Borrasca Leonardo
Decenas de familias desalojadas pasan la noche en Vista Alegre: «Ni en las inundaciones de 2010 tuvimos que salir de casa»
Vecinos de asentamientos rumanos, Majaneque y Fontanar de Quintos duermen en el pabellón sin saber cuándo podrán volver
Última hora de la emergencia por el temporal; desalojos y carreteras cortadas

Manuel Murillo

Familias enteras, personas mayores, niños y vecinos con problemas de salud pasan la noche en el pabellón Vista Alegre tras ser desalojados de manera preventiva por la crecida del río Guadalquivir a su paso por Córdoba. El recinto deportivo se convirtió primero en refugio para 61 personas procedentes de los asentamientos rumanos cercanos al cauce en la madrugada del miércoles, a los que se sumaron la noche de este jueves algunas de las familias de Majaneque o Fontanar de Quintos, que tuvieron que abandonar sus viviendas con lo imprescindible y sin saber cuándo podrán regresar.
En Majaneque, el desalojo se vivió con especial agobio. Muchos vecinos se trasladaron a segundas residencias o a casas de familiares y, quienes no tenían otra alternativa, pasaron la noche en Vista Alegre. «Estoy agobiado por la casa, pero gracias a Dios estamos bien», decía Juan José Gómez, que junto a su mujer y su perro se trasladaron al lugar sin fecha de vuelta. En su caso, el viento causó más daños que la lluvia. «He perdido cosas por el aire», explicaba, celebrando que «aquí tenemos lo que necesitemos» y pidiendo «que nos digan prontito que podemos recuperar las casas».

Parte de la familia Maldonado, de Fontanar de Quintos. / Manuel Murillo
En el pabellón se concentraron realidades muy distintas: desde parejas con un perro hasta matrimonios con hijos, personas mayores o familias con numerosos animales, en algunos casos hasta diez perros pequeños. Todos llegaron con lo imprescindible: documentación, algo de ropa y lo básico para pasar unos días sin saber cuánto durará el desalojo.
Algunos vecinos, con más margen, lograron subir televisores y objetos de valor a una segunda planta, tal y como cuenta uno de los integrantes de la familia Maldonado, de Fontanar de Quintos, que cree que «hay un poco de exageración por lo sucedido en Valencia, pero es normal, mejor es prevenir». Otros no tuvieron tanta suerte con sus pertenencias. El padre de la familia Álvarez, que vive en la zona de Majaneque desde hace 35 años asegura que ni siquiera en las inundaciones de 2010 tuvieron que salir. «Sabíamos que el río podía subir, eso siempre ha estado ahí, pero esto ha sido algo extraordinario y no lo habíamos pensado, lo hemos dejado todo en casa», explicaba junto a su mujer, su hija y una mujer mayor. «Lo ves por la tele, pero cuando te toca te sientes extraño», resumía este vecino de Majaneque.
Más de una treintena de personas atendiendo
Alrededor de 30 trabajadores y voluntarios de Cruz Roja prestan atención logística y psicosocial a los desalojados, que «llegaron cansados, nerviosos y con mucha incertidumbre». Hubo acompañamiento continuo y seguimiento especial de los casos más vulnerables, como el de una persona con obesidad que se desplaza en silla de ruedas y no pudo dormir en los espacios habilitados.
Se habilitaron kits de higiene y espacios para los niños, con mesas y dibujos, para ayudar a rebajar la tensión. Cruz Roja subraya la importancia de este dispositivo, ya que sus voluntarios suelen atender habitualmente a los asentamientos de la capital y conocen de primera mano la situación de estas familias. «Están deseando volver y saber qué ha pasado con sus pertenencias, pero nosotros vamos a estar aquí mientras sea necesario», aseguran.

Los primeros desalojados de los asentamientos, durante la mañana de ayer. / Manuel Murillo
Muchos abandonaron sus hogares con resignación, otros con enfado, y casi todos con la sensación de no saber cuándo podrán volver a casa. Los 61 habitantes de los asentamientos fueron los primeros en pernoctar en el pabellón, habilitado para albergar a más de 300 personas. Una sirena de la Policía Local fue la señal para que estos vecinos salieran «con lo puesto y con mucho frío» de sus chabolas para ser trasladados al pabellón. Rosario Rodríguez González y su familia tuvieron apenas minutos para reaccionar.
Muchas de estas familias regresaron a los asentamientos para comprobar cómo estaba la situación en sus viviendas. Algunos de ellos volvieron convencidos de que «el agua no llega de repente» y de que estarían a tiempo de salir si el riesgo aumentaba. Sin embargo, poco después, los equipos municipales, de Cruz Roja, Policía Local y Servicios Sociales regresaron a la zona para trasladarlos de nuevo por motivos de seguridad.
El entorno del pabellón de Vista Alegre permanece custodiado para preservar la privacidad de las familias que hacen uso de los recursos habilitados.
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