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Borrasca Marta

Más de un millar de afectados por las inundaciones en Córdoba, en vilo: «Te despiertas a mitad de la noche pensando si el agua habrá entrado o no en casa»

Los residentes de las parcelaciones cercanas al aeropuerto y a Alcolea afrontan jornadas marcadas por la incertidumbre, moviéndose entre la ilusión, el temor y el apoyo mutuo entre vecinos

Última hora de la crecida del Guadalquivir, de los avisos de la Aemet por la borrasca Marta y todas las incidencias

Los vecinos de Majaneque acceden a sus viviendas

Manuel Murillo

Miguel Heredia

Miguel Heredia

Córdoba

El sábado amaneció con un gesto que parecía invitar al optimismo. El nivel del río Guadalquivir había bajado sensiblemente a primera hora de la mañana. Eso sí, la tregua era frágil. Córdoba seguía bajo alerta continua y el margen para la tranquilidad era mínimo, o casi. Y es que partir de las 9.30 horas comenzaron a caer las primeras gotas, leves, poco más que imperceptibles, mientras la ciudad transitaba aún por la franja amarilla. El escenario cambió al mediodía: la alerta pasó a naranja por lluvias y viento, con previsiones de hasta 40 litros en doce horas y rachas que podían rozar los 90 kilómetros por hora.

Porque para quienes llevan días fuera de casa, el parte meteorológico ha dejado de ser una previsión abstracta. En estas fechas, más bien se ha convertido en una amenaza constante que se mide en metros de agua, en horas de sueño perdidas y en miradas clavadas en el cauce del río, según relatan algunos afectados. Más de un millar de personas de las parcelaciones del entorno del aeropuerto y de Alcolea siguen viviendo con el corazón encogido.

El río vuelve a tensar la espera

La mañana avanzó sin sobresaltos aparentes, pero el alivio duró poco. Pasado el mediodía, el Guadalquivir volvió a crecer. La borrasca Marta descargó con intensidad en distintos puntos de la provincia y en la capital se rozaron los 30 litros acumulados antes de las 16.00 horas. A ese caudal se sumó el agua procedente de los desembalses. El río, que había dado un pequeño respiro al amanecer, superó de nuevo los 5,3 metros -tras otro descenso anterior con el avance de la matinal- y devolvió la tensión.

Mientras tanto, en distintos barrios de la capital se continuó el trabajo en puntos de información y atención a los afectados. En el Centro Cívico de Levante, uno de los denominados Puntos de Atención Personal para afectados por inundaciones, la actividad se centra ahora en la atención telefónica, aunque también hay presencia física. La afluencia aún es baja, pero las consultas se repiten: trámites administrativos, justificantes laborales, acceso a prestaciones o a un albergue. Las preguntas más recurrentes son siempre las mismas: «¿Cuándo volver?» y «¿Cómo está mi casa?».

Fachada del Centro Cívico de Levante, uno de los múltiples puntos de atención abiertos para afectados.

Fachada del Centro Cívico de Levante, uno de los múltiples puntos de atención abiertos para afectados. / VÍCTOR CASTRO

Majaneque, a la espera de poder entrar

En Majaneque, una de las zonas más castigadas, varios vecinos desalojados se acercaron este sábado a las inmediaciones de sus viviendas, siempre acompañados por la Policía, con la esperanza de poder acceder unos minutos para rescatar algo. En la entrada de la barriada, Jario esperaba junto a su perro, un cachorro de pastor alemán de apenas cinco meses que temblaba entre el frío, el viento y la lluvia.

«Desde que pasó esto, llevo sin dormir. Estamos pendientes de si nos dejan pasar a casa, a coger alguna cosa. Salimos sin nada, con lo puesto», cuenta. Lleva tres días fuera. «El primero, del cansancio, me quedé dormido de pie en una gasolinera cercana». Relata también las dificultades para encontrar un lugar donde dormir con animales: «En Vista Alegre a mi perra la han aceptado, pero fuera hay un muchacho con al menos once perros en su furgoneta, porque no los aceptan dentro».

Un poco más adentro, Joaquín Muñoz sigue defendiendo su casa frente al avance del agua, a menos de 300 metros del río. «Es la tercera vez que nos puede llegar, nos pasó en 2009 y 2010. El miedo a tener que volver a empezar es mucho. Tirar muebles, limpiar la casa, la ropa… Es volver a empezar con una parte de tu vida». Las noches no dan tregua. «Te despiertas a mitad de la noche pensando si el agua habrá entrado o no en casa»

Afectados de la barriada de Majaneque, a la espera de poder entrar a sus viviendas.

Afectados de la barriada de Majaneque, a la espera de poder entrar a sus viviendas. / MANUEL MURILLO

Natalia, otra vecina, observa el nivel con la misma inquietud. «Tenemos el agua a tres casas de distancia. Estamos a la espera de que suba o baje, pero aquí, sin vivir». Recuerda con nitidez la riada de 2010, pese a su juventud: «Con seis años ya dejé mi casa y me acuerdo de aquello». Sus estudios, ahora, han quedado en pausa.

La mayoría de los desalojados se refugia en casas de familiares, residencias o recintos habilitados. José Antonio pone voz a ese cansancio colectivo: «La situación, comparada con 2010, no tiene nada que ver, hay mucha protección y por suerte el agua no ha llegado ni a la mitad. Pero es cierto que mentalmente estamos derrotados».

Vigilancia vecinal ante los robos

A cierta distancia, en la zona más oriental de Majaneque, Erika y Manuel explican cómo los vecinos se han organizado para vigilar las viviendas. «Estamos sin dormir. Aunque haya policía, hay gente que se está intentando aprovechar». Relatan intentos de robo y una respuesta coordinada: «Hacemos guardias. De 8.00 a 12.00 estamos nosotros, luego viene el relevo. Así todo el día». La sensación es de desgaste. «La policía no puede estar a todo ahora mismo».

En Fontanar de Quintos, otro de los puntos de información de la Policía Local, los agentes perciben cierta mejora. El descenso de medio metro registrado al amanecer permitió que algunos vecinos entraran por primera vez en sus casas durante unos minutos para rescatar enseres. No es volver, pero es un primer paso, se apunta desde allí...

Algunos de los vecinos a cargo de la primera 'guardia' para vigilar las viviendas de Majaneque.

Algunos de los vecinos a cargo de la primera 'guardia' para vigilar las viviendas de Majaneque. / MANUEL MURILLO

La barriada de Alcolea, volcada

A varios kilómetros de ese punto, en Alcolea, la escena se repite con matices propios. El nivel del arroyo Guadalbarbo bajó sensiblemente este sábado y permitió a más vecinos acceder a sus viviendas. «Nos hemos quedado un poco más tranquilos», explica Beatriz, que se aloja en casa de una amiga. «Hemos podido venir a coger alguna cosa que dejamos cuando salimos a la carrera».

Irene acompaña a su hermana Ana en ese regreso temporal, o más bien fugaz. «Aquí nos conocemos todos. Sufres por todo el mundo», dice. Reconoce que hay más vigilancia que en 2010, «lo que nos hace estar entre asustados y tranquilos». Ana añade otro elemento de vulnerabilidad: «Yo estoy embarazada. De madrugada nos tocaron a la puerta y me pidieron que si podía marcharme por mi situación». Entró en casa solo para lo imprescindible. «Ropa para mi hijo, los papeles del médico, algo de medicación». Es más, también aquí llegan noticias de robos en zonas cercanas.

A unas calles de distancia, el Pabellón Deportivo de Alcolea se ha convertido en un símbolo de la respuesta vecinal. Tras una reunión con unos 150 vecinos, se logró habilitar tanto el polideportivo como la parroquia para acoger a los desalojados y evitar desplazamientos a Vista Alegre. «El pueblo salva al pueblo», resume Ramón, uno de los afectados. «Mientras haya una persona que no esté atendida en condiciones, no estaré tranquilo».

La barriada de Alcolea se vuelca con los afectados

Manuel Murillo

La cadena de ayuda continúa hasta la parroquia de Nuestra Señora de Los Ángeles. Cáritas, la hermandad de Los Dolores y vecinos voluntarios coordinan alojamiento y comida. El párroco, Pablo Lora, lo explica con sencillez: «Ofrecimos lo que teníamos. La gente valora casi más el abrazo y el apoyo que el techo o el caldo caliente. Quieren estar aquí, con los suyos».

Manolo, que ha pasado la noche allí con otra familia, lo confirma con una sonrisa cansada: «No nos ha faltado de nada. Hemos dormido bien, calentitos. El colchón se me desinfló, pero no pasa nada. Los vecinos nos han traído de todo».

Así que a la espera de que el cielo dé una tregua real y el agua confirme su retirada, la vida sigue suspendida en estas barriadas. El río y los arroyos marcan el ritmo, pero son las personas, entre el miedo y la solidaridad, las que se han decidido a sostener estas difíciles jornadas fuera de casa.

El párroco, Pablo Lora, junto a varios vecinos y vecinas de Alcolea, en la parroquia.

El párroco, Pablo Lora, junto a varios vecinos y vecinas de Alcolea, en la parroquia. / MANUEL MURILLO

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