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Borrasca Marta

Córdoba inicia el retorno a los hogares tras las inundaciones: «Ha sido como nacer de nuevo»

La tregua meteorológica permitió este domingo el regreso a cientos de viviendas desalojadas por las borrascas, aunque el alivio convive aún con el cansancio, la tensión y la espera de quienes siguen sin poder volver a casa

Última hora del temporal en Córdoba y Andalucía, en directo | El regreso de los desalojados tras las inundaciones, la crecida del río Guadalquivir y los avisos de la Aemet

Vuelven a sus casas los primeros cordobeses desalojados

Manuel Murillo

Miguel Heredia

Miguel Heredia

Córdoba

Después de varios días marcados por la lluvia persistente, el miedo y la incertidumbre, Córdoba amaneció este domingo con una imagen largamente esperada. Sin avisos por precipitaciones y tras una noche de tregua, algunos vecinos de las barriadas del entorno del aeropuerto, Majaneque, Fontanar de Quintos y Alcolea comenzaron a recuperar el acceso pleno a sus domicilios. No fue un regreso generalizado ni definitivo para todos, pero sí un paso adelante tras jornadas de desgaste emocional y físico, según relatan los protagonistas.

La pausa llegó tras un sábado especialmente duro, con más de 33,6 litros por metro cuadrado registrados, incluidos varios episodios de lluvias intensas. Desde la noche, el cielo dio un respiro que se prolongó durante cerca de 24 horas, hasta la reaparición de las lluvias en la noche del domingo y la madrugada del lunes. Mientras tanto, el Guadalquivir, que llegó a rozar los seis metros horas atrás -el nivel más alto de esta sucesión de borrascas-, se estabilizó en torno a los 5,7 metros y continuó descendiendo de forma paulatina, aunque aún duplicando el umbral rojo.

En este contexto, el Ayuntamiento de Córdoba autorizó el regreso a 724 viviendas, mientras que otras 135 permanecen todavía sin acceso. De las 1.462 personas evacuadas, alrededor de 250 no han podido volver por el momento, a la espera de una nueva evaluación prevista para este lunes y que se repetirá en días sucesivos.

San Isidro, entre el alivio y la espera

En la zona del aeropuerto, el ambiente fue desigual. En San Isidro de la Alameda, algunas de las primeras calles -excepto la calle Ciprés- recuperaron la normalidad relativa y permitieron a los vecinos volver para quedarse. Sin embargo, en áreas próximas como Altea y Guadalvalle, el acceso sigue siendo limitado y solo se permiten entradas puntuales para recoger enseres básicos.

Antonio es uno de los vecinos que continúa fuera de casa. «Desde el jueves por la tarde llevamos fuera. Cuatro días malviviendo. Parecía que íbamos a poder volver ahora, pero nos han dicho que todavía no, que solo para coger alguna cosa. Mentalmente estamos muy cansados, aunque sí, con un poquito de ilusión porque se acabe ya esto y podamos volver a tener vida».

Esa tensión fue evidente en la rotonda de acceso a las parcelaciones, donde cerca de dos centenares de residentes aguardaron durante la tarde junto a un amplio dispositivo policial y de bomberos. Entre ellos, Pedro exteriorizaba su enfado: «El río está lleno de suciedad, no se limpian los cauces, no se hace nada. Si se hiciera, habría muchos menos casos como este. Nos sentimos desprotegidos. No entendemos cómo los pantanos no empezaron a desalojar agua antes, sabiendo lo que estaba por venir».

Juan Manuel añade otro factor de angustia. «En mi caso, el agua ha afectado más a mi residencia. Soy dependiente de insulina, en casa tengo sensores, la propia insulina, ropa… Prácticamente sigo con la misma ropa del primer día. Vengo a coger algo, pero esta situación es muy alocada. Tenemos unas ganas locas, loquísimas, de poder volver a nuestra casa».

Multitud de vecinos de la zona del aeropuerto esperan su turno para ser realojados, o simplemente acceder unos minutos a sus viviendas.

Multitud de vecinos de la zona del aeropuerto esperan su turno para ser realojados, o simplemente acceder unos minutos a sus viviendas. / MANUEL MURILLO

Majaneque regresa, aunque no del todo

A varios kilómetros de allí, en Majaneque, el ambiente era distinto. Gran parte de la barriada ha podido regresar y la vida comienza a reaparecer en sus calles. Niños jugando al balón, bicicletas recorriendo las calzadas y familias paseando al caer la tarde devuelven una estampa que parecía lejana hace solo unos días.

No todos, sin embargo, han recuperado aún su hogar. Marisol sigue esperando. «Llevo unos 18 meses viviendo aquí, en mi casa sí ha entrado bastante agua. Ya he entrado un par de veces, hemos tenido que tirar algún mueble. Empezamos a ver la luz al final del túnel, porque ya hay vecinos que vuelven a su casa, pero nosotros seguimos a la espera, muy agobiados. Seguimos teniendo que vivir fuera, en la casa de mi hermano».

Para Fabián, en cambio, el domingo ha marcado un antes y un después. «Se ha acabado la espera, que parecería que no son muchos días, pero a nosotros se nos han hecho eternos, las noches, sobre todo. Ha sido una alegría inmensa el poder entrar y decir ‘ya puedo volver a quedarme aquí, recuperamos nuestra vida’».

Rafaela aún no comparte ese alivio. «Otro día más que estamos a la espera, mantenemos los mismos nervios desde hace cinco, en los que no hemos dormido, no hemos comido y en los que estamos en una situación de estrés que no es humana. Ahora sabemos más de pantanos que nadie. Cada vez que cae una gota de agua, temblamos. No entiendo cómo esto no se ha podido anticipar».

Vecinos de Majaneque conversan junto al cordón policial, que aún delimita el punto entre realojados y desalojados.

Vecinos de Majaneque conversan junto al cordón policial, que aún delimita el punto entre realojados y desalojados. / MANUEL MURILLO

Alcolea recupera la normalidad

En el otro extremo de la capital, en Alcolea, el regreso fue más claro. En la calle La Barca, poco después del mediodía, los vecinos comenzaron a volver a sus casas y la normalidad se fue reinstaurando con rapidez. No así en otras áreas como el Montón de Tierra o el Camino del Azud, que continúan con restricciones.

Juan Antonio resume el sentir general. «Estamos de vuelta en casa. Teníamos muchísimas ganas. Por fin, esta noche descansaremos en nuestras camas. Lo primero al entrar ha sido poner alguna lavadora, tirar lo que teníamos en mal estado y darnos cada uno una ducha, que ha sido como nacer de nuevo. Lo que hemos vivido, no se lo deseo a nadie».

Daniel, que decidió marcharse un día antes de los desalojos oficiales, también respira aliviado. «Nosotros nos fuimos el día de antes, viendo lo que podía pasar. Por suerte, en mi casa, que tengo escaleras, no ha entrado el agua, pero estábamos muy preocupados. Se pasa mal viendo cómo les ha ido a los vecinos… Ha sido un alivio el poder volver, estar con los niños, que ya los tenemos aquí en la calle jugando como si nada, limpiar un poco, todo lo que se solía hacer antes de esto».

La tregua ha permitido volver a abrir puertas, encender luces y recuperar rutinas básicas. Sin embargo, la experiencia ha dejado una huella profunda. Muchos vecinos miran ahora al cielo y al río con una atención nueva, a sabiendas de que el descanso es todavía provisional y de que, con el regreso de las lluvias, la incertidumbre podría volver a instalarse en cualquier momento. Pero por ahora, vuelve la vida en muchos puntos de la ciudad.

La Calle de la Barca recupera su ritmo con el regreso de las familias y vecinos.

La Calle de la Barca recupera su ritmo con el regreso de las familias y vecinos. / MANUEL MURILLO

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