Al entrar a la cafetería, el murmullo de las conversaciones entre el sonido de la cafetera permite entender apenas dos palabras. Y no son necesarias más para seguir el hilo de la conversación. «A nosotros nos llega la orden y tenemos que hacerlo», parece justificarse tras la barra una de las empleadas. «Ya, pero ha sido todo muy rápido, ya nos enteraremos algún día bien», le responde al otro lado una clienta septuagenaria mientras se retira con una bolsa de dulces en la mano.

El pasaporte covid está en boca de todos. Y las tertulias -muchas veces no buscadas- están servidas. Un debate que protagoniza el ciudadano de a pie con el eslabón más expuesto del funcionamiento de la última norma aplicada por la Junta de Andalucía para prevenir los contagios del coronavirus. Son los trabajadores del sector hostelero quienes sufren un interrogatorio que, en ocasiones, se zanja con una respuesta que se aproxima a un «es lo que hay». «A la gente le choca», cuenta Eva, que trabaja en la Cafetería Salazar. A ella, en su primera tarde de trabajo con la norma vigente, ya le han hecho una pregunta que quizás resulte recurrente. «¿Tú me puedes enseñar el tuyo?», le espetó un cliente tras pedirle el certificado que le permitiría acceder al interior del local. «Pues sí -piensa Eva- puedo enseñárselo, pero no tengo que hacerlo», dice resignada por ser el punching ball de la frustración. «La gente se enfada con nosotros», añade.

Por lo demás, el cumplimiento de la norma no está ocasionando problemas mayores. «Hay gente que se hace la tonta o que no lo sabe, gente que aún no lo tiene...», comenta Ana, encargada del T5 Café y Tapas. En algunos casos son ellas mismas quienes ayudan a los más desubicados a descargarse el certificado. Pero, por lo general, asegura que «está siendo fácil» y que el procedimiento y los requisitos establecidos por el organismo autonómico «han quedado clarísimos». En el peor de los casos, como explican desde la Taberna Rafaé, hay personas que se tienen que quedar sin entrar. El lunes mismo, que fue el primer día de la restricción, una familia tuvo que dar media vuelta y marcharse del restaurante, pues sus dos hijos, de 12 años, no contaban con el documento. Porque, a partir de esa edad, se requiere la misma certificación que un adulto. En el caso de los más mayores, como cuentan Eva y Alexandra de Cafetería Salazar, la rápida aplicación de la norma les ha pillado por sorpresa. «Como ha sido tan rápido, te dicen que no se lo ha sacado aún su hijo», explican.

En el restaurante El Extremeño lo que más preocupa a sus trabajadores es la reacción de los turistas extranjeros. «¿Qué les dices?», se preguntan. En Taberna Rafaé tienen la respuesta. No hay problema. «Al revés, colaboran más incluso, llegan con todos los documentos en la mano», cuentan sus empleados. A la colaboración de los ciudadanos, hay que sumar un aumento del cuidado propio para prevenir contagios que observan desde los propios locales hosteleros, así como un descenso de la afluencia debido -consideran- al aumento de los casos positivos. Y es que el movimiento de personas con las mascarillas sobre la boca en las calles de la capital ha vuelto a ser la imagen habitual, aunque no sea obligatorio. Quizás la colaboración ciudadana sea la mejor noticia en unas fechas en las que Córdoba roza el millar de contagios diarios.