En un mensaje enviado desde Roma, el obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, definía a Cáritas Diocesana como "la cara amable de la Iglesia". Así lo percibe también Radia El Akraa, una marroquí natural de Larache que hace catorce años llegó a Córdoba proveniente de Huelva, donde estuvo trabajando como temporera en la recogida de fresa.

Llegó a la capital junto a su marido, del que se separó poco después porque la maltrataba. Precisamente estando en la Comisaría Campo Madre de Dios denunciando los hechos, fue como entró en contacto con Olga, una trabajadora social de Cáritas que enseguida se volcó con ella para ayudarla. En esos momentos Radia vivía con una mujer mayor a la que cuidaba pero que, según transmite, "era muy controladora, no me dejaba salir y quería saber todo lo que hacía". Quizá su condición de mujer migrante la convertía en blanco fácil de abusos y atropellos.

La situación se complicaba porque en esta casa también vivía el hijo de la señora a la que atendía y que "no tenía buenos hábitos", intenta explicar a la vez que gesticula simulando fumar. Le trasladó su malestar a la trabajadora social de Cáritas y ésta se ocupó de buscarles un sitio mejor. Radia tiene una hija de trece años, Sara, que nació en Córdoba y estudia en un colegio del barrio de Santa Rosa. "Tiene una edad muy difícil", admite con un acento que se hace difícil entender pero que se abre paso gracias a sus ganas de hablar y contar su historia.

"Gracias a Cáritas tengo un sitio para vivir con mi hija, me ayudan con todos los gastos, están pendientes de nosotras, de que estemos bien" admite con un signo de gratitud en su mirada. Actualmente se hospedan en la Residencia San Lucas, en el Campo de la Verdad pero Radia, lo que desea, es encontrar un trabajo estable para que ambas puedan seguir adelante por ellas mismas. Antes de irse se despide recordando que "Cáritas ya ha hecho mucho por nosotras".