8M | Una realidad desigual
Isabel, Carmen y Laura, cuidadoras de una persona dependiente en Córdoba: «Me da pena verlo así, mi única ilusión es saber que él está bien»
Las tres se encargan del cuidado de Pepe, padre y esposo de 93 años gran dependiente

Laura, Carmen e Isabel se encargan del cuidado de Pepe, padre y esposo de 93 años gran dependiente. / Víctor Castro

Pepe tiene 93 años, está enfermo, pero es un hombre con suerte. Lleva mucho tiempo viviendo en la nebulosa de una enfermedad degenerativa que le ha hecho perder casi con totalidad la conciencia de su identidad, pero no el cariño de quienes tiene más cerca. Su mujer tiene 87 años y desde que él enfermó ha dedicado sus días y sus noches a cuidarlo. «Esto es algo que no esperas que vaya a pasar y que se lleva regular, no es fácil ver mal a la persona que te ha acompañado durante 70 años», explica sincera, «ves que está mal y tú te sientes mal también, me da mucha pena verlo así y para mí el único consuelo es darle todo el cariño posible, no tengo más ilusión que saber que él esté bien».
Según Isabel, «para mi generación, cuidar de los nuestros es lo que hemos hecho siempre, yo he cuidado de mis padres, de mis hijos, de mis nietos y ahora de mi marido y lo he hecho con gusto». Cuando la enfermedad empezó a avanzar, su hija, a la que le quedaban unos meses para jubilarse, le propuso que se fuera a vivir cerca de ella, así que dejó el pueblo y se instaló en Córdoba. «Tuvimos mucha suerte porque pudimos alquilar un piso justo debajo del mío», explica Carmen, «mi madre no quería dejar su casa, fue traumático irse, pero no podía estar sola con alguien que se iba deteriorando día a día».
La importancia de la carga emocional de la cuidadora principal
Durante un par de años, ella y su madre compartieron las tareas de cuidado de Pepe. «En una situación así, no solo afecta el esfuerzo físico que supone el cuidado de la otra persona sino la carga emocional que tiene la cuidadora principal», comenta la hija, «mi madre era una persona superactiva hasta ese momento y de un día a otro dejó de salir a la calle, yo temía que acabara cayendo en una depresión». Al mismo tiempo, ella estaba empezando una nueva etapa ilusionante, la de la jubilación, que también se vio truncada por la enfermedad de su padre. «Para mí fue muy duro, nunca pensé que iba a ver a mi padre desnudo en la ducha, que le tendría que limpiar o poner un pañal, que sentiría miedo de que se atragante o de no saber qué le duele porque no lo dice».
Hubo un momento en que las manos de dos personas, una de ellas una mujer octogenaria, no fueron suficientes y decidieron buscar a una persona que las ayudara. Fue entonces cuando Laura, una joven colombiana se unió a la familia como interna. «Buscar a una persona para convivir es algo complejo porque vas a estar con ella 24 horas», recuerda, «pero tuvimos la suerte de encontrar a una persona increíble» y ahora Laura se ha convertido en una nieta más de Isabel, en una más de la familia. «Tengo 23 años y empecé a trabajar como cuidadora con 19, yo vi a mi abuela cuidar de su abuela que tenía cáncer hasta que falleció, es algo que he visto desde que tengo uso de razón», explica. Hizo auxiliar de enfermería, una profesión igualmente feminizada en su país.
"Los hombres se ponen de perfil cuando se trata de cuidar"
«Mi objetivo era ser psicóloga, pero para pagarme los estudios, tenía que trabajar y estuve en ayuda a domicilio y lo que he visto es que en muchas familias, los hombres se ponen de perfil cuando se trata de cuidar, por eso estoy contenta de estar con Isabel y Carmen» . Para ser buena cuidadora, «se necesita tener paciencia y vocación, hay que ponerse en la piel del otro», afirma convencida, «es un trabajo duro y no solo físicamente, lo peor es cuando alguno fallece porque los quieres, son como tu familia».
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