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Reportaje

«Parece que ha pasado un tsunami»: Guadalvalle, entre centímetros de lodo y la desesperación un mes después de las inundaciones

Los vecinos exigen al Ayuntamiento apoyo y maquinaria para limpiar unas calles por las que es imposible caminar dos semanas después de regresar a sus domicilios

Guadalvalle un mes después de las inundaciones

A. J. González

Adrián Ramírez

Adrián Ramírez

Córdoba

«Parece que ha pasado un tsunami». «Estamos abandonados». Las frases se repiten en Guadalvalle como si fueran parte del paisaje, clavadas en el barro igual que los muebles rotos y los electrodomésticos apilados junto a las puertas. Ha pasado un mes desde que los vecinos tuvieron que abandonar sus casas por la crecida del río y más de dos semanas desde que pudieron regresar. Tras el golpe inicial —el fango entrando, el agua llevándose por delante el esfuerzo de toda una vida—, el shock ha dado paso a otra cosa: el cansancio y el enfado. En las calles Las Tórtolas y La Perdiz, las más afectadas por estas y anteriores inundaciones, la palabra que más se escucha es «abandono».

Son las dos vías más cercanas al río, las ubicadas muy cerca de su cauce, junto a la pista del aeropuerto, y las únicas donde siguen pendientes los trabajos de limpieza. En el resto de parcelaciones ya no queda rastro del lodo que lo cubrió todo. En La Altea, como mucho, permanecen algunas marcas en los muros y restos de barro en rincones puntuales. Aquí, en cambio, el panorama sigue siendo desolador: lodo hasta media pantorrilla —en algunos puntos casi a la rodilla— y un suelo que se pega a las botas, que resbala, que impide caminar con normalidad y que recuerda por momentos a la dana de Valencia. Parece que ha pasado un tsunami. Los enseres continúan amontonados a la espera de retirada. Pero Sadeco se queda al principio de la calle, que está impracticable.

En mitad de Las Tórtolas conversan Salvador Corregidor, Paco López y Rafael Pérez. Critican que «desde el 18 de febrero no viene maquinaria» y que se sienten «abandonados» por las administraciones. «¿Qué quieren, que lo limpiemos nosotros? ¿Con qué maquinaria? Las cosas no son así», lamentan. Desde el Ayuntamiento sostienen que Sadeco sigue recogiendo muebles en los puntos a los que puede acceder y que Infraestructuras «continúa limpiando y seguirá haciéndolo». Pero el enfado aquí no se disimula. «Esto no es una balsa, es lodo que está agarrando», advierte Paco López, que ha contratado maquinaria para despejar la entrada de su vivienda.

Una vida tirada

Unos metros más abajo, una máquina trabaja en la casa de Enrique Rodríguez para abrir paso entre barro y basura. «Visto que no viene nadie a ayudar, he tenido que hacer algo. Ha empezado hoy», comenta, resignado. Enrique Rodríguez se mudó hace dos años tras un divorcio y asegura que invirtió «80.000 euros que ya no valen para nada». Se queda unos segundos en silencio, mira al suelo y la voz se le quiebra: «He tirado toda una vida… Te acuestas lleno de lodo y te levantas con más lodo», resume.

Guadalvalle un mes después de las inundaciones

Guadalvalle un mes después de las inundaciones / A.J. González

Juan Ruiz, junto a su hija, insiste en la «impotencia» que sienten. Para entrar en su casa necesitan tablones. Pegados al muro hay restos de un frigorífico, bolsas de ropa, muebles destrozados. «Los dejamos aquí hace casi dos semanas, pero Sadeco dice que no puede entrar por cómo está la calle. Y nadie viene a limpiarla», denuncia. «Nos están dejando solos», remata Juan, reclamando una actuación urgente. A María Muñoz, en cambio, le retiraron este miércoles los enseres acumulados en la puerta. Agradece el trabajo de Sadeco, pero vuelve a señalar la falta de ayuda: «Estoy sola y aquí sigo dos semanas después. Estoy sola», repite mientras se le escapa una lágrima y busca un gesto de cariño.

Entre el cansancio y la necesidad de actuar

En La Perdiz el barro está presente en toda la vía, aunque se puede avanzar sobre él con dificultad. Aún quedan enseres apilados. Allí Francisco ayuda a un vecino, al que se le cayó el muro, a reconstruirlo, ladrillo a ladrillo, con la ayuda de otros residentes. «Hay que hacer algo, no nos podemos quedar parados. Nos tenemos que ayudar entre nosotros», dice mientras extiende cemento. A su alrededor pasan camiones que depositan lodo y sedimentos a los pies del río. «Esto deberían haberlo hecho las autoridades desde el principio. Ahora nos toca a nosotros», lamenta.

Entre casas seriamente dañadas y jardines convertidos en una masa espesa, hay una quietud extraña, como si el barrio todavía estuviera esperando el final de la tormenta. En ese silencio, Gabriel Ureña aparta varas de acero de su parcela. Tiene 70 años y dice, con amargura, que «ni las autoridades ni mis hijos» han querido ayudarle. Su vivienda habitual ha quedado arrasada. «Tengo tres muelles en el corazón», cuenta, y aun así sigue. Está cansado, abatido física y emocionalmente. «El día que lo arregle lo voy a vender al precio que sea. Si no, esto va a acabar conmigo», dice mientras se planta con los brazos en jarra y mira el desastre como quien mira una herida que no cierra.

Guadalvalle es la zona más castigada por el agua. Tras las inundaciones de 2010, en las que el agua cubrió los tejados, Urbanismo precintó una decena de casas. Después, en 2013, tras otra crecida, tiró una de las viviendas, obligó a los vecinos a derribar un par de ellas más y abrió cinco expedientes de demolición. A raíz de estas últimas inundaciones, el Ayuntamiento ya ha anunciado que tiene activos los procesos de demolición de diez, aunque seis son los más avanzados y, de ellos, uno cuenta con autorización judicial.

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