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Un repaso a la historia del edificio

'Simango', los pollos y la lucha sindical

Trabajadoras de la empresa lograron firmar un convenio para los grandes almacenes

Ana Cabrera y María Grande formaron parte de la plantilla de Simago en Córdoba. MANUEL MURILLO

Mariana Grande y Ana Cabrera formaron parte de la plantilla de Simago en Córdoba, que llegó a tener a más de un centenar de trabajadores. Ana empezó a trabajar allí desde el principio. Tenía 18 años y recuerda que se apuntó a la convocatoria de empleo por un anuncio que salió en el periódico. Le hicieron un examen de cultura general con preguntas de historia o matemáticas, que superó con creces, y una entrevista. Desempeñó su puesto en las cajas de autoservicio, que estaban en el sótano con la sección de alimentación, aunque también pasó unos meses en la parte de caramelos porque «nos pusieron a dos que teníamos caras más aniñadas». 

Mariani, como la conoce todo el mundo, llegó a Simago Córdoba tras haber trabajado en el de Las Palmas, donde vivía su familia antes de volver aquí. Al principio estuvo en la sección de niños, que reconoce que le encantaba, pero luego pasó, como Ana, a las cajas de alimentación. Las cajeras eran todas mujeres, cuyo peso en la plantilla era muy destacado, mientras los hombres eran mayoría en el almacén o en las secciones de frescos como la pescadería o la carnicería.

Pillaron a un hombre con una botella de güisqui escondida en un tambor de Ariel

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En los más de diez años que estuvieron trabajando en Simago, ambas, sindicalistas de CCOO, formaron parte de la negociación para un convenio colectivo de los grandes almacenes a nivel nacional, que también beneficiaba a trabajadores de Galerías Preciados, por ejemplo. La lucha, recuerdan, no fue fácil, pero el convenio se consiguió. Ana recuerda que tener un convenio sirvió, sobre todo, para conocer los derechos que tenían y que pasaban, solo por nombrar algo muy simple, por el cobro de las horas extra que se hacían cuando había inventario.

También lucharon, por ejemplo, para no tener que trabajar los sábados por la tarde colocando carteles en las cajas en los que podía leerse algo así como «mientras usted disfruta con su familia, mi familia no puede disfrutar conmigo». La bronca que cayó fue monumental y al final siguieron abriendo los sábados por la tarde cuando el resto de negocios estaban cerrados. Tampoco les dejaban ponerse los típicos zuecos de plástico porque la empresa decía que no eran adecuados y, poco después, varias trabajadoras se plantaron en la tienda con los zuecos puestos.

Los recuerdos, reconocen ambas, son buenos. Mariani comenta el dicho muy extendido por aquel entonces y que llega hasta la actualidad de «tienes más mala cara que los pollos de Simago». «Se decía, sí, pero no era verdad. Los productos eran de muy buena calidad, desde la alimentación hasta la ropa», asegura, aunque reconoce que el otro apelativo de la tienda, Simango (por la facilidad que había para robar) sí que era totalmente cierto. «No existían las tecnologías de ahora y era fácil robar», rememora Mariani, que relata la picaresca de algunos para esconder botellas de güisqui en los tambores de Ariel, la historia de alguien que metió un kilo de boquerones en un abrigo de pieles o quienes cambiaban las etiquetas para hacer pasar un saco de dormir de 5.000 pesetas por uno de 1.000.

Mariani dejó el trabajo porque le era imposible conciliar. Recuerda los turnos maratonianos, de 9.00 a 13.30 y de 16.30 a 20.30 horas, «estábamos todo el día ahí metidas», reconoce, pero insiste en que los recuerdos buenos ganan porque eran «como familia».

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