Borrasca Leonardo
Del desconcierto al miedo, de la incredulidad a la certeza: Córdoba asume que lo peor de la riada está por llegar
Decenas de personas han regresado antes del alba para comprobar cómo están sus viviendas y seguir de cerca la evolución de la riada causada por el temporal
Córdoba se prepara para la borrasca Marta | Última hora de la inundación del Guadalquivir, avisos de la Aemet y efectos de Leonardo, en directo

Manuel Murillo

Más de un millar de personas de las parcelaciones del entorno del aeropuerto y de Alcolea han visto cómo su vida, en cuestión de horas, casi sin esperarlo y por segunda vez, daba un vuelco y se veían obligadas a abandonar sus casas para pasar una noche de incertidumbre absoluta. Los vecinos de Guadalvalle, La Altea, San Isidro, Majaneque —solo la zona inundada en 2010—, Fontanar de Quintos y La Forja I y II, en el entorno del aeropuerto, así como de Ribera Baja —también la zona afectada en 2010— y la calle de la Barca, en Alcolea, pasaron del jueves relativamente tranquilos a un viernes marcado por la incredulidad y el miedo. Este viernes, el miedo venció al shock y se pasó de la incógnita a una certeza muy clara: «Lo peor está por llegar».
Según el balance ofrecido por el Ayuntamiento de Córdoba, y corroborado horas más tarde por el Servicio de Emergencias 112, se evacuaron 704 viviendas, de las cuales 524 corresponden a zonas afectadas directamente por la crecida del Guadalquivir: Alcolea (27), Guadalvalle-Altea-San Isidro (166), Fontanar de Quintos (158), Majaneque (120) y las parcelaciones La Forja I (35) y La Forja II (16). A ellas se suman otras 180 viviendas de la urbanización Las Cigüeñas, desalojadas por la crecida del arroyo de La Lancha. Con estas cifras, se estima que más de un millar de personas han tenido que abandonar sus hogares, a la espera de que se concrete el número definitivo de afectados.

El río Guadalquivir supera los 5,5 metros a su paso por Córdoba / VÍCTOR CASTRO
Coches detenidos en fila, vecinos apoyados en las ventanillas y miradas clavadas en el cauce del río. Así han amanecido los accesos a las parcelaciones desalojadas de Córdoba, todavía cerrados al tráfico. Decenas de personas, que han pasado la noche en casas de familiares, han regresado antes del alba con un único objetivo: comprobar cómo están sus viviendas y seguir de cerca la evolución del agua. El ambiente mezcla expectación y tensión. La paciencia aguanta, pero los nervios afloran y crecen las críticas ante la prohibición de entrada, en una mañana marcada por la incertidumbre.
«Tengo una vida aquí»
«Ha sido una noche horrible. Sin pegar ojo, solo mirando las cámaras del móvil cada cinco minutos», relata Mario, uno de los vecinos que aguardaba desde antes del amanecer dentro de su coche. «Solo estoy aquí porque me da algo de tranquilidad, aunque sea desde fuera», añade. Su vivienda se encuentra unos metros más arriba de la calle La Tórtola, en Guadalvalle, pero no ha querido esperar en casa. «No podía dormir y me he venido. Tengo una vida aquí».

Parcela anegada en Guadalvalle. / Manuel Murillo
Los accesos a Altea y Guadalvalle permanecían cerrados a la altura de la glorieta del aeropuerto, donde alrededor de una veintena de personas esperaban poder entrar para recoger algunos enseres, medicación o, simplemente, ver cómo avanzaba el agua. A un lado, el río bajaba visiblemente más crecido que el día anterior y con mucha fuerza. «Menos mal que El Tranco está todavía a mitad de capacidad, pero si viene más agua en los próximos días…», lamentaba otro vecino, dejando la frase en suspenso.

Diario CÓRDOBA
Las imágenes difundidas por la Policía mediante dron mostraban cómo, durante la noche y la mañana de este viernes, el agua no ha dejado de ganar terreno, apoderándose ya de varias calles de Guadalvalle. También se apreciaba cómo el nivel había alcanzado la pista del aeropuerto. Cabe recordar que tras la riada de 2010 se instaló una escollera para evitar este tipo de situaciones, una infraestructura que en esta primera crecida similar ha demostrado ser insuficiente: el agua ya entraba por el punto sureste y avanzaba también por el suroeste.
Algo más tranquilo se mostraba Rafael Moreno, vecino de la urbanización San Isidro. «Compré la casa hace cuatro años y para mí todo esto es nuevo. No fue un rato agradable desalojar», explicaba junto a otro residente. Ambos llevaban desde primera hora esperando para poder entrar a recoger un par de medicamentos «y ver por dónde va el agua, aunque en teoría no tiene que pasar nada». Para acceder, los vecinos debían hacerlo de uno en uno, escoltados por agentes de la Policía Nacional o Local y «sin detenerse más de lo indispensable», según indicaban desde el operativo.

Zonas desalojadas en Córdoba. / CÓRDOBA
Fontanar de Quintos y Majaneque
Siguiendo la carretera hacia arriba, en Fontanar de Quintos el acceso también estaba limitado desde la primera entrada. Un vecino, que vive al inicio de la urbanización, se quejaba de que apenas se estaba dejando pasar a los residentes. «Una cosa es que el agua suba rápido y otra que no nos dejen ni acercarnos», protestaba mientras mostraba las imágenes de las cámaras de seguridad de su vivienda. «No está ni cerca», apostillaba.

María del Carmen Castillo junto a su familia en Alcolea. / Manuel Murillo
Otros, como José Javier, denunciaban el «descontrol» del dispositivo tras llevar «varias horas» esperando para poder recoger su insulina y otros medicamentos para la diabetes. La tensión iba en aumento mientras discutía con otros afectados sobre la organización del operativo. «Están poniendo problemas incluso para que mi hijo vaya a por ropa o a dar de comer al perro. Dicen que no es el propietario», relataba, subrayando que la noche «ha sido para todo menos para descansar».
Una pareja de personas mayores, que llevaba «toda la mañana» esperando, resumía el sentir general: «Primero nos dijeron que el desalojo iba a ser escalonado y luego nos metieron prisa. Nos hemos dejado cosas dentro y ahora no nos dejan entrar. Es bastante frustrante».

Acceso a las parcelaciones a Guadalvalle y la Altea. / Manuel Murillo
En Majaneque, las críticas se dirigían también a la rapidez del operativo del jueves. Algunos vecinos señalaban casos de personas con movilidad reducida o con antecedentes de ictus que tuvieron que ser evacuadas «de cualquier manera», pese a vivir en casas que no se inundaron en 2010. Francisco Antonio Cubero se acercó junto a su hermano al cordón policial, ya bastante adentrado en la urbanización, para comprobar el estado de la zona. «Si no entró en 2010, no va a hacerlo ahora», aseguraban. Ellos habían dormido «bien», aunque reconocían que «mis padres no». «Estamos tranquilos respecto al agua, pero la situación es complicada», concluían.
Una situación «insostenible»
En Alcolea, María del Carmen Castillo ha pasado la noche en un poyete junto a la calle La Barca, de donde fue desalojada por la tarde. Sentada en un escalón, sin apenas dormir, ha soportado el frío y la lluvia acompañada de sus hijos y de su marido. Una situación que asegura no haberse imaginado días atrás y que ahora le provoca una especial preocupación. «Antes de que el agua llegue a mi casa, entra por la placa del cuarto de baño», explicaba, con la mirada fija en el entorno anegado.

Manuel Murillo
Antonia Mudarra, otra de las vecinas desalojadas, pasó la noche en casa de su hijo, «intranquila y sin pegar ojo». En la riada de 2010, el agua alcanzó el metro de altura en su vivienda y el recuerdo pesa ahora con fuerza. «Estamos cansados. Es una situación muy difícil», lamentaba. Por su parte, Antonio Alfaya aseguraba sentirse «tranquilo» tras poder acceder a su casa por la mañana, aunque advertía de que, si la situación se prolonga, será «insostenible». «Lo que nos están dando son parches», resumía.
En el centro cívico de la barriada, el ambiente era de nerviosismo creciente y hartazgo. El Ayuntamiento ofreció a los vecinos la posibilidad de pasar la noche en centros de mayores y en el pabellón de Vistalegre, en la capital, una opción que muchos rechazaban. «Queremos despertarnos y estar cerca de nuestras casas. ¿Cómo nos vamos a ir?», se preguntaba María del Carmen. Otros vecinos, como Francisco, alertaban de que la carretera podría cortarse en cualquier momento y dejar la zona incomunicada. «No todo el mundo tiene coche para ir y venir a Córdoba», advertía, antes de poner palabras a un sentimiento común: «Necesitamos estar cerca de nuestras casas y verlas».
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