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Entrevista

María José Polo, catedrática de Ingeniería Hidráulica: «En nuestro país, las alertas hidrológicas salvan vidas»

Experta en cambio climático y cuestiones ambientales, reflexiona sobre fenómenos cada vez más intensos como las inundaciones vividas en Córdoba a cuenta de las borrascas, que seguirán ocurriendo

María José Polo, Catedrática de Ingeniería Hidráulica de la UCO

A. J. González

Rafael Verdú

Rafael Verdú

Córdoba

-Inundaciones como las que estamos viviendo ahora o las de 2010 se han dado siempre en Córdoba. ¿La situación actual puede achacarse al cambio climático?

-El calentamiento global significa que la temperatura media del planeta se está incrementando, pero no de manera uniforme ni en el tiempo ni en el espacio. Sucede con altibajos en los valores máximos y mínimos de temperatura, lo que impacta en la capacidad de evaporar agua de la atmósfera y en cómo esas masas de aire húmedo o seco interaccionan entre sí y generan lluvias normales, muy intensas o fenómenos como el que estamos viviendo. Todo ello genera una mayor frecuencia de fenómenos extremos, que sí se puede decir que con toda probabilidad están vinculados al calentamiento global.

-Habla de «calentamiento global», aunque ahora el término más empleado es «cambio climático». ¿El fenómeno va más allá del aumento de temperaturas?

-Lo que sucede es que donde hay una tendencia clara y significativa es en la serie de datos de temperatura. Esa es clara y patente desde hace unas décadas. Cambio climático es un término que de forma popular todos entendemos, pero que en un lenguaje preciso necesita algún apellido. Cambio climático actual, cambio climático del siglo XX o como queramos, porque han existido otras épocas en la historia geológica de la Tierra donde se han producido cambios climáticos singulares que nos han llevado a cambios globales de los ecosistemas y de la vida.

-Hoy el público no especializado maneja habitualmente términos científicos como dana o tren de borrascas. ¿Entendemos bien lo que significan?

-Mi percepción es que, como en todos aquellos temas en los que se hace una pedagogía de manera continua, eso tiene un impacto clarísimo en el nivel de conocimiento de la ciudadanía. Y no hay mejor escuela que un parte meteorológico tres veces al día. ¿Qué pasaría si además de 5 minutos de meteorología al día también tuviésemos 5 minutos de otros temas importantes? La sociedad tiene un conocimiento de buen nivel sobre los procesos meteorológicos. Pero quizás no estamos a ese nivel en las implicaciones hidrológicas de esa meteorología ni entendemos lo que significan los riesgos y las alertas asociadas a esta información. Yo creo que eso sería muy necesario porque, además, en nuestro país, las alertas hidrológicas salvan vidas.

-A pesar de todo ese conocimiento, sigue habiendo sectores políticos, económicos y sociales que niegan el cambio climático. ¿Qué dice la ciencia?

-Hay una gran mayoría científica que afirma que estamos viviendo un cambio climático sin precedentes, intensificado por toda la acción humana, sobre todo, desde la época del desarrollo industrial, a principios del siglo XX y mucho más desde los años 60. Hay una mayoría de estudios que así lo prueban, pero la ciencia ni es infalible ni eterna. Eso es lo que hoy dice la comunidad científica. Pero el debate no es ese. El debate es que, sea por la acción humana o no, lo que está claro es que estamos viviendo una época con mayor frecuencia de fenómenos extremos. Hay que trabajar tanto en las posibles causas, y para eso está la ciencia, como en qué medidas adoptamos para que el impacto de esos fenómenos que vivimos sea el menor posible. Hay sectores que se resisten a aceptar el cambio climático por una espiral contraproducente: cuanto más esfuerzo hace la ciencia por insistir en que esto parece tener una causa antropogénica, y que, por lo tanto, debemos revertir algunas acciones, más excusas tiene quien lo niega para decir que es mejor no hacer nada.

-Probablemente el mayor escéptico del cambio climático en todo el planeta sea Donald Trump, quien hace unos meses lo calificó como «una estafa». ¿Qué le respondería?

-Primero, que la palabra estafa tiene unos significados que no se deben aplicar a estas materias. Y segundo, que nadie debería opinar sobre lo que no sabe. La ciencia no es opinable. La ciencia no dice «esta es la única realidad posible». La ciencia dice que con la información que tenemos hoy en día, la existencia del cambio climático es la conclusión más probable. Lo dice una comunidad científica muy diversa partiendo de distintas observaciones del clima, la hidrología, el medio físico, los ecosistemas, la química de los océanos... no son cuatro personas. El presidente de un estado tiene todo el derecho del mundo a usar su visibilidad y decir lo que crea que debe decir, pero es una opinión. Ese señor no es científico.

-Puede que la declaración de Trump fuera una ‘boutade’, como lo fue su sugerencia de curar el covid con inyecciones de lejía, pero tiene implicaciones reales: EEUU se ha retirado de sus compromisos con el clima. ¿Qué papel juega la política en la lucha contra el cambio climático?

-Tiene muchísimo impacto, sobre todo cuando viene de un país tan poderoso económicamente y con tanta capacidad de arrastrar otras decisiones geopolíticas. Lo más grave es que está ampliando su control sobre lo que los científicos pueden y no pueden hacer. Va a haber programas que se van a quedar sin financiación. Y cómo no, toda la política ambiental de Estados Unidos ahora mismo está en entredicho, sin que sepamos hasta dónde va a llegar. Hay fenómenos que no tienen un efecto mariposa, sino un efecto huracán. Y todas las políticas de mitigación del impacto sobre el clima no tienen sentido si se hacen solo desde lugares pequeños del mundo. Porque la atmósfera es como esa última piel que nos recubre a todos.

A.J.González Córdoba María José Polo catedrática de ingeniería hidráulica de la UCO Vicerrectora

María José Polo, catedrática de Ingeniería Hidráulica / A. J. González

-Es decir, la lucha contra el cambio climático debe ser global.

-Tiene que ser internacional. Si no, no tiene sentido. La atmósfera y los océanos no pertenecen a ningún país, porque son fluidos que están en continuo movimiento. El agua continental también está en continuo movimiento, pero mucho más lentamente. Puedo tener una política de protección atmosférica, pero si no la tiene mi entorno o los grandes países que concentran todas las emisiones, no sirve para nada.

-Si las políticas tienen que ser globales, ¿cómo le pedimos a los países del tercer mundo que no hagan lo que nosotros hemos hecho durante décadas?

-Esta pregunta la puedo contestar como ciudadana, porque como científica yo no trabajo en modelos económicos, políticos o sociológicos. Creo que ese es el quid de la cuestión. La sociedad mundial actual se enfrenta a retos de equidad y de ética. Protegemos mucho la actividad en nuestro entorno, pero no nos importa adquirir productos que se generan con otra normativa y falta de ética en otros países, porque son más baratos. Y eso es un problema.

-Eso está cambiando...

-Pero lo hace con una inercia muy lenta. Ahora pedimos a estos países, que ni siquiera han alcanzado un nivel mínimo de desarrollo y de sostenibilidad y de bienestar social, que cumplan con las exigencias costosas de producir y funcionar con equidad y con justicia ambiental. Internacionalmente nuestro reto ético, para que estos principios de sostenibilidad ambiental sean una realidad, es establecer compensaciones. Para eso son muy importantes las organizaciones internacionales, porque un país solo no puede afrontar estas situaciones.

-Tanto si el ser humano es responsable del cambio climático como si no, ¿se puede hacer algo para revertir la tendencia?

-Tendríamos que reducir todas las emisiones, pero ahí el ciudadano normal tiene poca capacidad de actuar. A corto plazo, una zona inundable seguirá siendo zona inundable. Frente a eso solo hay dos opciones: o levanto un muro como hacían los faraones, una cuestión que hoy en día ya no es viable, o desocupo la zona inundable. Fin. No hay más. Y si quiero tener menos contaminación en los ríos, pues tendré que generar menos residuos. Si esperamos a que se pongan todos de acuerdo para dejar de emitir, nos llegará el agua al cuello una vez y otra vez y otra. Mientras tanto, ¿qué está pasando aquí en Córdoba? Es muy significativo: las instituciones con competencias en alertas y en riesgos están mirando el mapa de la zona que se inundó en 2010 para tomar medidas ahí. Ese es el camino.

-Han pasado 16 años y ha vuelto a darse una crecida similar. ¿Nos arriesgamos a tener ciclos más cortos de inundación y sequía?

-Los ciclos de sequía e inundaciones están sujetos a una escala planetaria. Yo no me atrevería a decir que van a ser más cortos. Lo que va a suceder es que los años secos, casi con toda probabilidad van a ser más secos, y los años húmedos van a ser más húmedos. Hay una tendencia a lo que llamamos una mayor torrencialidad del régimen hidrológico. Eso tiene consecuencias. El suelo se degrada más fácilmente, cuando llueve se va a encharcar antes, la escorrentía va a ser más intensa y habrá más erosión. Eso a su vez causará daños a la infraestructura hidráulica, etcétera. Eso ya lo hemos vivido, no hay más que ver Córdoba ahora.

-Los regantes apuntan que casi toda esta agua que está cayendo se va a perder en el mar. ¿Es correcto decir que se pierde agua?

-Esa frase tiene un error de concepto básico y es que el agua tiene que llegar al mar. Vamos a irnos al ejemplo extremo: almacenamos toda el agua de los ríos y deja de llegar agua al mar. Eso haría al planeta insostenible. Eso haría que las costas se degradaran, las inundaciones costeras serían mayores, la temperatura y la composición de los océanos cambiaría, perderíamos la biodiversidad marina y nos volveríamos una sociedad inviable. Voy a poner un ejemplo un poco bruto: ¿alguien se plantea que no orinemos? Nadie, porque nos moriríamos. El agua tiene que llegar al mar y de vez en cuando tiene que hacerlo con un caudal lo suficientemente alto para que las costas y las desembocaduras se regeneren. No nos caben más embalses sin unas consecuencias ecosistémicas graves para nuestra economía.

-¿Ni siquiera la presa de San Calixto? ¿No cree que podría haber reducido el desbordamiento del Genil en Palma?

-Indudablemente, si esa presa se aprueba porque con eso se previenen inundaciones, que esté puesta en marcha serviría. Pero ante los fenómenos muy extremos, no hay infraestructura hidráulica que los evite. La zona inundable más cercana a la ribera de un río se va a inundar con presa y sin presa, porque todo se diseña hasta un nivel. La situación que estamos viviendo es absolutamente extraordinaria y no diseñamos infraestructuras para eso.

-Otras infraestructuras para luchar contra el cambio climático son las energías renovables, pero las plantas solares y de biogás suscitan el rechazo de la misma sociedad que las demanda. ¿Estamos en un círculo vicioso?

-Los cambios siempre han tenido a lo largo de la historia un sector que los abraza con entusiasmo y otro que los rechaza. La inercia frente al cambio es siempre muy poderosa. Cuando empezaron a circular los coches hubo quien hablaba de que se iba a acabar la humanidad porque eran peligrosísimos. Esto es inherente a la propia naturaleza humana y de alguna forma es un contrapeso también. No podemos ser absolutamente entusiastas y pensar que todo cambio nos va a salvar. Las energías renovables son la alternativa a los combustibles fósiles. Lo que hace falta es que haya una voluntad en la geopolítica internacional. Porque mientras el sector del combustible fósil siga moviendo mucha economía, hay decisiones que ya se escapan a los científicos y a los ciudadanos. La oposición que hay hoy en día a plantas fotovoltaicas o a las instalaciones de biogás es la misma que en su día hubo con las centrales nucleares o cuando se hace un pantano y se inunda un pueblo. Siempre hay un coste, siempre, no solo económico sino social. Les corresponde a los modelos económicos y políticos asumir esos costes.

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