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Curiosidades de Córdoba

Cuando Alexander Fleming visitó Córdoba: así fue el día que la ciudad aclamó al descubridor de la penicilina

En plena posguerra, la capital se volcó con la visita del doctor, recibido entre aplausos, vítores y emocionadas muestras de gratitud de quienes veían en su hallazgo una esperanza para muchos enfermos

Una mujer besa la mano del doctor Fleming en señal de gratitud.

Una mujer besa la mano del doctor Fleming en señal de gratitud. / Ricardo

Manuel Á. Larrea

Manuel Á. Larrea

Córdoba

El 9 de junio de 1948 Córdoba vivió una jornada difícil de olvidar. España seguía inmersa en la dura posguerra y la medicina apenas contaba con medios para combatir enfermedades que entonces se cobraban muchas vidas. En aquel contexto, el nombre de Alexander Fleming representaba algo más que un científico ilustre.

Tres años antes, en 1945, había recibido el Premio Nobel de Medicina por el descubrimiento de la penicilina, un antibiótico que comenzaba a llegar a hospitales y que estaba salvando innumerables vidas. Entre los enfermos que más se beneficiaban se encontraban los afectados por tuberculosis, una enfermedad que en aquellos años tenía proporciones de auténtica pandemia. Quizá por eso, cuando el científico escocés llegó a Córdoba procedente de Sevilla, la ciudad entera parecía haber salido a la calle para recibirlo.

Una ciudad esperando al científico

Desde primeras horas de la mañana se concentró una multitud en las inmediaciones del Puente Romano. A las 11.00 horas, la Puerta del Puente estaba completamente llena de gente de todas las clases sociales. Alrededor del mediodía llegó la expedición.

La recepción fue tan espontánea como entusiasta. Entre aplausos y vítores, la gente gritaba con gracia: "¡Ole torero!" o "¡Viva la madre que te parió!". Era la manera popular de agradecer a quien, sin saberlo, había cambiado el destino de miles de familias. El entonces alcalde, Rafael Salinas, le dio la bienvenida oficial y entregó un ramo de flores a su esposa.

El hombre detrás del descubrimiento

Quienes lo vieron de cerca recordaron la imagen de un hombre mayor pero lleno de vitalidad. Tenía 67 años, cabello blanco, ojos azules y un porte sencillo. Transmitía cercanía, según las crónicas de la época. Avanzar entre la multitud hasta la Mezquita-Catedral de Córdoba no fue fácil. Las calles estaban engalanadas y todos querían verlo, aunque fuera por un instante.

Estilo 8 Fleming, ‘coronado’ con un sombrero cordobés, que luce con garbo.

Fleming con un sombrero cordobés que recibió de obsequio. / Ricardo

En medio del gentío se produjo una escena que resumía el sentimiento general. Un trabajador logró acercarse y, emocionado, le dijo: "Maestro, gracias a su invento ha salvado la vida de mi hija. ¡Vale usted más que Manolete!". Acto seguido le besó las manos entre lágrimas. Poco después, una mujer protagonizó un gesto similar.

Entre monumentos y honores

En el Patio de los Naranjos de la mezquita lo recibieron niños con banderas. Después visitó varios lugares emblemáticos de la ciudad, como el museo dedicado a Julio Romero de Torres y el Museo de Bellas Artes. La jornada continuó en el Ayuntamiento, donde fue nombrado huésped de honor. Fleming pronunció un breve discurso en inglés en el que elogió la belleza de Córdoba y la amabilidad de sus habitantes.

Al mediodía tuvo lugar un almuerzo en el Real Círculo de la Amistad, con cerca de 200 comensales, presidido por el obispo Fray Albino. Durante el acto, el responsable provincial de Sanidad destacó la importancia del trabajo del científico y sus aportaciones a la medicina. Tras la comida, el alcalde le entregó un sombrero cordobés de ala ancha, que el sombrerero Diego Ruiz Moreno colocó personalmente sobre su cabeza. A su esposa le brindaron una pieza de filigrana artesanal.

La visita continuó por la tarde con un recorrido por Medina Azahara y el monasterio de Monasterio de San Jerónimo de Valparaíso, donde fueron agasajados con un té al estilo inglés. Más tarde, ya de regreso en la ciudad, asistieron a una exposición de arte taurino. Al final del día, Fleming partió de nuevo hacia Sevilla.

Fleming expresó en una carta dirigida a este periódico su deleite por la belleza de Córdoba y el agradecimiento que sentía por el recibimiento, terminando con un deseo sencillo, casi irónico, de que nunca necesitaran penicilina. No es extraño que hoy la ciudad conserve su memoria en una avenida dedicada a su nombre.

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