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Diario Córdoba

ENTREVISTA SEBASTIÁN DE LA OBRA Fundador de la Casa de Sefarad e historiador

«En España se ha mutilado de nuestra memoria la parte de la identidad judía»

Sebastián de la Obra, en la nueva sala sobre mujeres que la Casa de Sefarad abrirá en septiembre. | FRANCISCO GONZÁLEZ

Sebastián de la Obra, historiador, defensor de los derechos humanos y fundador de la Casa de Sefarad en Córdoba, un museo que lleva desde el año 2006 recuperando del olvido la cultura de los judíos hispanos, sostiene que la Córdoba de las tres culturas es solo un eslogan publicitario para atraer turistas. Ahora, jubilado de su puesto como jefe de Documentación y Archivo del Parlamento andaluz, está dispuesto a dedicar más tiempo a su pasión, la Casa de Sefarad.

Se inaugura el próximo 4 de septiembre una sala dedicada a las mujeres en la Casa de Sefarad con la que se abren las 23ª Jornadas Europeas de la Cultura Judía. ¿Era necesario dar más visibilidad a la mujer dentro de este museo?

La Casa de Sefarad ya contaba con un espacio dedicado a las mujeres. Lo que hemos hecho es ampliarla, realizando una auténtica pinacoteca de mujeres, hecha por el artista Luis Celorio Peinado. Ha hecho un conjunto de pinturas históricas como dibujos, distribuidas en tinta china y témpera, y óleos sobre tabla. Hemos querido reflejar un universo desconocido sobre las mujeres de la tradición judía, hispano judía y judía conversa, donde hay médicas, costureras, escritoras, poetas, científicas, cineastas (en la actualidad) e incluso piratas. Sí, les hemos querido dar más visibilidad, porque en muchos casos están ocultas o han sido ocultadas. Hay más de 25 obras.

La Casa de Sefarad existe desde el 2006. ¿Considera que la cultura judía es suficientemente conocida y valorada en Córdoba?

No, desde luego que no. Pero ni la cultura judía, ni nuestro patrimonio cultural de tradición gitana. La gente ve la Mezquita y dice «hay un patrimonio hispano musulmán», la gente ve las iglesias fernandinas y dice «hay un patrimonio cristiano», la gente ve la Sinagoga y dice «esto es muy pequeño, no debe existir ningún legado». Esa impresión hace que tengamos que realizar un esfuerzo de conocimiento y de reconocimiento, que no es fácil. Porque la memoria judía está en la lengua, en la literatura, en la comida, en la música, en el pensamiento. Eso requiere un esfuerzo y no formamos parte de una cultura del esfuerzo, sino de lo evidente, del espectáculo y de lo obvio.

¿Tenemos una memoria un poco analfabeta?

Tenemos una memoria mutilada, no tanto analfabeta como mutilada. Las personas piensan cuando entran en la Casa de Sefarad que no saben nada del patrimonio judío hasta que les muestras un objetivo y dicen «eso lo he visto en casa de mi abuela». Hasta que les cantas una canción para dormir a las criaturas y dicen «eso lo he escuchado yo». Hasta que les muestras un traje de boda sefardí y dicen «este tipo de bordados se hacía en mi pueblo». Hay una gran ignorancia, pero no por desconocimiento, sino porque se ha mutilado una parte de nuestra memoria, la judía.

¿Esa mutilación ha sido aposta?

Sí. Ha habido una intencionalidad clara a lo largo de los últimos 500 años de separar de la identidad hispana esta parte fundamental. Hay un deterioro natural y cuando las personas no muestran atención por algo, lo olvidan todo. El trabajo de recuperar esa memoria es un trabajo apasionante, porque tiras del hilo y van saliendo muestras y ejemplos, y sorpresas y asombros.

¿Podría poner algún ejemplo de la tradición judía que haya permanecido en Córdoba?

Por ejemplo, en una ciudad en la que en todos los bares se toman berenjenas y se desconoce que las berenjenas es el plato más querido, popular y extendido en toda nuestra tradición judeo española o sefardí. O cuando les dices que gran parte del trabajo de platería en esta ciudad, que es capital de la platería, era el trabajo de gran parte de nuestros judíos en la Edad Media. O cuando expresas comentarios como «le han colgado un sambenito», que tiene su origen en la Inquisición, o la expresión «voy a tirar de la manta», en las mantas era donde se escribían los nombres de las personas que habían sido procesadas por la Inquisición. Hay tantos elementos curiosos, atractivos, históricos y este es el trabajo de la Casa de Sefarad, tirar de los miles de hilos que hay para tirar.

Es un museo privado, sin subvenciones, y además no religioso. ¿No es una apuesta muy arriesgada?

Es arriesgado, porque es un centro privado y absolutamente libre. No recibimos ningún tipo de subvención de organismos públicos. Nos financiamos con nuestros propios recursos. Eso genera dos tipos de actitudes: la del público español, que no se lo cree, porque nuestra cultura es una cultura de la sospecha; y un cierto recelo de los poderes públicos, tengan el apellido que tengan, que no entienden que pueda resistir un proyecto sin tener que estar pendiente de los dineros públicos. Somos una excepción, una isla en el panorama cultural de Andalucía y de España. No tenemos una identidad bancaria detrás en forma de fundación. Hacemos lo que queremos, aunque no siempre podemos.

¿Es Córdoba un destino relevante para el turista judío?

Vienen muchos turistas a Córdoba. Este tipo de turismo de masas no nos gusta, porque consideramos que es dañino para el patrimonio y para la cultura. Pero también hay otro tipo de turismo magnífico, español y extranjero, que quiere conocer cosas, que quieren sorprenderse y que son cuidadosos con el entorno. Que son necesarios. Igual que es necesaria la población inmigrante para mantener a este país. También es necesario el foráneo, el visitante, porque se produce un intercambio maravilloso. Hay un público judío, porque la Casa de Sefarad se ha convertido en un referente nacional e internacional para conocer la cultura sefardí, y hay un público no judío con un interés cultural en conocer una parte de la identidad hispana que en casi ningún sitio se puede descubrir.

¿En pleno siglo XXI Sefarad, España, sigue siendo un lugar mítico?

Sí, es un mito como Al-Andalus. Los mitos no existen. Los mitos son deseos. Todos los pueblos tienen el deseo de tener en su memoria un momento de esplendor, de grandeza, de tolerancia. Nada responde a esa realidad, responde al deseo de que hubiera poder sido. Ni Al-Andalus responde al paraíso terrenal, ni Sefarad es la segunda tierra prometida para el pueblo judío. Nosotros contamos la verdad, Sefarad es un mito, un deseo, pero también forma parte inexcusable del pueblo judío. Hay pocos lugares en el planeta donde nuestra tradición judía haya estado tanto tiempo, haya crecido tanto, haya vivido momentos tan esplendorosos y haya sufrido tanto.

¿A qué se debe que los sefardíes, los judíos hispanos, hayan mantenido durante cinco siglos su lengua y sus costumbres?

No es del todo cierto. Una parte de los sefardíes han mantenido las costumbres hispanas en las comidas y en la lengua, tan hermosa. Las han mantenido, porque el pueblo judío es un pueblo de la memoria, no tanto de la historia, como de la memoria. Y además eran una minoría ahí donde llegaban y la única forma de mantener su identidad era escoger de su patrimonio aquello que les permitiera seguir diciendo «yo soy sefardí, soy un judío de origen hispano». Esos elementos son la música, la lengua, la comida y algunos comportamientos cotidianos. Un judío de origen polaco no recuerda a Polonia; un judío de origen ucraniano no dice que su patria es Ucrania; sin embargo, un judío de origen hispano sigue diciendo que es de origen judeo español. En muchas comunidades existe un proceso contradictorio. Por una parte, se odia a España, porque fueron estigmatizados y expulsados, pero, por otra parte, se añora esa lengua tan tierna, tan andaluza, o esa música con la que las abuelas han dormido a los nietos durante varios siglos… Hay un gran rencor histórico y hay a la vez un gran amor histórico a España, a pesar de que hayan pasado 500 años.

En el 2014, el Gobierno español decidió dar la nacionalidad española a los sefardíes. ¿Han vuelto?

No, no han vuelto. Yo siempre he dicho que la famosa ley tenía un aspecto negativo y otro positivo. El positivo, que en el preámbulo de la ley se hace un acto de justicia poética histórica al reconocer el gran error histórico español de expulsar a una parte de su identidad de España. Es magnífico que un Estado reconozca a través de un texto legal un error histórico. Es justo, hermoso y ético. Pero mi crítica personal es porque se publicitó y se convirtió en una ley propaganda, cuando el ministro Ruiz Gallardón presenta la ley en Nueva York ante el lobby judío neoyorquino. No la presentó en Marruecos, en Venezuela, en Estambul, donde sí hay comunidades sefardíes, sino en Nueva York. Es una ley que reconoce un error histórico y una injusticia y es una ley propaganda, que se vendió como que iban a venir un millón de sefardíes de todo el mundo y no responde a la realidad, ni por las trabas burocráticas, ni por el propio objeto propagandístico. De todas formas, no queremos formar parte de esa realidad política. Somos un proyecto cultural independiente.

La Casa de Sefarad organizó el pasado mes de marzo unas jornadas sobre la masonería. ¿Ha superado ya la sociedad española el rechazo a la masonería y a los judíos, aquel contubernio judeo-masónico?

No, no lo hemos superado por pura ignorancia y porque una dictadura de 40 años no es poco de pavo. Ha dejado su huella. Esa asociación de judíos y masones como elementos secretos, como contubernio continuo para deshacer la identidad española continúa. Al final, la historia recupera la verdad de que nuestros judíos fueron tolerantes y de que nuestros masones, al menos una gran parte, representan el mejor libre pensamiento que ha habido en la historia de España. La huella de una guerra civil, de 400 años de Inquisición y de un país muy ignorante, debido a que la educación no ha sido el eje de su desarrollo, han dado como resultado que todavía hoy, cuando se organizan unas jornadas sobre masonería, hay quien pone una mueca y dice «ah, ya sabía yo que esto era así. El famoso contubernio».

¿En Córdoba somos antisemitas?

No, porque no hay judíos. Si recordamos los famosos sucesos de El Ejido, los famosos del año 2000, que una parte de la población autóctona de Almería asaltó las casas de los inmigrantes. Pocos meses después se hizo una encuesta respecto a quién iba dirigido el rechazo de la población española. En primer lugar, se rechaza a los gitanos. Eso es una evidencia histórica. El racismo local hispano es contra los gitanos. En segundo lugar aparecían los inmigrantes de origen musulmán, cuya explicación es que la mayor parte de la población inmigrante en Almería es de ese origen. Y en tercer lugar aparecían los judíos. En el año 2000, sin judíos en Almería. Es un rechazo que se encuentra en el ADN histórico y genealógico, en el que en un país en el que no hay judíos desde hace muchos siglos cómo es posible que se siga teniendo un sentimiento más que antisemita, antijudío. La Historia pesa mucho. Es el resultado de 400 años de Inquisición. Nosotros no admiramos cuando alguien hace algo bien, sospechamos de por qué lo estará haciendo bien. Los gitanos forman parte de una historia de racismo de siglos, los inmigrantes del rechazo contemporáneo, y el sentimiento hacia los judíos se debe a una historia estigmatizada de 500 años.

¿Considera un tópico que Córdoba fuera la ciudad de la concordia de las tres culturas y la Mezquita y la Judería sus símbolos?

No solo es un tópico, no es real, sino un eslogan de cartón pluma cuando las ciudades se definen como las ciudades de la tolerancia o de las tres culturas. ¿Y por qué no de las cuatro, o es que no hay una memoria gitana en Córdoba?. O como en Sevilla, de las cinco culturas, con la población negra durante siglos. Es un mito mercantilizado y convertido en objeto de propaganda. Esta ciudad tiene un patrimonio magnífico en forma de palimpsesto, debajo de cada piedra hay más memoria e historia que en el 90 por ciento de todos los lugares europeos. Pero sobre eso, lo que hay que construir es un patrimonio de diversidad cultural y no venderlo exclusivamente como una campaña publicitaria para atraer turismo. Hay que creerse y crear una cultura de convivencia y no convertirlo en eslogan publicitario.

Fue durante muchos años adjunto al Defensor del Pueblo Andaluz con José Chamizo, de 1996 al 2007, y también fue presidente andaluz de la Asociación Pro Derechos Humanos (APDH). En ambos conoció la realidad más dura de Andalucía. ¿Cómo ve ahora mismo la situación de pobreza en Andalucía?

Aquellas experiencias me permitieron conocer lo que yo ya intuía, que no son las políticas las que favorecen el buen desarrollo, sino las personas. Me encontré en gobiernos del PP con gente amable que se sorprendía con lo que les contábamos, que hacía todo lo posible, y políticas propagandísticas que hablaban de solucionar el chabolismo que no ponían ni un recurso humano para que esa propaganda diera resultado. Me descubrió el silencio y la ignorancia de las administraciones respecto al sufrimiento humano. El sufrimiento andaluz no ha variado, sigue siendo el mismo. Lo que pasa es que no está ahora mismo en el centro de atención. Ahora mismo es la Agenda 2030 y el cambio climático. Pero en nuestros pueblos, en nuestras costas, las toxicomanías están creando un problema social muy grave. La pobreza se va a agudizar en los próximos meses, resultado de la pandemia y de la crisis arrastrada del 2008, y va a aflorar de una manera explosiva el malestar social. Me gustaría que hubiese una Administración en la que la atención al sufrimiento social fuera el eje de sus políticas. Pero no es así, y además no soy optimista ni con los que estaban antes, ni con los que están ahora, ni con los que vengan después.

¿Qué análisis, como historiador, podría hacer de la situación tan extraña que hemos vivido durante la pandemia?

Por una parte, se ha mostrado una gran responsabilidad cívica cumpliendo las normas y, por otra, se ha realizado el experimento de control social más imponente desde la Segunda Guerra Mundial en el planeta. El miedo ha hecho que nos quedemos en casa. Nuestro filósofo de origen sefardí Spinoza decía que hay dos cosas que nos impiden actuar con libertad, una es el miedo y otra es la esperanza. El miedo nos paraliza y la esperanza nos impide hacer cosas, porque ya vendrán tiempos mejores. Spinoza lo tenía muy claro, lo único que podemos hacer es conocer para transformar la realidad. Esta es mi actitud vital. No me gusta la esperanza como flotador para el futuro. El miedo durante la pandemia ha provocado una necesaria actitud cívica. Los ciudadanos hemos dicho: «hay que ponerse el bozal, nos lo ponemos». Lo hemos hecho todo sin preguntarnos muchas cosas como buenos ciudadanos. Ahora, el experimento social les ha salido bien. Puede el poder político, económico o mediático convertir a toda una sociedad en una sociedad sumisa que no se pregunta. Y yo he cumplido con todos los requisitos que la política sanitaria ha puesto, pero cada día en mi casa con mi hijo pequeño nos preguntábamos qué está pasando y adónde nos lleva. Ese esfuerzo por cuestionar, la actitud crítica ante la vida, es el mejor elemento que tiene la condición humana. Las ovejas van todas en la misma dirección… Esa actitud crítica es la que nos debería de salvar.

¿Se va a centrar ahora jubilado más en su biblioteca personal, que no es pequeña, y en la Casa de Sefarad de lo que ya estaba?

La Casa de Sefarad es mi pasión. Tengo mi biblioteca en ella y ese es mi refugio. El tiempo me ha regalado la posibilidad de dedicarme a algo que ahora es el momento, a investigar y a conocer. Yo presumo de mi biblioteca, que es mi mayor tesoro, porque es mi vida, es mi historia. Es una biblioteca muy rica, en el sentido literal de la palabra, en ella está todo el universo. Me gustaría poder tener dos vidas para poder disfrutar de lo que intuyo que la naturaleza y la Historia nos tiene por ofrecer, porque en una sola no nos da tiempo.

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