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Reportaje

«Aquí hay trabajo para un mes»: los vecinos de Guadalvalle y La Altea regresan a sus casas tras la riada

Una semana después de tener que abandonar sus viviendas, comienza el trabajo para limpiar y sacar el lodo de unas viviendas que han vuelto a quedar muy afectadas

Última hora de los avisos de la Aemet en Andalucía, vuelta de los desalojados y tareas de limpieza

Regreso a las casas de Guadalvalle y Altea

A. J. González

Adrián Ramírez

Adrián Ramírez

«Aquí hay trabajo para un mes». «¿Qué hago? ¿Me pego un tiro?». Las frases se repiten entre el lodo, el silencio y el cansancio. Guadalvalle y La Altea han despertado este martes con la crudeza del regreso a casa, apenas 24 horas después de que se autorizara la vuelta a las viviendas, salvo en las calles Las Tórtolas y La Perdiz. El lunes fue el día de recoger lo imprescindible; el martes, desde primera hora, ha comenzado la verdadera batalla: sacar agua, retirar barro y limpiar antes de que el fango se endurezca.

Es una carrera contrarreloj. El panorama en las urbanizaciones es desolador: cuesta caminar, las botas son obligatorias y el lodo supera el medio metro en algunos puntos. Las parcelas están llenas de vecinos achicando agua, limpiando y sacando barro sin descanso. Por momentos, la escena recuerda a la dana de Valencia. El silencio envuelve todo, apenas hay palabras. No es solo que no haya tiempo que perder, es que no hay nada que decir. De fondo, el murmullo constante de un río que, una vez más, ha vuelto a destrozarles la vida.

Sin prácticamente nada que salvar

En La Altea, Sandra Igorra se afana en sacar el agua de su vivienda, donde el nivel ha superado el medio metro en algunas estancias. «Ha entrado por los dos lados», explica mientras observa el lodo, que alcanza unos 20 centímetros en la parcela. El lunes accedió a la casa para recoger algunos enseres y ha sido a primera hora de este martes cuando ha comenzado a retirar el fango. «Prácticamente ningún mueble sirve y los electrodomésticos… ya los veis», dice señalando un frigorífico volcado por la fuerza del agua. «Estamos intentando limpiar lo máximo posible para que, cuando venga mi madre, el susto no sea tan grande», añade, visiblemente afectada. Se apoya unos segundos en la escoba y confiesa: «Cuando llevas un rato aquí se te cae el alma al suelo. No sabes si ponerte a llorar o qué». Se plantea alquilar maquinaria para agilizar la limpieza. Sabe que el tiempo juega en su contra: «Cuanto más se endurezca, peor es sacar el barro. Si no, aquí hay trabajo para un mes».

Interior de la vivienda de Isabel Igorra tras la riada.

Interior de la vivienda de Isabel Igorra tras la riada. / A.J. González

Un poco más abajo, Rafael Sánchez limpia su vivienda con la ayuda de varios amigos. En su caso el agua no ha entrado tanto, pero «el destrozo es importante», señala mientras tira objetos a un saco. «Aquí pongo los que aún tengo esperanza de salvar y aquí los que ya son basura», explica resignado. Reclama ayuda a las administraciones, tanto para la limpieza como para la retirada de residuos, porque de lo contrario «esto va a ser eterno».

Julio Cortés, otro de los vecinos, también pide apoyo al Ayuntamiento. En su vivienda, pese a contar con un amplio patio, «ha entrado casi medio metro». Ya ha contactado con el seguro, aunque admite que «soy de mentalidad antigua y estoy viendo qué puedo salvar». Entró el lunes y «ya me imaginaba lo que me iba a encontrar», aunque reconoce que la situación es «muy dura». «El agua me llegaba por aquí», dice señalando las rodillas. «Llevo 16 años pidiendo soluciones y aquí ves el resultado», añade abriendo los brazos para abarcar una parcela completamente cubierta de lodo.

Soledad e impotencia en la tragedia

Guadalvalle es, con diferencia, la parcelación más castigada. Tanto es así que las calles Las Tórtolas y La Perdiz permanecen aún cerradas. En la esquina con la primera vive María Luisa Deblas, que limpia su vivienda junto a su hijo y su nieto. En el interior, pese a estar en una zona elevada, el agua ha destrozado buena parte del mobiliario y el patio. «Ya ves, es una ruina tremenda», resume. Su gesto refleja cansancio y hartazgo. «Tengo una pensión mínima, no tengo seguro y esta es mi única vivienda. Dime qué puedo hacer», se pregunta. El lodo ha anegado el cobertizo, el merendero y el patio, donde el agua superó el medio metro. Apoyada en el cepillo, termina de desahogarse: «No puedo sola. Hace 16 años podía pelear, pero ahora es imposible. Tengo artrosis, una discopatía degenerativa, tratamiento para la depresión… No puedo más. Esto no tiene arreglo, nadie quiere comprar esto —como es lógico— y ¿qué hago, me pego un tiro?».

María Luisa Deblas enseña su casa.

María Luisa Deblas enseña su casa. / A.J. González

A escasos metros, en el límite con la calle La Perdiz, personal de Cruz Roja retira lodo y enseres de una vivienda ante la que se amontonan colchones y electrodomésticos. Es la casa de Manuel Gavilán y su mujer, una pareja de octogenarios que «vamos tirando como podemos», dice él con una sonrisa cargada de ironía. El agua ha alcanzado varios centímetros en la vivienda y ha destrozado buena parte del mobiliario. «Ya ves todo lo que hay fuera», señala con un leve gesto de la mano. La peor parte, sin embargo, se la ha llevado una construcción anexa que utilizaban como salón y sala de reuniones de la urbanización. Allí el agua superó el medio metro y arrasó con todo. «Menos mal que tenemos ayuda», dice.

Manuel apenas tiene fuerzas para hablar tras una semana «horrible». No tiene seguro y asegura que viven «con lo mínimo. Esto es lo único que tenemos». Mientras estaban en casa de su hijo, su perro fue mordido por otro animal y, como reacción, mordió a una persona, que le ha denunciado. «Ahora tengo que pagar un veterinario, la denuncia y sacar esto adelante… No sé cómo lo voy a hacer, de verdad», dice antes de romper a llorar y bajar la mirada. Tras intentar recomponerse, se aferra a una idea: «A nosotros no nos ha pasado nada». Y, tras desearle suerte, concluye susurrando que: «A peor es complicado».

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