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REPORTAJE

Una batalla contra la comida

Los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) son cada vez más frecuentes entre los adolescentes, con la aparición de casos a los 10 años | La predisposición genética influye, aunque los factores sociales determinan

Leire Martín fue capaz de salir adelante gracias a la ilustración y al apoyo de su psicóloga. CÓRDOBA

En una sociedad cada vez más compleja y exigente, llena de distorsiones por la influencia de las redes sociales e internet, la salud mental de los jóvenes se resiente. La incidencia cada vez mayor de los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) refleja que los adolescentes de 14 a 18 años, rango de edad más frecuente en la manifestación de la enfermedad, vuelcan en una mala relación con la comida sus conflictos emocionales

Lourdes de la Bastida, nutricionista del hospital Quirónsalud de Córdoba, ha comenzado a tratar a pacientes de 10 años. Los casos de TCA más frecuentes corresponden a la anorexia nerviosa y la obesidad, cuando esta última es consecuencia de un trastorno por atracones. Otros tipos de trastornos de la conducta alimentaria son la bulimia nerviosa, el trastorno por atracón, así como la vigorexia (obsesión por un cuerpo musculoso) y la ortorexia (obsesión por comer sano). Según Pilar Martín, psicóloga clínica del hospital Reina Sofía, el 60% de los pacientes con alguno de estos trastornos que llegan a las consultan tienen una predisposición genética, aunque se requieren factores de riesgo contextuales y sociales para que se manifiesten. Esto lo corrobora Alba Jurado, psicóloga del hospital Quirónsalud.

Lourdes de la Bastida, nutricionista de QuirónSalud.

Lourdes de la Bastida, nutricionista de QuirónSalud. CÓRDOBA

«A nivel individual, influyen rasgos de personalidad como rigidez cognitiva, perfeccionismo o alta autoexigencia. También pueden darse condicionantes familiares como una familia desestructurada, pautas educativas sobreprotectoras o experiencias vitales familiares estresantes», explica Jurado. 

Factores sociales

Según Alba Jurado, ciertos condicionantes sociales son una influencia permanente en la aparición de este tipo de trastornos. El modelo de belleza imperante en la sociedad, «que ensalza una determinada figura y condena la diferencia», la «presión social intensificada a través de las redes sociales», el sistema de tallaje actual «heterogéneo, que genera confusión y provoca sentimientos inadecuados hacia el cuerpo», así como la proliferación «cada vez mayor», de webs que hacen apología de la bulimia, según explica Jurado.

Alba Jurado, psicóloga del hospital QuirónSalud.

Alba Jurado, psicóloga del hospital QuirónSalud. CÓRDOBA

Según la psicóloga Pilar Martín, la incidencia de mujeres es «bastante más alta» que en varones, sobre todo en lo que respecta a los casos de anorexia y bulimia y con un rango de edad entre los 14 y los 16 años. «Al contrario de lo que se suele pensar, este tipo de conductas conllevan mayor complejidad de pensamiento que el simple deseo de perder peso», comenta Martín. Las pacientes tienen una necesidad de control en sus vidas, que canalizan a través de las restricciones de comida. «Suelen llegar a sentirse poderosas por no haber comido un día», añade la psicóloga.

Para el entorno familiar y social e incluso para la sociedad, en general, «es importante que cale el mensaje de que estamos hablando de una patología grave y cada vez más frecuente, con una incidencia en aumento», declara la psiquiatra del Hospital Reina Sofía Pilar Calvo.

Pilar Martín, psicóloga clínica del hospital Reina Sofía.

Pilar Martín, psicóloga clínica del hospital Reina Sofía. CÓRDOBA

Signos de detección

Quienes sufren un trastorno alimenticio pueden llegar a ser muy hábiles evitando comidas, poniendo excusas para no asistir a eventos sociales. La vida del paciente gira en torno a su relación con la alimentación. Una batalla que genera altas dosis de estrés y ansiedad. Los familiares pueden detectar la enfermedad con algunos indicios.

Se hace evidente en la restricción de algunos alimentos que antes se consumían. La psiquiatra Pilar Calvo y la psicóloga clínica Pilar Martín aluden también a un interés repentino y compulsivo por el ejercicio físico. También se pueden dar cambios en el carácter, caída del cabello, sensación de frío incluso con climatología calurosa e, incluso, en las chicas jóvenes, pérdida de la menstruación.

Pilar Calvo, psiquiatra del hospital Reina Sofía. CÓRDOBA

Hay luz al final del túnel

Leire Martín, una ilustradora de 29 años que reside en Córdoba, empezó a batallar contra la comida a los 14 años, cuando dejó de comer. «No es algo que decidiese de la noche a la mañana», comenta. «Yo era una niña autoexigente, callada, que sacaba buenas notas y anteponía la felicidad de los demás a la mía», añade. Con el descontrol de la adolescencia, sumado a una mudanza y cambio de colegio, algo se activó en su cabeza. «Ya que no había nada en mi vida que pudiese controlar, decidí que controlaría mi peso», explica. Dejó de comer y comenzó a hacer deporte. De la anorexia nerviosa pasó a la bulimia nerviosa, a vomitar después de atracones.

El suyo fue un camino largo, junto a varios psiquiatras, psicólogos y nutricionistas, hasta que dio con una profesional que le enseñó a gestionar sus emociones de forma sana. Ya recuperada refleja en sus ilustraciones el proceso, para ser un referente a quienes estén pasando por lo mismo. «La ilustración me ayudó a gestionar las emociones», cuenta. Anima a los pacientes a «no rendirse» y, sobre todo, demanda. «Más recursos para salud mental en la sanidad pública», ya que «no todo el mundo puede pagar un tratamiento». Lo importante es no temer la ayuda. 

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