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Diario Córdoba

CRÓNICA POLÍTICA

Ya huele a urna

Córdoba se reencuentra con su Feria, la primera de Bellido como alcalde, después de dos años de sequía | En El Arenal cualquiera puede comprobar la teoría del eterno retorno y lo fácil que se ven las cosas cuando no se gobierna

Torrico, Aguilar, Albás, Bellido, Fuentes, Jordano y Álvarez, delante de la portada de la Feria antes de su inauguración. RAFAEL MELLADO

Los de la fotografía no son ni Los Romeros de la Puebla, ni Los Amigos de Gines. Tampoco Siempre así, aunque usted haya podido confundirlos por ser un nutrido conjunto en pose flamenca. Los de la fotografía son, ni más ni menos, los concejales responsables de que en la Feria de Córdoba 2022 salga todo bien. Ahí está desde quien ha reorganizado las líneas de autobuses (sevillanas de Aucorsa incluidas) y está al frente de la Policía Local, hasta el que ha alquilado el tren neumático para los abuelos, pasando por el que contrató la obra de la calle del Potro y de quien organizó el montaje de la portada (hay que ver lo bien que estamos amortizando la inversión que hizo la concejala Rosa Candelario en 2005). También está la delegada de Promoción, un área que no sabemos por qué dejó de llamarse Ferias y Festejos. En la fotografía están todos ellos y el alcalde, José María Bellido, que pese a llevar tres años en la Alcaldía de Córdoba se enfrenta a su primera feria en el cargo, prueba de fuego (feria de fuego, más bien) para todo edil que pasa por Capitulares.

En la feria que viene, por cierto, estaremos de elecciones municipales y escucharemos, por tanto, todo tipo de promesas y ensoñaciones para mejorar el recinto ferial de El Arenal. La de 2023 será una feria que olerá a urna a tope y no se descarta que vaya precedida de una comisión que estudie a fondo cómo podemos mejorar el recinto ferial y su entorno. En realidad, esta también es feria electoral porque nos han colado las autonómicas con nocturnidad y alevosía, y la precampaña está resultando más larga que un día sin pan. Pero eso es capítulo aparte, así que volvamos a la cuestión ferial.

En la feria del 2023 escucharemos todo tipo de promesas y ensoñaciones para mejorar el recinto

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Está claro que lo de El Arenal y los políticos es la prueba irrefutable de la teoría del eterno retorno. Los mismos partidos que hoy gobiernan prometieron y juraron hace cuatro años que harían una feria más bonita, cómoda y moderna, o que aplicarían, por ejemplo, mano dura contra el macrobotellón. Por su parte, los que ahora están en la oposición critican con furor lo que tampoco ellos pudieron o quisieron cambiar cuando gobernaron.

En la cuestión mollar de cómo mejorar nuestra feria --y no, no nos referimos a las mejoras estéticas que reivindican algunos y que pasan por ir en chaqueta y corbata, que esto no es Sevilla ni falta que nos importa-- está, por un lado, la falta de valentía política o de eficacia gestora para aplicar las conclusiones arrojadas ya por la última comisión técnica celebrada al efecto, y por otro, la inversión millonaria que el Ayuntamiento debería acometer para reordenar un espacio donde las casetas han pasado de 174 en 1998 a 87; donde seguimos teniendo el cableado sin soterrar, el suelo sin pavimentar, la misma falta de sombras y continúa sin contratarse la mejora del saneamiento. La pena es que los años de pandemia --sí, es cierto, la urgencia entonces era sobrevivir-- no se han empleado a tope para avanzar en estas cuestiones y la feria de este año --con la mejora indudable de la calle del Potro o la incorporación de mejoras para la accesibilidad y la inclusión de personas con distintas capacidades-- será chispa más o menos igual a la de 2019. Y encima bastante más cara, lo que no es culpa del Ayuntamiento sino del orden mundial, pero afectará a una mayoría social, que no podrá pagar los precios desorbitados del recinto. Ojo.

En todo caso y sin necesidad de gastar un euro, una cosa muy fácil para mejorar nuestra fiesta grande está y estuvo al alcance de unos y otros: aplicar las bases, hacerlas cumplir y sancionar a quienes no lo hacen. Por ejemplo, impidiendo que se repartan consumiciones, abanicos (quizá estos habría que permitirlos) o publicidad comercial. Permitir solo el montaje de 6 discocasetas, 10 casetas comerciales de restauración, mientras que el resto deben ser «casetas públicas abiertas». Controlar «especialmente» a las casetas que habiendo sido solicitadas por una asociación se traspasen a terceros para acabar siendo un restaurante o discocaseta. También parece sencillo aplicar el sentido común o, en su defecto, la ordenanza de ruido y las medidas anticovid. Podemos hacer todo esto o esperar al año electoral. Total, solo nos quedan 365 días.

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