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Reportaje

Un día de velas, efectivo y patios como refugio, así resistieron los cordobeses al apagón

El apagón obligó afectó de manera desigual a los negocios mientras la gente improvisaba planes.

Un grupo de cordobeses enciende las velas del San Rafael del Puente Romano.

Un grupo de cordobeses enciende las velas del San Rafael del Puente Romano. / Manuel Murillo

Adrián Ramírez

Adrián Ramírez

Córdoba

Durante casi un día, Córdoba volvió a ser analógica. Se pagó en efectivo, se apuntaron cuentas en un papel, se cenó con velas como si fuera un plan, se reunió la gente a charlar en los patios o a escuchar la radio... hasta que dejó de serlo. El apagón no solo cortó la luz, también dejó al pequeño comercio y a la gente de a pie en una mezcla de oficio y de duda, entre si seguir o regresar a casa.

Epifanía Flores regenta una frutería en Ciudad Jardín y explica que siguió ofreciendo su servicio y que, como la báscula no funcionaba, tiró de una analógica. «A la vieja usanza», cuenta entre risas. La clientela, eso sí, fue menor de la habitual y su local tiene una zona menos iluminada, por lo que recuerda haber pasado miedo ante la posibilidad de un robo. «No sabías lo que podía pasar», resume. En el bar de al lado, Antonio Espino relata que, tras la incertidumbre inicial, continuaron atendiendo gracias a las baterías de los equipos y que en el barrio se mantuvo un buen ambiente ya que «el día acompañaba». Aun así, «a las 16.00 cerramos y cruzamos los dedos para que no se estropeara la comida de los congeladores», comenta.

Un grupo de cordobeses cenando en La Corredera.

Un grupo de cordobeses cenando en La Corredera. / Manuel Murillo

Menos suerte tuvo Alexandra, de la pastelería Savoy. «No podíamos poner cafés ni nada», recuerda, por lo que tuvieron que bajar la persiana. Además, no pocos dulces se estropearon por la parada de las máquinas de frío, aunque la dependienta celebra que «llega a ocurrir en otra época del año y el roto es mayor». Ella, como el supermercado de Alsara próximo, tuvo que cerrar rápidamente.

Todo lo contrario que Rafael Marín, que lleva 37 años en el bar Don Pepe y vivió el día «más extraño» tras la barra. Y es que les llegaron muchísimas peticiones de menú y celebra que «por suerte, teníamos casi todo listo». Aun así, admite que «tuvimos que tirar de mucho plato frío» para dar respuesta a la gran cantidad de vecinos que no tenían cómo hacerse la comida. Iluminaron la sala con velas en cada mesa y dieron el servicio «lo más normal que se podía» antes de cerrar y regresar a casa.

Mucha gente fue a los parques a disfrutar del día.

Mucha gente fue a los parques a disfrutar del día. / Manuel Murillo

Y es que los patios volvieron a convertirse en puntos de reunión, como recuerda María Dolores Arjona entre risas: «Nos juntamos varias vecinas a escuchar la radio y charlar. Fue como regresar a mi infancia en el pueblo», dice. De aquel día, Manuel Córdoba se queda con la angustia inicial al no poder contactar con su hijo, que volvía de Sevilla en coche, y con el plan improvisado de la tarde: hacer autodefinidos con su mujer. «De repente sacó unas revistas que no sabía ni cuánto tiempo llevaban ahí», cuenta riéndose.

Apagón en Córdoba: una noche entre el miedo y la incertidumbre

Manuel Murillo

Los hubo más aventureros, como Juan Caballero, que salió con sus amigos a dar una vuelta por el centro. «Había una persona tocando la guitarra en la Mezquita, entre velas. El resto estaba oscuro por completo. No he visto nada igual», comenta. Sara, otra joven que también salió a pasear acompañada, define aquellas horas como «casi apocalípticas», aunque matiza: «con mucho humor. La gente estaba de cachondeo». Una mezcla extraña para uno de los días más surrealistas que se recuerdan y que, por suerte, para la mayoría quedó en anécdota.

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