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Reportaje

«Voy a vender la parcela, no vuelvo a pasar por esto»: el hartazgo de los vecinos antes de regresar a sus casas

El Ayuntamiento de Córdoba ha autorizado la vuelta a sus domicilios de prácticamente todas las viviendas que seguían vacías por la crecida del río

Última hora del regreso de los desalojados, caudal del río Guadalquivir e inicio de la recuperación de la normalidad

La dura espera para volver a casa

A. J. González

Adrián Ramírez

Adrián Ramírez

«Me acuesto a dormir y sueño con el agua». «Voy a vender la parcela, tengo claro que no vuelvo a pasar por esto». «A nosotros solo nos ha entrado al porche, ha sido un alivio muy grande». Son algunos de los testimonios recogidos este lunes entre los parcelistas, horas antes de regresar a sus viviendas o mientras retiraban el lodo acumulado. La desesperación tiene muchas caras, casi tantas como personas la sufren. En las parcelaciones de Córdoba es un sentimiento recurrente cada vez que el río crece y devuelve a los vecinos a una incertidumbre conocida: no saber hasta dónde llegará el agua ni cuándo podrán volver a sentirse seguros en sus propias casas.

En ese contexto, el Ayuntamiento ha autorizado este lunes por la tarde el regreso a prácticamente todas las viviendas desalojadas en Ribera Baja, Las Cigüeñas, Majaneque, La Altea y Guadalvalle, tras la mejora de las condiciones. No obstante, alrededor de 40 viviendas de las calles La Tórtola y La Perdiz, en Guadalvalle, permanecen aún desalojadas por motivos de seguridad.

Un cordón policial separa a quienes miden la desesperación en el miedo vivido y ya han podido regresar tras tres días fuera, y a quienes esperan hacerlo pronto con la certeza de que el agua y el lodo han destrozado buena parte de lo que tanto les ha costado construir.

Tensión en Guadalvalle

En la glorieta de acceso al aeropuerto, de nuevo, los vecinos de La Altea y Guadalvalle aguardaban desde primera hora de la mañana poder acceder a sus casas para coger algo de ropa, medicinas, dar de comer a las mascotas o simplemente comprobar hasta dónde han llegado el lodo y el agua en sus parcelas. La angustia es doble: no solo porque los días siguen pasando sin poder regresar, sino también porque, a apenas unos metros, los habitantes de San Isidro de la Alameda ya pudieron volver a sus viviendas el domingo.

Vecinos de Guadalvalle conversan en el acceso a la urbanización.

Vecinos de Guadalvalle conversan en el acceso a la urbanización. / A.J. González

En la glorieta se forman pequeños corrillos de vecinos que analizan lo ocurrido en los últimos días. «Esta vez ha llovido muchísimo más que en 2010 y no ha sido tan catastrófico», apuntaba uno. Otro señalaba que «la traca final» del sábado fue lo que hizo que el agua entrara en su vivienda; de lo contrario, «me hubiera librado».

Javier, vecino de La Altea, explica que ha podido entrar para coger un par de cosas y que «no he querido ni fijarme bien». Prefiere, cuando se reinstale, «ver el destrozo; por el momento no quiero saber nada». Antonio, uno de los veteranos del grupo, se expresa con mayor vehemencia: «Me acuesto a dormir y sueño con la puta agua. Oigo llover y me cago vivo. Piso la parcela y me pongo malo, no quiero entrar. Le he dicho a mi mujer: entra tú, dale de comer a los perros y ya está. Esto es una ruina». Coincide con sus compañeros en señalar que el problema es, sobre todo, para sus hijos, quienes heredarán una situación que «con el cambio climático va a ir a peor».

Algo más apartado del grupo, Manuel del Rey observa a los policías en silencio, con gesto serio, la espalda ligeramente encorvada por el cansancio y las manos cruzadas detrás. «Quiero entrar para coger algo de comida», dice. En su casa el agua ha entrado, pero «no demasiado». También quiere volver «para saber por dónde va», aunque asegura que no tiene prisa en limpiar. «Ya cuando nos dejen habrá que ponerse en serio», comenta.

Majaneque sigue en vilo

Siguiendo la carretera hacia arriba, en Majaneque, David es uno de los pocos que aún no ha podido regresar a su vivienda. Está dolido y cansado, aunque se expresa con un tono firme: «Voy a vender la parcela, tengo claro que no vuelvo a pasar por esto». Muestra un vídeo en el que se ve cómo el agua alcanzó el metro de altura y arrasó con todo a su paso. «Ya no vale nada», resume.

Un vecino de Guadalvalle camina tras recoger varios objetos de su casa.

Un vecino de Guadalvalle camina tras recoger varios objetos de su casa. / A.J. González

En esta misma zona, a los pies del cordón policial, Yanira y Rafi observan una calle plagada de charcos, pero sin lodo. Como en La Altea, el silencio domina la escena. «No he podido entrar aún, pero me han dicho que el agua ha llegado a la parcela; espero que dentro de la casa no», dice Yanira con angustia. «Este martes, a las dos de la mañana, hago una semana fuera de mi casa». Su vivienda está al final de la calle Trigueros, a pocos metros del río. La de Rafi, en cambio, se encuentra en la parte alta, apenas dos casas más atrás del cordón policial. «A mí no me ha llegado, pero todavía no me dejan entrar. Están muy cuidadosos desde la dana», explica. Ambas pudieron regresar ayer por la tarde tras la decisión del Ayuntamiento.

Viviendas afectadas en Alcolea

En Alcolea, concretamente en la calle Camino del Azud, la situación también es delicada. Una vecina, que prefiere no dar su nombre, muestra cómo el agua ha alcanzado los 20 centímetros y ha destrozado buena parte del mobiliario. «Todo esto hay que cambiarlo, no sirve para nada». En un cuartillo que utilizaban como trastero —para bicicletas, material de piscina y jardinería— el agua se ha quedado estancada y ha rozado el medio metro. «Es un desastre», recalca.

A.J.González Córdoba Temporal inundaciones Alcolea Ribera Baja

Unas vecinas de Alcolea observan el lodo en la calle. / A.J. González

La mujer cierra la puerta lentamente y avanza con pasos tímidos. Al preguntarle cómo se encuentra, se detiene: se le quiebra la voz y se le enrojecen los ojos. «Son muchos recuerdos los que tenemos aquí, con mis hijos, muchas veces que hemos venido para desconectar… Aquí venimos a cambiar de aires y verlo así es muy duro… muy, muy duro», sentencia. A su vecino Rafael, el agua le ha inundado todo el sótano, que usaban como espacio de recreo. «No nos queda otra que tirar para adelante. Qué le vamos a hacer», dice antes de rechazar seguir conversando.

El Ayuntamiento comienza la limpieza de las zonas afectadas

Chencho Martínez

Sacar fuerzas sin saber de dónde

En el otro extremo de Córdoba, en la urbanización de Las Cigüeñas, Isabel González saca fuerzas «no sé muy bien de dónde» para retirar el lodo de su parcela, que también ha entrado al interior y ha dejado el porche completamente cubierto. Con una entereza encomiable, apoyada en su escoba, explica que el agua superó el medio metro dentro de la vivienda y que «porque entramos un día rápidamente y quitamos un poco», el desastre no fue mayor. «Veía las imágenes aéreas y me temía lo peor: solo se veía el tejado de mi casa. Pensaba que no quedaba prácticamente nada».

Francisco Granados, retira enseres de su parcela.

Francisco Granados, retira enseres de su parcela. / Chencho Martínez

Junto a su familia lleva horas retirando lodo mientras muestra cómo casi todos los muebles han quedado inservibles. Aun así, busca el lado positivo: «Ahora queda paciencia. Hay gente que está peor». En la vivienda contigua, Francisco José Moreno continúa sacando barro. «Frigorífico, microondas, lavadora… está todo para tirarlo». Pensaban que no había entrado tanta agua, pero el problema fue que colapsó la fosa séptica y el agua salió por el baño y el fregadero. «Es una ruina absoluta. Llevo toda la mañana quitando lodo. Mírame la cara», dice con dureza, sudando y bajando la mirada.

Otro vecino, Francisco Granados, termina de limpiar su patio junto a su familia. La espera fue menos angustiosa porque «controlábamos por las cámaras» y «sabíamos que no había entrado dentro». Sin dejar de trabajar, explica que «no hay tiempo para bajar el ánimo. Hay que limpiarlo todo y salir adelante», porque «cualquier persona con un mínimo de empatía sabe lo difícil que es esto».

Y mientras el barro se seca y las casas se vacían, en cada parcela queda flotando la misma pregunta: cuánto tardará el río en volver… y cuántas veces más podrán resistir.

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