De las paredes de La Ermita Suites escapan las voces de una casa de vecinos que se hizo memoria en el 2000 con el fallecimiento de su última habitante. Desde entonces, aquellas puertas han pervivido en recuerdos de infancias fugaces. Unas imágenes a las que el nuevo hotel les ha abierto las puertas. Por eso no es raro encontrar a familiares de los últimos vecinos viajar al pasado o a gente del barrio descubrir el interior de un espacio cerrado durante décadas.

Alojado en la historia, este establecimiento hotelero, abierto el pasado 29 de mayo, recupera la esencia de los siglos y las gentes de Córdoba que, entre los muros de tres edificios, dejaron una huella imborrable. En La Ermita Suites convive el alma de una ermita con la esencia de un antiguo mercado municipal y los rincones de hogares tan lejanos como entregados ahora al redescubrimiento.

Cuando Javier Velasco y su mujer se propusieron hace 17 años adquirir tres edificios en la Plaza de Abades intuían la magnitud de un proyecto para reunir en un único espacio los restos de tres construcciones sin perder la magia que los siglos habían sembrado en aquel rincón del casco histórico. Casi dos décadas después no puede ser otra cosa que un "proyecto de vida". Quizás un futuro incierto, pero también un presente firme que ya acoge a los primeros viajeros. En palabras de Velasco: "Algo único en la ciudad, es el primer monumento de la ciudad convertido al uso turístico y cultural, y además reconocido por la Consejería de Turismo".

Historia de la ciudad

Decir que aquel complejo es un monumento resulta fácil. Basta con recorrer la plaza bajo la sombra imponente que la historia proyecta sobre la vista de los curiosos. La fachada de una parte de la antigua Ermita de la Concepción se alza inmensurable, coronada por un campanario. Un cenobio fundado en 1265 y donado como viviendas para ser arrendadas siglos más tarde, a partir del 1412, por "judeoconversos", según explica Velasco. Uno de ellos fue el cirujano Gonzalo Sánchez.

En esa época, una de las casas, junto a otras del entorno, fueron víctimas de asaltos en el Motín del Rastro. Las llamas de un incendio durante la revuelta, además, arrasaron una parte del ahora hotel. Uno podría caminar en la levedad de modernos materiales, de luces tenues y decoraciones austeras sin poder evitar ser arrollado por el peso de unos muros desnudos, pero conservados y armados de historia.

Y en ese momento uno podría tratar de buscar firmeza por la ventana, de huir de los siglos en paisajes reconocibles, pero se encontraría con el porte de un arco restaurado que daba entrada a un mercado municipal del siglo XIX. Entonces, solo quedaría la placentera resignación de explorar los palmos de cada esquina. O respirar el aire de la ciudad en el patio, bajo la protección de aquella construcción. Y quizás imaginar.

Un "proyecto de vida"

Que el amor lleva a hacer locuras Javier Velasco lo comprueba cuando mira a su alrededor. Amar una idea quizás sea más arriesgado aún y te involucre en un camino inesperado, imprevisible, interminable. Hasta que a los 17 años encuentras en el propio camino la correspondencia. Y entonces avanzar sea más fácil. En el 2007, obtuvieron la licencia de Urbanismo, tras tres años, como cuenta, de trámites. Entonces una crisis ensombreció las perspectivas y el proyecto quedó en pausa durante una década. "No nos atrevíamos a hacer una obra de esta envergadura", confiesa el propietario.

Fue en el 2018 cuando comenzó el proceso de construcción sobre unas ruinas de entre las que se conservaron importantes detalles, como una bóveda policroma en la entrada. Ahora ve la luz. Y Velasco espera que la propia corriente de su naturaleza lo erija como punto de encuentro para actos culturales. O refugio del viajero que quiera contemplar la Mezquita desde una suit sobre el paso del tiempo petrificado.