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Inmigración

Menores extutelados en la Fundación Don Bosco: sueños para construir una nueva vida

La Fundación Don Bosco atiende a un centenar de personas que han estado bajo la tutela de las administraciones públicas y al cumplir los 18 años se ven obligadas a emanciparse

Los jóvenes extutelados buscan una mejor vida en Córdoba

Ramón Azañón

Fabiola Mouzo

Fabiola Mouzo

Córdoba

Una bandera de Marruecos y una camiseta del Barça cuelgan de la pared de una de las habitaciones en un piso del barrio de La Viñuela, en Córdoba. En la cocina da la bienvenida un gran plato hecho de barro, un tajín, con el que preparan uno de las comidas más típicas de su país, que lleva el mismo nombre. Es el piso que comparten varios migrantes. Por el pasillo aparecen Abderazak y Amine, dos jóvenes marroquíes que llegaron nadando a Ceuta y que al cumplir los 18 años se quedaron sin la tutela de la Administración y se vieron obligados a emanciparse para seguir viviendo, para no hacerlo en la calle.

Son cuatro habitaciones, un salón con un balcón, un sofá grande, un mueble con dos plantas, un par de artesanías hechas por ellos que dan color al blanco de las paredes y un ventilador que en verano no para, el servicio y una cocina con suficiente espacio para que todos, por turnos, preparen las comidas del día. Allí son amigos, o más que eso, como familia. Son muy jóvenes y están solos, pero tienen sueños, objetivos, ganas de volver a ver a los suyos, de aprender español y de hacer una vida digna y normal en Córdoba, que ha sido la ciudad que mejor los ha acogido en su travesía, según cuentan.

Abderazak y Amine, de 19 y 20 años, ya no están en el sistema de protección de la Junta de Andalucía, pero sí reciben ayuda de la Fundación Don Bosco en uno de los cinco pisos de autonomía que tiene repartidos en la ciudad y que sirven como primera toma de contacto con la independencia, una independencia que les llega sin haberla escogido, sin apoyo de su red familiar y a menudo con pocas herramientas para hacerle frente. Eso incluye a los que se encuentran en situación administrativa irregular al momento de abandonar -o ser abandonados- por la tutela, una situación que agrega una capa más de dificultad a sus vidas y es el obstáculo más grande para su plena integración, una situación que les hace perder todos sus derechos y los empuja, entre otras cosas, a la explotación laboral y la indefensión como ciudadanos.

Antonio Alférez, coordinador de Proyectos de Emancipación Juvenil en Fundación Don Bosco Córdoba

Ramón Azañón

La Administración les ha fallado, y aunque aún hay dificultades para obtener residencias, la última modificación del reglamento de Extranjería, gracias a la presión de las entidades sociales y de los propios jóvenes afectados, al menos ha venido a facilitar las autorizaciones con la posibilidad de trabajo y con menos trabas que antes. Esto ha hecho que el 60% de los menores y jóvenes extutelados de 16 a 23 años con autorización de residencia estén en alta laboral, según los últimos datos del Observatorio de la Inmigración del Ministerio de Inclusión, aunque las organizaciones advierten de que la mayoría se ven obligados a abandonar el sistema de protección sin haber encontrado empleo.

El cambio en las leyes ha beneficiado, en algunos casos, su realidad administrativa

Abderazak y Amine tienen el mar que atravesaron nadando durante horas clavado en la memoria. Hicieron la misma travesía, aunque en momentos y circunstancias diferentes. Uno lo hizo con amigos, que tomaron la decisión un día de charla en la plaza, y el otro lo hizo solo y por la noche, desde Castillejos hasta las playas de Ceuta. Ahí los cogió la Guardia Civil, los llevó al médico y luego, al centro de menores. «En ese centro el más chico es igual al mayor, nadie tiene derechos», cuentan.

Lo que sí tenían es ganas de salir de ahí para poder estudiar y aprender a hacer algún oficio, trabajar y ayudar a sus familias en Marruecos, porque siempre existe un día después de migrar. Abderazak quiere ser carpintero, como su padre, con el que aprendió el oficio desde pequeño. A Amine le gusta la pintura y quiere trabajar en el área tras acabar la Secundaria. Ambos comparten un sueño más profundo: volver a ver a sus familias tras más de cuatro años. Abderazak, además, deja aflorar sus dotes artísticos y en su móvil selecciona una base musical para rapear. Lo hace en árabe y uno de sus compañeros de piso lo acompaña con una letra en español. Narran lo que han vivido y así se quitan de encima el peso del horror. «La vida gira como una rueda y a veces te da, o te quita sin piedad... Vinimos de cero, pero los últimos serán los primeros», rapea uno de ellos, que quiere mejorar en esta disciplina para subir sus vídeos a TikTok.

Abderazak, Amine y Hamza, tres de los jóvenes que viven en un piso de la Fundación Don Bosco, comparten la cocina de la vivienda.

Abderazak, Amine y Hamza, tres de los jóvenes que viven en un piso de la Fundación Don Bosco, comparten la cocina de la vivienda. / Ramón Azañón

La Fundación Don Bosco, gracias a la colaboración de administraciones públicas y la Iglesia, cuenta con al menos cinco pisos repartidos por Córdoba donde extutelados hacen vida tras salir de la protección de la Junta. Pronto contarán con dos pisos más y tienen la gestión de La Casita, un alojamiento para 13 de estos jóvenes inaugurado por el Ayuntamiento el pasado abril.

«Queremos que esta sea su casa, ese espacio donde no solamente puedan cubrir lo más básico, sino sentirse seguros, en un ambiente familiar y de convivencia», explica el coordinador de Proyectos de Emancipación Juvenil en la organización, Antonio Alférez. En esta fase, además, los acompaña un equipo educativo porque «es muy necesario que cuenten con referentes adultos positivos» ante la ausencia de una red familiar.

Abderazak y Hamza revisan los apuntes de su formación en una de las habitaciones del piso que comparten en el barrio de La Viñuela.

Abderazak y Hamza revisan los apuntes de su formación en una de las habitaciones del piso que comparten en el barrio de La Viñuela. / Ramón Azañón

Entre el acompañamiento y los pisos de autonomía atienden a entre 90 y 100 jóvenes al año en Córdoba. La mayoría provienen de países de África, sobre todo de Marruecos, aunque también han atendido a jóvenes de Guinea, Burkina Faso, Argelia, Ghana, Mali, Gambia, de algún país de Latinoamérica, como Colombia, o a algunas chicas españolas.

Muchos se ven obligados a abandonar el sistema de protección sin tener empleo

Ahora desarrollan itinerarios personalizados de inserción, enfocados en que puedan conseguir un trabajo, que encuentren su lugar en la sociedad y les permita independizarse, incluso de la fundación. Para ello se necesita no solo formación, sino prácticas en empresas. Además, hay trabajo específico a nivel administrativo para poder ayudarlos con sus trámites migratorios a través de un abogado y, por otra parte, tienen atención psicológica.

El 60% de los menores y jóvenes extutelados de 16 a 23 años con autorización de residencia estaban en alta laboral en 2023

«Estamos haciendo mucho hincapié en la salud mental, en trabajar su historia personal y los momentos de trauma que han vivido en sus países de origen o en el proceso migratorio», asegura Alférez. Para la fundación, es importante hacer un trabajo «artesanal y no de fábrica», es decir, «no tratarlos como si fueran un número más», sino que se sientan bienvenidos e integrados en una sociedad que puede llegar a ser hostil con el inmigrante. «No podemos pensar que los inmigrantes son mano de obra que viene a hacer trabajos que los demás no quieren, queremos acompañarlos en la riqueza de la vida, en la comunidad, que sientan que son parte, que desarrollen su creatividad y sus artes», reflexiona el responsable del programa, que hace un llamamiento a detener los discursos de odio y los bulos contra los niños que llegan solos.

Cien jóvenes al año son atendidos entre los proyectos de acompañamiento y los pisos de autonomía

En este sentido, Alférez critica la palabra reparto, que «suena a mercancía y es inhumana, igual que el término «mena», que ahora se usa para deshumanizar y asociar a los jóvenes a peligrosidad». La experiencia de la asociación, agrega, es que «son jóvenes como cualquier otro, donde hay diversidad y que necesitan ser acompañados, porque la mayoría de los que cuentan con oportunidades son capaces de desarrollarse y alcanzar muchos logros y metas, como las que tenemos todos».

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