialista o El Sur. Sorprende la calidad de sus escritos hechos por alguien que apenas recibió estudios en su niñez y que fue un autodidacta. Entre sus primeros se encontraban ¡¡¡Alerta!!!, en el que contó sus experiencias en la guerra del Rif; Los profesionales de la política, sobre la problemática laboral de la comarca minera del Alto Guadiato, donde desarrolló su actividad como sindicalista; Octubre rojo, una interesante reflexión sobre la revolución de Asturias de 1934; la biografía del dirigente minero socialista Ramón González Peña; y Huellas del dolor en el que refleja la miseria social de su tiempo, su último libro que está dedicado a sus hijos “como una prueba muy pequeña de lo mucho que os quiere vuestro padre”.

Antonio Ranchal, el recuerdo de la memoria y la lucha por un mundo mejor.

Antonio Ranchal, el recuerdo de la memoria y la lucha por un mundo mejor. / A. J. González

Muy importante para mi biografía fueron las cartas que él escribió a su familia y el expediente de su Consejo de Guerra. La larga correspondencia desde las distintas prisiones por las que pasó cuenta las terribles experiencias de aquellos tiempos, procurando salvar la implacable censura a que estaban sometidas las cartas, y reflejan la esperanza que mantuvo hasta el último momento por estar convencido de su inocencia y de que llegarían los avales necesarios de aquellos a los que salvó su vida cuando era alcalde de Villanueva del Duque. Unas cartas sobrecogedoras en las que se hizo patente el inmenso amor por su esposa y por sus hijos. La última misiva, escrita a su mujer unas horas antes de su ejecución, refleja su entereza de ánimos, su tranquilidad en aquellos durísimos instantes “porque ni robé ni maté a nadie”, el ruego de que enseñe a sus hijos “cuanto puedas para que sean mañana hombres de provecho” y la despedida de “un millón de besos y abrazos hasta la eternidad”.

La esperanza y el amor de un hombre bueno

Junto a las cartas, que rezuman la esperanza y el amor de un hombre bueno en el sentido machadiano del término, Antonio me facilitó la prosa cruel, burocrática e insensible de los documentos que sirvieron para fusilarle en el Campo de la Bota de Barcelona el 13 de junio de 1940. Con esos papeles sentí, como si fueran míos, la inhumanidad y los deseos de venganzas de quienes se sublevaron para salvar a la Patria. Mostraban que en la nueva España se había constituido un ejército de modernos inquisidores para condenar primero y después borrar cualquier huella de los vencidos. El último documento termina con la palabra EJECUTADO, escrita a mano y ocupando en diagonal todo el papel.

Desde que su hijo Miguel, asiduo colaborador de este medio, me transmitió el fallecimiento de Antonio entendí que era mi deber moral dedicar unas palabras a su recuerdo que va unido al de aquel hombre bueno y ejemplar socialista que fue su padre Miguel Ranchal. Miguel Ranchal Sánchez escribió hace unos días un excelente artículo sobre su padre, al que continuamente mencionaba con el primer nombre que recibió, el del dirigente socialdemócrata alemán Bebel. Poco me queda añadir a sus hermosas palabras. Pero sí que me gustaría completarlas con algo que escribí en la biografía de Ranchal, titulada Hasta la eternidad, y que se refería a su hijo Antonio.

Tras conocer la noticia del fusilamiento de Miguel se agudizó el calvario que ya venía sufriendo su familia. Fefa tuvo que buscarse la vida lavando ropa, recolectando lo que podía y revendiendo cosas yendo de un pueblo a otro. Su esposo le había pedido que sus hijos “recibieran una formación adecuada para que conforme crecieran fueran haciéndose hombres fuertes e inteligentes para el mañana, que sobrepasaran el nivel del hombre vulgar y que se convirtieran en hombres de provecho”. Esto era muy difícil en aquella España de Franco en la que los vencidos y sus hijos no tenían más horizontes que el hambre y la miseria. Fefa debió abandonar su pueblo y venirse a Córdoba donde sus hijos vivieron esa miseria sin conocer nada más que sus consecuencias.

A los diez años Antonio Ranchal, sin apenas haber pisado una escuela, empezó a trabajar como aprendiz de carpintero y después en una pastelería hasta que su madre pudo ingresarlo en un orfanato con cien niños tutelados por las hermanas de la Caridad. Allí al menos tendría comida y cama a cambio de largas sesiones de rezos y misas, charlas religiosas para inculcarles el miedo del infierno, confesiones y comuniones semanales y las preceptivas formaciones para cantar los himnos franquistas, escuchar las consignas del día y responder a los gritos de ritual´

Antonio Ranchal vivió en aquel mundo hasta cumplir los catorce años. Dijo en su libro Los hijos de los olvidados que este fue el castigo de un régimen hacia unos niños que les asesinaron a sus padres. Señaló también que con solo once años tenía depresión y padecía de insomnio, que pasaba las noches soñando con mucho miedo y que siempre había en él tristeza. La nueva España de Franco no solo le había arrebatado a su padre. También le robó su niñez

A los catorce años Antonio Ranchal salió de aquel hospicio sin la formación que su padre hubiera querido que alcanzara. A principios de los años 50 trabajó como albañil para obras de la Diputación Provincial que interrumpió en 1956 para cumplir el servicio militar en Tetuán. En el Ejército, pudo comprobar también que la represalia franquista sobre los hijos de los vencidos se hacía patente en los expedientes que de ellos se poseían.

Al regresar a Córdoba prosiguió sus trabajos en la construcción dedicando parte de sus ingresos para ayudar a su madre que vivía en la barriada del Zumbacón. A finales de los 50 Antonio Ranchal ya era encargado de obra y pudo cursar estudios de construcción a través de institutos a distancia. En 1962 se casó con Feliciana Sánchez Granado que le dio cuatro hijos. Dos años después montó su primera empresa constructora con el dinero ahorrado. Poco a poco la vida empezó a sonreír a aquel Bebel que nunca olvidó la imagen de su padre en el campo de concentración de Albatera.

Cuando conocí a Antonio Rachel Luna había pasado ya la frontera de los ochenta años. Su cuerpo espigado conservaba la lozanía de una juventud en la que las secuelas de una guerra le obligaron a ser fuerte. Ya se había retirado de forma activa de la vida profesional tras haber levantado una de las mejores empresas de construcción de Córdoba.  

Antonio Ranchal, desde que empezó a tener conciencia de quién era, no cejó ni un instante en recuperar el recuerdo de su padre, aquel hombre bueno que siempre luchó por el bienestar de los demás y la erradicación de la injusticia. Gracias a su empeño, los testimonios de Miguel Ranchal han contribuido a recuperar la memoria de quien fue injustamente asesinado y sacarlo del olvido con el que sus verdugos intentaron borrar de la Historia tanto a él como a miles y miles de españoles, desgraciadamente perdidos en fosas comunes de los cementerios. Hoy la Historia, desde el rigor que conlleva, tiene la obligación de convertir en un clamor la recuperación de la verdad de aquellos hombres que no pueden ser “los olvidados”. Porque, como Miguel Ranchal y su hijo Antonio, lucharon y murieron para que este mundo fuera mejor.

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