Reportaje
Palacio Episcopal de Córdoba: un edificio casi desconocido cuya historia atraviesa la ciudad
Desde la época tardorromana a la conquista cristiana, pasando por la visigoda y la islámica, el enclave acoge desde esta semana el centro de recepción de la Mezquita-Catedral

Carruajes de caballos y vehículos aparcados en Torrijos, frente al palacio. / Juan Carlos de la Fuente

El Palacio Episcopal de Córdoba, situado entre las calles Torrijos y Amador de los Ríos, ha sido esta semana noticia por el nuevo uso que tendrá parte del espacio a partir de ahora. Tras una reforma que ha durado más de diez años y que se ha centrado, sobre todo, en el antiguo patio de carruajes y sus galerías, el palacio abrirá sus puertas como centro de información y recepción de la Mezquita-Catedral de Córdoba. El histórico inmueble sumará así un nuevo capítulo a su larga vida y servirá como prólogo expositivo de la visita al que es el monumento más importante de la ciudad.
El nuevo sentido que el Cabildo Catedral le ha dado a parte del palacio radica en el objetivo de que quien visite la Mezquita-Catedral lo haga teniendo información previa y sabiendo algunas de las claves que convierten al templo en uno de los más interesantes ya no de España, sino de todo del mundo. Sin embargo, la propia visita al Palacio Episcopal y a este centro de recepción ya es importante por sí misma, pues el lugar guarda una historia que se remonta al Imperio Romano y que sirve para comprender las distintas etapas por las que ha pasado la ciudad. Es decir, que el edificio, por sí mismo, ya es un monumento con entidad propia que merece la pena visitar incluso aunque no se tenga pensado acudir a la Mezquita-Catedral.

Nuevo centro de recepción de la Mezquita-Catedral de Córdoba, que abre en pocos días. / A. J. GONZÁLEZ
Una historia inabarcable
La tesis El palacio episcopal de Córdoba: historia y transformaciones de Rocío Velasco, profesora de la Universidad de Córdoba (UCO), recoge a lo largo de casi 700 páginas un recorrido por las distintas etapas que han transcurrido dentro del solar y del propio edificio que hoy conocemos. El Cabildo, en los folletos informativos del centro de recepción de la Mezquita-Catedral, ya da unas pinceladas de lo que fue y es el Palacio Episcopal. En la época del Imperio Romano, dice el díptico, este solar formó parte de los edificios de la zona portuaria del río Guadalquivir; en la visigoda, fue palacio del rey Don Rodrigo y en el periodo andalusí fue parte del gran alcázar califal de Córdoba. Luego llegaría la conquista cristiana de la ciudad y, tras ella, una sucesión de obispos que hicieron intervenciones de mayor o menor calado, pero muy numerosas, en el edificio.
En su tesis, Rocío Velasco habla de la «complejidad y diversidad arquitectónica» del conjunto palaciego, y aquí ya está una de las claves, no se trata de un edificio aislado, sino de todo un complejo que en algunas de las etapas históricas de la ciudad acogió varias de las estampas más bellas de Córdoba.
Época tardorromana
La primera época de la que se tienen vestigios en la zona del palacio, según varias fuentes, es la tardorromana, en tiempos del obispo Osio. Según Francisco Ruano, historiador cordobés del siglo XVII, explica Velasco en su tesis, en unas excavaciones realizadas en la zona entre 1746 y 1747 se halló un fragmento de columna con una inscripción datada hacia el año 371 d.C. (cuando el obispo Higinio, sucesor de Osio, presidía la Silla Episcopal). También, según Sánchez de Feria, en la zona se encontraba el foro del comercio, lo que tiene sentido por su cercanía con el río. Ese foro del comercio ocupaba el solar de Campo Santo de los Mártires y parte del área del Palacio Episcopal.

Fotografía del edificio realizada en 1862 con motivo de la visita de la reina Isabel II a la ciudad. / JOSÉ GARCÍA CÓRDOBA
Época visigoda
La conquista de la Bética por parte de los visigodos, hacia el año 458 d.C. también dejó su huella en la zona. En Córdoba, los visigodos entran en el año 572 (en esta etapa se sitúa la construcción de la iglesia de San Vicente, sobre cuyos restos, dicen muchos expertos, se levantó la mezquita). Para esta etapa, en lo que respecta al Episcopal, las fuentes escritas apuntan a que aquí estuvo la sede de los gobernantes visigodos en Córdoba y si bien la construcción realizada (la primera de la que se tienen noticias) se conocía como el Palacio del rey don Rodrigo, su ejecución inicial se atribuye al padre de éste, el duque Teudofredo en los siglos VI o VII (luego don Rodrigo lo ampliaría). A día de hoy siguen sin conocerse los límites de este palacio visigodo, aunque existen alusiones a las ampliaciones que hiciera del lugar don Rodrigo de parte de varios historiadores y estudiosos, como el padre Roelas (al que, se dice, se le apareció San Rafael), o Ambrosio de Morales.
Época islámica
Los musulmanes conquistan Córdoba en el año 711. Con la diócesis sometida al islam, detalla Velasco, los emires fijan su residencia en el palacio que hasta ese momento había sido de los gobernantes visigodos. A partir de ese momento, la zona se convierte en el centro político, económico y religioso de la ciudad. Mugith al-Rumi, primer jefe de la invasión musulmana, ocupa el palacio hasta el 785, cuando llega Abderramán I. Fue él quien ordenó levantar el nuevo alcázar para su gobierno y construir la primitiva mezquita aljama. Allí, en el alcázar se instaló Abderramán I y lo hicieron sus sucesores hasta Abderramán III, que promovió, hacía el 936, la construcción de Medina Azahara (él se trasladó a la ciudad palatina con toda su corte y se llevó también los servicios burocráticos del estado, pero los califas seguirían viviendo a caballo entre ese alcázar andalusí y Medina Azahara).

Yacimiento arqueológico de Medina Azahara. / VÍCTOR CASTRO
Ya en tiempos de Almanzor se llevarían a cabo varias construcciones en el alcázar para fortalecer las defensas. Tras la fitna de al-Ándalus o guerra civil andalusí, que supuso el colapso del Califato de Córdoba (y la destrucción de Medina Azahara), los gobernantes de taifas ocupan el alcázar omeya. Fue la dinastía Banu Yahwar quien allí se instaló y se volvieron a hacer varias obras en el palacio, sin embargo, el mismo fue abandonado en la época del último de esta dinastía. Es más, entre 1063 y 1069, el entonces administrador de Córdoba, Ibn al-Saqqa, mandó recoger todos los materiales de los alcázares califales abandonados y destruidos hasta despojarlos por completo. Esos elementos, como mármoles, maderas o cobres de las mejores calidades, se vendieron a los embajadores de los reyes. Aquí permanecerían los gobernantes de aquella Córdoba hasta la conquista cristiana (1236).
Cabe señalar que fue entre los siglos IX y XII cuando el alcázar de Córdoba alcanza su máximo esplendor. Se extendió en el espacio que hoy ocupa el antiguo Palacio Episcopal, el seminario de San Pelagio, la antigua biblioteca (la que se trasladó a los Patos), Campo Santo de los Mártires y el Alcázar de los Reyes Cristianos. Llegó a ocupar un total de 39.000 metros cuadrados.

Aspecto exterior del Palacio Episcopal en la década de 1930. / Loty
Época cristiana
Es la época cristiana la que más profusamente relata Rocío Velasco en su tesis. Es más, la historiadora apunta, en sus conclusiones, que «desde los años 20 del pasado siglo, se ha prestado más atención al edificio por su antecedente islámico que por la historia constructiva de época cristiana».
Esta época cristiana se inicia en 1236, cuando Fernando III se apropia del alcázar y lo cede, en parte, al obispo Lope de Fitero. El edificio se cristianiza y se queda como sede episcopal. Sobre esa ocupación cristiana, dice el trabajo de Velasco, todo apunta a que no fue un «acto destructivo» de lo que había, sino más bien una ocupación de diversas estancias y salones que se adaptaron a las necesidades de estos nuevos inquilinos.
Si bien la tesis de Velasco analiza, con los datos y las investigaciones posibles, cada uno de los pontificados y cómo los distintos obispos pudieron intervenir en el palacio, detallar dichas intervenciones una por una sería casi imposible. Pero sí cabe nombrar algunos hechos más destacados. El primero de los obispos tras la conquista cristiana. Lope de Fitero fue comprando casas y solares del alcázar y empezó a configurarse la que sería la zona noble del primitivo Palacio Episcopal, que durante toda la Edad Media se conoció como Casa del Obispo y donde residía desde el propio prelado hasta su familia, los criados, los escuderos o los escribanos. Desde finales del siglo XIII y hasta el siglo XIV no existen datos con los que puedan confirmarse muchas más actuaciones en el espacio. Para el siglo XV se establecerían los cimientos de la ocupación del espacio que se materializarían ya en el siglo XVI. De esta época son los baños del obispo (al lado de la antigua biblioteca) o el muro norte del palacio (que linda con la fachada sur del Palacio de Congresos).

Trasera del Palacio Episcopal, vista desde el Alcázar de los Reyes Cristianos, y justo al lado de donde estaba la biblioteca. / Manuel Murillo
Del siglo XVI ya se aprecian vestigios conservados que dan una leve idea de la extensión que alcanzó el conjunto palaciego y de la magnificencia de su construcción, aunque fue en el siglo XVII cuando en el palacio se actuó de una forma más intensa de la mano del obispo Diego de Mardones. Con el obispo Mardones ya se aplica una arquitectura que quiere mostrar el poder episcopal y donde se le da importancia al impacto visual que pueda generar el palacio en aquellos que vayan a visitarlo. Alza la torre norte, crea la torre sur y abre el patio de carruajes. Crea, básicamente, un nuevo palacio. También destruye el sabat (el acceso privada que los califas tenían entre el alcázar y la mezquita).
Con los sucesivos obispos vendrían numerosas intervenciones que han derivado en el Palacio Episcopal de la actualidad. El estudio de esta historia no ha sido fácil y en ello tiene mucho que ver, dice Velasco en su tesis, la expropiación de los terrenos por parte del Estado al Obispado que se dio en 1972. Todos los elementos que componían el conjunto quedaron inconexos. Aun así, hay cosas que quedan muy claras relacionadas con la historia del palacio. Una de ellas, que se trata de uno los patrimonios más ricos de la ciudad (pese a su desconocimiento por parte de mucha gente) y que esto es posible gracias a la relación histórica entre el poder estatal y el eclesiástico.

Imagen en blanco y negro de uno de los patios del Palacio Episcopal. / FRAMAR
En cuanto a las intervenciones más actuales, destacada es la etapa de Juan José Asenjo, que fue obispo de Córdoba entre 2003 y 2009. En esta etapa, se recuperó la estructura y función original del inmueble, para que albergara de nuevo las dependencias del gobierno de la Diócesis, la residencia del obispo y las oficinas de la curia.
Ya con Demetrio Fernández como obispo, lo fue entre 2010 y 2025, también se han hecho algunas intervenciones, de la misma forma que se impulsó que la que acaba de concluir hace poco. Fue durante el episcopado de Fernández que se planteó la reforma de parte del Palacio Episcopal, en concreto, de la que se localiza en el patio de carruajes y sus galerías. Aunque cuando se habló por primera vez de esta rehabilitación se hizo pensando en un mejor espacio para el Museo Diocesano, el proyecto viró hacia lo que se ha hecho realidad esta misma semana, el centro de interpretación y recepción de la Mezquita-Catedral. Esta parte del palacio ha tenido diversos usos ya en época moderna, como el colegio San Rafael, que luego se trasladó a la Fuensanta. Ahora, el Palacio Episcopal ya empieza a escribir un nuevo capítulo de su larga historia.
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