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Entrevista | Eduardo Moyano Ingeniero agrónomo y sociólogo

«Las regiones creen que el agua es suya y no la sueltan»

Eduardo Moyano, ingeniero agrónomo

A. J. González

Rafael Verdú

Rafael Verdú

Córdoba

-Usted es ingeniero agrónomo y también sociólogo. ¿Qué nexo de unión hay entre estas disciplinas que a priori parecen de ámbitos muy diferentes?

-No son tan diferentes. El ingeniero agrónomo tiene muchas especialidades, desde la clásica de fitotecnia, zootecnia, abonos y fertilizantes... Y luego hay una especialidad que está relacionada con la economía agraria, que tiene mucho que ver con las políticas agrarias, las cooperativas o las organizaciones profesionales. Eso tiene más que ver con la sociología y la economía que con la agronomía en sí. Yo me hice agrónomo y me especialicé, lo cual me dio una formación técnico-agronómica muy sólida, pero luego me orienté hacia los temas sociales, económicos y políticos. La formación agronómica ha servido también mucho para entender la problemática económica, política y comercial de los temas agrarios.

-Es catedrático ya jubilado del CSIC, que tiene en Córdoba el Instituto de Agricultura Sostenible. ¿Realmente la agricultura es una actividad sostenible hoy en día?

-El Consejo tiene dos institutos en Córdoba. Uno es el de Agricultura Sostenible y otro es el IESA, que es donde yo he trabajado en una línea de sociología agraria y rural. Así que son dos institutos importantes. Uno es el clásico, de agricultura sostenible y de agronomía, y luego el otro de sociología, incluyendo líneas de investigación relacionadas con la sociología agraria.

-Por centrarnos en los aspectos agrarios de su investigación, ¿la agricultura tan tecnificada de hoy en día es sostenible?

-Cuando se habla de sostenibilidad hay que hablar en tres dimensiones. Una es la sostenibilidad de carácter ambiental, ecológica. Otra es la sostenibilidad económica y la última es la sostenibilidad social. La ambiental es la que permite producir alimentos sin perjudicar al medio ambiente o haciéndolo lo menos posible. Hoy en día, con las nuevas tecnologías, a través de la agricultura de precisión, regenerativa o de conservación y otras técnicas se puede decir que la agricultura es bastante sostenible en términos ambientales. Esas cuestiones garantizan también una reducción de costes y un aumento de la productividad, lo que conduce inevitablemente a que la sostenibilidad económica también sea posible. ¿Qué ocurre? Que esa sostenibilidad económica no se puede apoyar solo en las nuevas tecnologías. La agricultura debe moverse en competitividad con mercados y tener unas estrategias comerciales adecuadas. Ahí es donde hay más dificultades para determinados tipos de explotaciones.

-Cada explotación es un mundo aparte...

-Cuando hablamos de agricultura estamos hablando de muchas agriculturas. Un error que cometemos es tener una visión homogénea del sector agrario. Aparte de la diversidad de cultivos, no es lo mismo una actividad en el olivar que en el viñedo, o que en los productos hortofrutícolas o en la ganadería. Pero es que, además, dentro de cada subsector hay explotaciones económicamente muy rentables, con grandes economías de escala, junto a otras explotaciones de tipo familiar, que tienen más dificultades para hacer innovaciones y, por tanto, para adaptarse al mercado.

-¿Qué problemas genera esa heterogeneidad en el campo?

-Un agricultor, por ejemplo, que tiene una gran explotación, que tiene una economía de escala suficiente, se puede permitir ser competitivo y ser sostenible. Pero un pequeño agricultor, que son los que están con mayores problemas, difícilmente puede ser competitivo en el mercado si lleva estrategias de tipo individual. Ahí es necesario agruparse. Pongo un ejemplo. Si un agricultor necesita utilizar un dron para ahorrar fertilizantes o para conocer la situación de su explotación, si es pequeño no tiene capacidad económica para financiar ese tipo de tecnología.

Eduardo Moyano posa durante la pasada Semana Santa para la entrevista con Diario CÓRDOBA. | A.J. GONZÁLEZ

Eduardo Moyano posa durante la pasada Semana Santa para la entrevista con Diario CÓRDOBA. / A.J. GONZÁLEZ

-Hay sectores agrarios que abogan por acabar con la agricultura de secano y realizar una profunda transformación agraria exclusivamente con regadíos. ¿Usted lo cree posible?

-Yo creo que no es posible. El incremento del regadío ha sido exponencial y extraordinario en los últimos 40 años en España. El regadío es riqueza, genera mayor producción. Pero lo que está claro es que en una región como la andaluza y en un país como España, donde tenemos sequía recurrente, tenemos que ser muy cuidadosos a la hora de plantear la estrategia de expansión del regadío. Nos podemos encontrar como ahora, que hay agua, pero que dentro de dos años tengamos una sequía y los pantanos vacíos. Y entonces esas explotaciones de regadío, que son muy dependientes del agua, se convierten en menos sostenibles que una de secano. Hay que ser sensatos y equilibrar bastante las posibilidades que tiene el regadío, pero también las limitaciones en una región como la nuestra. En resumen, yo creo que el incremento que se ha producido en los últimos 40 años del regadío ha sido extraordinario, pero llega un momento en que hay que establecer algún pacto, para que no aumente en exceso más de lo que se debe una agricultura de regadío. Yo creo que se puede hacer mucho en el regadío.

-¿De qué manera?

-Mejorando la eficiencia de los embalses. Hay algunos que tienen que ser restaurados porque están colmatados después de mucho tiempo de uso. Hay que reducir las pérdidas de agua desde el embalse a las explotaciones. Y eso puede permitir un ahorro en una comunidad de regantes para ampliar un poquito la superficie de regadío.

-¿El uso de las aguas regeneradas es viable o se trata de una opción que aportaría muy poco?

-Creo que el uso del agua, en términos generales, hay que plantearlo como en el tema energético, con un mix de distintas fuentes. No solamente la extracción del agua superficial, sino también mediante una explotación adecuada de los acuíferos, que creo que están infrautilizados. Y también hay que utilizar otras fuentes alternativas de recursos hídricos, como por ejemplo el agua depurada. Es importante en términos ambientales porque un agua fecal en una ciudad o en un pueblo tiene que ser depurada por razones ambientales y sanitarias. Pero si además se puede utilizar para el regadío...

-¿Y qué hay de los trasvases? ¿Son viables?

-Tenemos el mismo problema. Dentro de una misma cuenca puede haber trasvases; de hecho, se están viendo. El problema son los trasvases entre cuencas. Por ejemplo, el Tajo-Segura o el trasvase del Ebro. Para eso se necesita un plan hidrológico nacional que no existe. Esas competencias, al ser cuencas que atraviesan varias comunidades, son nacionales. Ese plan hidrológico nacional ha tenido varios intentos para su aprobación en los últimos 40 años y, de hecho, con el gobierno del Partido Popular estuvo a punto de salir adelante. Durante el gobierno socialista también, pero ahí chocamos con los intereses de las distintas comunidades autónomas, que consideran que el agua es suya y que el agua no se suelta. Los trasvases serían posibles gracias a un gran pacto de Estado.

-Tampoco existe solidaridad entre los propios agricultores, ya que nadie quiere un trasvase en su cabecera. ¿Cómo lo explica?

-Ese es otro problema. También dentro de la propia comunidad agrícola hay disputas entre agricultores de unas zonas y otras porque no quieren perder agua aquellos que están en las cabeceras. Hay un doble problema, uno político de articulación del territorio a través de un plan hidrológico nacional que permita solidaridad entre comunidades autónomas. Eso lo veo necesario, pero bastante poco realista en este momento de la situación política. Y luego está la otra cuestión, las disputas que pueda haber entre agricultores, pero eso es un problema menor porque se pueden resolver a través de la política. Yo puedo tener una disputa entre agricultores de Jaén y los de Córdoba o Sevilla en el uso del Guadalquivir, pero si hay una actuación política por encima de los intereses particulares de los agricultores, pues se hace y punto. El problema está en que a nivel político, hoy día no es posible, o más bien no es realista porque no hay posibilidad de ningún pacto, menos por el agua.

-Cambiemos de tercio. Ahora se habla mucho de la digitalización del campo. ¿Se está avanzando en este camino?

-Sí, el avance es espectacular. Siempre digo que hay tres cuestiones urgentes y necesarias para avanzar hacia la nueva modernización de la agricultura. Una es la renovación generacional, que entren jóvenes. Me gusta utilizar la palabra renovación y no relevo, porque da la impresión de que se hace en el seno de la familia a través de transmisiones hereditarias, mientras que la renovación sería más amplia porque habla de la entrada de jóvenes aunque no procedan de familias agrícolas. Hay muchos estudiantes agrónomos que no son de familias agrícolas y han decidido hacerse agricultores. El segundo reto es lo que yo le llamo autonomía estratégica. Europa no se puede permitir que los fertilizantes dependan de que vengan de Rusia o de Ucrania, por ejemplo. Europa debe tener una capacidad de autonomía estratégica en determinadas producciones. Y el tercer reto es el de la digitalización. De los tres retos, el que veo más factible y real es el de la digitalización. El de los jóvenes es muy complejo, es a medio y largo plazo. El de la autonomía estratégica se puede hacer, pero a través de inversiones que requieren un tiempo y no veremos los resultados hasta dentro de 10 años, por ejemplo. Sin embargo, el reto de la digitalización lo estamos viendo ya. Hoy tenemos empresas de drones que manejan la observación de una parte de la explotación para ahorrar agua o fertilizantes. Tenemos agricultores que prácticamente llevan su explotación monitorizada. Tenemos unos programas que se controlan desde el teléfono móvil para decidir cuándo y cómo y cuánto riegas, o salas de ordeño mecánico.

-¿Hay brecha generacional en el uso de las nuevas tecnologías?

-Sí. Se pueden encontrar ahora mismo explotaciones muy digitalizadas. Es una agricultura muy competitiva, muy eficiente, en la cual el agricultor no está al frente de la explotación porque no lo necesita. Pero hay un amplio sector de agricultores más tradicionales que no han innovado en ese aspecto y ahí se produce una brecha digital importante. Por eso la renovación generacional es necesaria. Dos tercios de los agricultores tienen más de 55 años y no tienen ni espíritu ni capacidad ni ganas de meterse en innovaciones de carácter digital en su explotación. Sin jóvenes no habrá digitalización.

-¿Qué opinión le merece la actual reforma de la PAC?

-Todavía no sabemos en qué va a terminar. Ahora mismo estamos en una fase previa de negociación. Lo único que ha hecho la Comisión es plantear un modelo que supone unos cambios profundos en la arquitectura institucional de la PAC. No sabemos en qué momento esa propuesta va a ser definitiva. Lo que hay ahora supone varias cosas. Primero, que la PAC deja de tener el carácter singular y específico que ha tenido en los últimos 50 años. Lo que se plantea es una política que se integra en los planes nacionales, y eso supone un cambio muy profundo que a los agricultores les cuesta aceptar, porque están acostumbrados a 50 años de un modelo determinado. Por otro lado, las ayudas directas quedan blindadas, lo que parece un empeño del propio ministro de Agricultura español para que no se pierdan, aunque la arquitectura institucional cambie.

-Respecto al acuerdo de libre comercio con Mercosur, ¿cree que es un buen acuerdo para los agricultores cordobeses?

-Hay que leerlo en términos políticos. Mercosur es un acuerdo que Europa tenía que hacer, después de más de 25 años negociándolo. No firmar el acuerdo habría sido un fracaso para la reputación internacional de la propia Unión Europea. Segundo, todos los acuerdos multilaterales con países y con espacios comerciales son positivos porque permiten que la Unión Europea siga apostando por una política multilateral frente a la política más proteccionista que ahora mismo está difundiéndose a través del gobierno de Trump. Mercosur hay que unirlo al acuerdo con Australia, que se ha firmado hace poco, y a otros acuerdos que tiene la Unión Europea. En mi opinión, el acuerdo con Mercosur hay que valorarlo políticamente como positivo. Ahora, sus efectos van a depender de los sectores. Algunos se van a ver beneficiados, como el aceite de oliva, por ejemplo, o como el porcino. Otros se van a ver perjudicados por el acuerdo de Mercosur, sobre todo el sector cárnico. Por eso la Unión Europea ha incluido una serie de cláusulas de salvaguarda que permiten que cuando un precio de un determinado bien, como consecuencia de la entrada de producto de Mercosur, baje por debajo de un determinado umbral, puedan establecerse las medidas para reducir importaciones. Todo va a depender mucho de qué tipo de explotaciones están en condiciones de competir en mercados más abiertos.

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