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Temporal de lluvia y viento

«No podemos irnos y hacer como si nada»: Majaneque, Alcolea y Guadalvalle vuelven a mirar al río con miedo antes de nuevos desalojos

Los vecinos de estas zonas de Córdoba pasaron la mañana entre la angustia de dejarlo todo atrás y el temor a que el río repita un escenario como el de 2010

Última hora de la alerta por el aviso naranja de la Aemet por fuerte viento, desalojos y carreteras cortadas

La policía intensifica el operativo en Majaneque

A. J. González

Adrián Ramírez

Adrián Ramírez

«No podemos irnos y hacer como si nada». «Nadie está preparado para abandonar su casa». Ocho días después de que Majaneque sufriera una inundación tras la rotura de un talud, la urbanización de Córdoba capital vuelve a mirar al río con miedo y a vivir desalojos. En esta ocasión, el peligro se sitúa en el otro extremo de las parcelaciones, concretamente en las calles El Olivo y Los Trigueros, que tuvieron que ser desalojadas de madrugada tras la llegada de Bomberos y Policía Local por los efectos de la borrasca Leonardo. En Alcolea, Guadalvalle y la Altea, antes del anuncio de desalojar toda la zona, la situación era de calma y cierto optimismo. Aunque, tras las últimas decisiones de la Junta de Andalucía, la situación ha dado un giro radical.

Durante la mañana, los vecinos observan el río y su avance, casi imparable. «Ha subido un par de metros en apenas media hora», explica David, que ha acudido a media mañana junto a su pareja para coger algo de comida y un par de enseres. «Vinieron a las dos de la mañana diciendo que teníamos que irnos ya», añade la mujer. En su caso, ella ha dormido en casa de una amiga, mientras que él ha pasado la noche en el vivero de un amigo, unos metros más arriba. «Tenemos que estar cerca de casa por lo que pueda pasar. No podemos irnos y hacer como si nada», cuenta con frustración. Pasado el mediodía, el agua continuaba subiendo y ya estaba a poco más de cien metros de su patio. «Esto ya ha superado lo del año pasado y comienza a parecerse a 2010», afirma. En aquella época, el agua alcanzó «más de medio metro» en su parcela.

El drama de dejar tu casa

Algo más arriba, Manuela también ha ido con su pareja a recoger enseres, comprobar cómo están las mascotas y marcharse. «Por lo menos esta vez no estamos solos, las autoridades lo están haciendo bien», explica, en alusión a lo ocurrido hace 16 años. Pasaron la noche en un coche al inicio de la urbanización y, aunque está «relativamente tranquila», admite que el momento del desalojo fue «muy complicado y agotador». «Esto es una angustia constante, porque no todo el mundo está preparado para esto», añade, con los brazos en jarra y la mirada clavada en un río que no deja de crecer.

Manuel Abad, su vecino, asegura que no se enteró de la orden de desalojo porque «teníamos todo cerrado por el viento». Ha sido esta mañana cuando los agentes le han alertado de la situación y han decidido salir, aunque ahora ha vuelto para «ver cómo estaba todo y coger cosas para mis hijos, como comida y ropa». Aunque admite que el río «sigue creciendo», cree que en su casa apenas pasará de una lámina de agua en el porche.

A.J.González Córdoba Temporal lluvia inundaciones borrasca Leonardo Majaneque

Vecinos de Majaneque se acercan a observar el avance del río. / A.J. González

Caminar por las calles de Majaneque esta mañana era desafiar al tiempo, no solo por una lluvia que se intensificaba por momentos, sino por rachas de viento que llegaban a superar los 80 kilómetros por hora y hacían temer la caída de árboles o de algunas construcciones precarias. El río ha crecido «demasiado en pocas horas», como cuenta Antonio, uno de los vecinos, que apunta a que muchos de los muros a los que ahora se aproxima el agua se construyeron en 2010.

El trabajo de la Policía

Mientras tanto, la Policía Nacional ha desplegado un amplio operativo para asegurarse de que no queda nadie en la zona y alertar del peligro. «Se espera que con los desembalses continúe creciendo el río», explica un agente, que se sube a cancelas, activa la sirena, pregunta a los vecinos y comprueba que no haya nadie en el interior de las casas. Los agentes señalan que hay vecinos acostumbrados a este tipo de situaciones que minimizan el riesgo y no se marchan hasta que el agua les llega a los pies, pese a que el nivel está creciendo con rapidez. Muchos se aferran a sus casas por miedo a robos y porque tienen animales de compañía. Desde los servicios de emergencia insisten en la necesidad de desalojar cuanto antes ante el peligro creciente.

A.J.González Córdoba Temporal lluvia inundaciones borrasca Leonardo Majaneque

Manuela, en la puerta de su casa, en Majaneque. / A. J. González

Precisamente, un vecino, al escuchar esto, se indigna y apunta: «¿Cómo voy a dejar aquí a mis animales y mi vida entera tan fácilmente?», mientras exige soluciones a los políticos: «Si fuera su casa…».

Se espera que la crecida llegue hasta el cruce entre la calle Los Trigueros y la avenida Asociaciones, justo donde vive Carmen, que se ha acercado a ver el avance de la riada. «Es un no parar», cuenta, aunque admite que ella, junto a sus dos hijas, solo se irá «si nos obligan», porque «lo peor ya pasó en 2010 y ahora no estamos cerca de esa situación». En aquella ocasión, el agua «subió unos cuantos centímetros», nada más, recalca.

Otro vecino añade: «Esto es peor que el año pasado». En ese momento sale una señora mayor con su perro en el coche. Era de las que están en primera línea de la crecida del río y se resistía a marcharse. «Ya me voy, ya», dice mientras saluda con una sonrisa a sus vecinos.

Situación en Alcolea, Guadalvalle y la Altea

A primera hora de la tarde, la situación en las zonas bajas de Alcolea, Guadalvalle y La Altea era de calma tensa, a la espera de la evolución del río y de los desembalses que se están produciendo tanto en la cabecera del Guadalquivir, en la provincia de Jaén, como en el embalse de San Rafael de Navallana, donde se están liberando actualmente más de cien metros cúbicos por segundo. «No les queda más remedio porque no pueden más. Ahora el agua crecerá un metro y medio y esperemos que mañana dé un respiro», comentaba un vecino de la calle Camino del Azud, donde anoche fueron desalojadas cuatro viviendas.

En Alcolea, María vive en la parte alta del Camino del Azud. Bomberos y Policía Local llegaron a su casa alrededor de la una de la madrugada para alertarles del riesgo. Tiene un hijo pequeño y explica que actuaron con rapidez: «Recogimos los medicamentos y lo imprescindible para poder salir rápido», aunque admitía que, por el momento, intentan aguantar. «Vamos a esperar hasta que no quede más remedio», dice. Desde entonces, reconocía que dormir ha sido imposible. «No he dormido en toda la noche y he perdido la cuenta de las veces que he bajado a ver cómo avanza el río».

Alcolea, pendiente de los desembalses

A. J. González

En Guadalvalle, la calle Las Tórtolas —desalojada anoche— volvió a concentrar a los vecinos desde primera hora. María Dolores mantiene su coche aparcado a pocos metros de donde ha llegado el agua. Ha pasado la noche «como buenamente he podido», junto a su madre y su hijo, dentro del vehículo. «Nos desalojaron a medianoche y volvemos cada pocos minutos para ver cómo avanza. Esto es un sinvivir», relata mientras esquiva un charco. El año pasado ya tuvo que abandonar su vivienda y asegura que no se plantea alejarse ahora. «Aquí tengo todo», concluye, visiblemente agotada.

Los vecinos de Guadalvalle, pendientes del avance de la riada

Manuel Murillo

Tras una noche en vela, varios vecinos regresaron esta mañana a la zona para comprobar el avance de la riada y reclamar soluciones. Denuncian que se trata de «la misma situación que el año pasado». Según explicaron, el pico del agua se alcanzó sobre las 9.30 horas, cuando llegó a rebasar la mitad de la calle.

También en Guadalvalle, Manuel del Rey observaba desde el tejado de su vivienda cómo el agua se ha ido acercando peligrosamente a su casa, situada junto a la pista del aeropuerto. Por la mañana, rezaba para que la situación no se agravara. Tiene un hijo con movilidad reducida y explica que tuvo que montarlo «a prisa y corriendo» en su silla para pasar la noche en el coche. «Ha sido muy angustioso», confiesa, mientras sigue atento a cada subida del río.

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