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ENTREVISTA | Inmaculada Aguilar Bailaora y Medalla de la Ciudad

«Este título es un privilegio y también un reconocimiento al baile flamenco»

La bailaora Inmaculada Aguilar.

La bailaora Inmaculada Aguilar. / Francisco González

Córdoba

Inmaculada Aguilar se recuerda a sí misma siempre bailando, de hecho, con apenas cuatro años ya participó en distintos programas de TVE cuando todo era en blanco y negro. Desde entonces, la danza ha sido el pilar en el que ha sustentando su vida, tanto en los escenarios como desde la docencia que imparte como catedrática de Danza Española en el Conservatorio Luis del Río Córdoba, una tarea que la ha llenado y de la que se siente muy orgullosa, igual que de sus alumnos, muchos de ellos figuras del baile flamenco actual. Ahora recibe la Medalla de la Ciudad, un reconocimiento que, dice, no sabe si merece pero que la artista extiende al baile flamenco.

Es una de las personas distinguidas este año con la Medalla de la Ciudad. ¿Cómo recibe este reconocimiento?

Con mucha alegría, pero también con mucha sorpresa, porque nunca piensas que eso te va a tocar a ti o que lo mereces. Y una vez que lo he asimilado, la alegría me desbordó al compartirlo con todos los que quiero y me quieren y que saben todo lo que he luchado y sigo luchando por el baile, que es mi pasión.

Comparte el galardón con destacadas figuras e instituciones cordobesas. ¿Cómo se siente en este grupo?

Muy orgullosa, es un grupo muy importante, cada uno toca una parcela de la vida, y es interesante que el baile flamenco tenga su lugar en estos reconocimientos. Es un privilegio y una distinción, no solo a mí, sino a lo que he dedicado toda mi vida, la danza, y en particular el baile flamenco. Para mí es importante lo que simboliza este título porque se reconoce una labor, y que venga del Ayuntamiento de tu ciudad hace que se te mueven muchas cosas.

Esta distinción también supone un broche de oro a un año en el que ha recibido un homenaje de la Peña La Soleá de Palma del Río y ha triunfado con sus conferencias ilustradas. ¿Recordará especialmente el 2023?

Sin lugar a dudas. Este año supone para mí un antes y un después. He vivido experiencias muy bonitas y he seguido aprendiendo, algo que desde pequeña es mi norma de vida. Aprender de mis alumnos, de mis compañeros, de mi familia, y todo ello lo llevo a mi vida profesional porque el baile es como la vida misma, está llena de contrastes, de subidas y bajadas, alegrías y tristezas... Y el flamenco, aún más porque es muy tremendo, no juega a medias.

Por qué habla de un antes y un después. ¿Tiene proyectos y planes en mente?

Mi trayectoria en el conservatorio dará un cambio próximamente y se me abren otras puertas, pero están todavía medio abiertas y no puedo hablar de ellas. De todas formas, lo importante es la ilusión, yo creo que es lo que mueve al mundo y yo siempre procuro ilusionarme con pequeñas cosas. Ahora estamos preparando el espectáculo que ofrecerán los alumnos del conservatorio en el Góngora dentro del Festival Eutopía, y cuando veo a mi lado a la gente joven llena de ilusión me contagia.

Es difícil ser profeta en su tierra, y usted lo es. Pero, ¿ha habido algún momento en el que no se haya sentido valorada en Córdoba?

El baile flamenco en Córdoba actualmente tiene muy buenos artistas, muchos de ellos trabajan en otras ciudades formando parte de compañías importantes. Córdoba siempre ha sido un gran foco de artistas, pero han tenido que marcharse fuera para volver una vez conseguido el éxito. Es cierto que ha habido momentos en los que me ha costado mucho que se reconociera mi trabajo en mi tierra, pero con el paso del tiempo se me ha recompensado y no puedo quejarme, no tengo derecho a eso, aunque ha habido momentos en los que lo he pasado regular. Pero este reconocimiento ha llegado cuando tenía que llegar.

El baile flamenco ha sido el pilar de su vida. ¿Forma parte de su actividad cotidiana más allá de las aulas o el escenario?

Todos los días y a todas horas me puedes sorprender en mi casa bailando, por ejemplo, mientras cocino. También tengo un sobrino que es bailarín, mi hermana Auxiliadora ha sido profesora de ballet clásico... Mi casa es una fiesta y siempre se ha respirado el arte, es algo que mi madre nos inculcó a mi y a mis hermanos desde pequeños. Cuando te educan en ese ambiente, no es algo que puedas hacer de 10.00 a 14.00 horas, sino que lo llevas desde la mañana a la noche.

¿Quiénes son sus referentes?

He tenido la suerte de tener a mi hermana Auxiliadora, tanto a nivel humano como profesional. Ella comenzó en este mundo antes que yo y era en quién me reflejaba, me enseñó mucho y lo sigue haciendo, y lo tuve más fácil a la hora de saber que era eso lo que quería. Empecé imitándola y siempre fue mi referente. Cuando inicié los estudios, seguí teniendo mucha suerte porque he tenido grandes maestros que fueron mi guía, desde Maruja Caracuel, mi primera profesora de ballet clásico, hasta Luis del Río, que fue quien me formó en el Conservatorio de Danza, o Pepe Ríos que sentó en mí las bases del baile flamenco. Además de otros muchos como el maestro Granero, la familia Pericet, Merche Esmeralda o El Güito. Todos han dejado huella en mí y eso es importante porque hay gente que defiende ser autodidacta y yo me siento muy orgullosa de haber tenido muchos maestros y de todos aprendí tanto a bailar como a enseñar.

¿Cuáles son las claves para caminar por esta disciplina artística?

Lo primero, que te apasione. La pasión es muy importante para moverte en este mundo. Por otro lado, si no tienes vocación es difícil aceptar la disciplina, que es el arma con la que funcionas a diario. Es duro, pero necesario para entrenar tu cuerpo y tu mente. Por otro lado, es un compromiso porque hay que dejar muchas cosas atrás, teniendo en cuenta que se empieza desde niño y la adolescencia se pasa en aulas de baile hasta que se adquiere la profesionalidad necesaria para lanzarse al mundo. Y además hay que estar en continuo aprendizaje porque el baile flamenco ha evolucionado mucho y hay que saber de guitarra y de cante, además de ser un gran aficionado al flamenco.

La docencia es una parte esencial en su trayectoria profesional, pero el escenario también le tira. ¿Se ha arrepentido alguna vez del rumbo que le dio a su carrera?

Nunca. Pienso que la vida tiene etapas y hay que ser consciente de que cada una de ellas tiene su edad y hay que saber sacar lo mejor de cada momento. La enseñanza me apasiona porque entré muy joven en ella y tuve la suerte de tener a compañeros que me ensañaron el amor por la pedagogía y la didáctica. Por otro lado, el escenario forma parte de mi día a día, y compartir ambos mundos ha sido muy interesante para mí. Creo que es importante que un profesor de danza haya pisado las tablas porque su proyección y forma de enseñar es diferente. Cuando asimilé que me iba de los escenarios no fue ningún trauma y cuando he tenido la suerte de intervenir en algún espectáculo lo he vivido a tope.

¿Cuál es el palo con el que más disfruta?

La soleá siempre ha ido conmigo, es donde mejor me siento, aunque también me gusta mucho el taranto. De todas formas, yo soy de palos más lentos, más serios. También me encanta bailar con bata y mantón, todo depende del momento en el que me encuentre.

¿Tiene alguno especial para momentos de tristeza?

La soleá es un palo serio y agridulce, por el contrario la seguiriya es mucho más tremendo, fuerte y trágico. Cuando estoy medio bien hago soleá, pero cuando el ánimo está más bajo es la seguiriya la que da pie a expresarlo.

¿Cuáles son los valores del flamenco y las particularidades que hacen de esta danza algo tan especial que no ocurre en otro tipo de estilos?

El flamenco es la expresión de un pueblo y encierra desde lo más sencillo a lo más complejo del ser humano, y también cubre tanto la parte fiestera y alegre como la trágica. Además de tener una música mágica que va de la mano de la guitarra, con ese compás que te conquista, enamora y posee. Son momentos mágicos que en otros estilos no se dan y eso es lo que conquista al mundo. Cuando te das cuenta de lo que atrae y a quien atrae, piensas que tiene que tener algo especial, no es normal.

Lleva más de cuatro años recorriendo la geografía española con sus conferencias ilustradas en torno al baile flamenco y la danza española. ¿Imaginaba que tendría tanto éxito cuando empezó?

En absoluto. Cuando empecé tenía un poco de incertidumbre, aunque también mucha confianza en mis bailarines y mis músicos. Pero tenía la incógnita de cómo se vería mi papel. Finalmente, ha sido un éxito y son muchos los que esperan para felicitarme después de cada conferencia. He intentado que sean atractivas y asequibles a todo el mundo, tanto al que entiende de flamenco como al que no sabe nada y, sobre todo, para todas las edades. Ha sido un trabajo muy bonito e interesante y lleno de vivencias.

¿Con qué problemas se encuentran hoy en día sus alumnos cuando vuelan del conservatorio?

La falta de expectativas. España, pese a ser un país muy rico en arte, no cuida su cultura y la de la danza menos aún, por lo que hay muy pocas oportunidades para los jóvenes que salen de los conservatorios y muchos de ellos inician sus caminos en la docencia, pero también necesitan el público y el escenario. Pero hay muy pocas compañías y se buscan la vida en los tablaos o concursos. Por otro lado, siempre son los mismos los que trabajan.

¿Cree que la ley del Flamenco solucionará algunos de estos problemas?

No tengo ni idea, lo cierto es que tengo mis dudas. Me parece interesante que se hayan parado a hablar sobre el flamenco, pero lo más importante es cómo se aplique esta ley. Todo lo que se haga con cabeza, con un asesoramiento profesional, es importante. La ley no es buena ni mala, son las personas que la apliquen las que la harán una cosa u otra. Vamos a esperar.

¿Qué opinión le merece el estado del baile flamenco en la actualidad y su tremenda evolución en los últimos 20 o 25 años?

Me gusta la evolución en el sentido de que demuestra que el flamenco está vivo, y dentro de esto hay profesionales que lo están haciendo muy bien, desde el conocimiento y el respeto, lo que se nota y se ve. Pero hay muchos otros que se están dejando llevar por las modas y tienen falta de rigor. No cabe todo, no se puede permitir todo en el baile flamenco. Yo estoy a favor de la evolución porque si el flamenco se bailara como a finales del siglo XIX sería muy triste, sería algo muerto. Además, en este arte caben muchas cosas, desde lo más tradicional hasta lo que rompe todas las barreras, y creo que hay público para todo, pero es importante la educación, conocer el origen, y después que cada uno se incline hacia lo que quiera. La evolución se hace de forma natural, pero siempre desde el respeto y, sobre todo, mirando atrás. El flamenco es fusión, una mezcla de culturas, y cuando se habla de pureza no se muy bien lo que se quiere decir porque este arte absorbe todo lo que hay a su alrededor.

Estamos en el centenario de Luis del Río, que da nombre al Conservatorio de Danza. ¿Qué recuerdos tiene de su maestro?

Era un bailarín, su figura ya lo indicaba incluso cuando andaba por la calle. Me enseñó la disciplina del trabajo, el amor por la danza española y me educó en su enseñanza. Fue quien me puso los pilares en este terreno y a quien debo que yo me haya dedicado a la docencia, además de introducirme en el conservatorio de Córdoba, una institución que yo defiendo mucho porque cuida nuestro legado. Además fue el primero después del de Madrid, y recuerdo que venían muchos jóvenes a examinarse, entre ellos María Pagés o Ángela Molina. En ese momento la institución tomó un gran prestigio. Hay mucha gente que hoy forma parte de grandes compañías que estudiaron allí y fueron mis alumnos, de los que me siento muy orgullosa, a los que admiro, sigo queriendo y me quieren.

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