Superado el primer impacto del coronavirus, el confinamiento y la incertidumbre que obligó a la población a adaptarse de forma atropellada una nueva realidad cambiante, las fuerzas empiezan a flaquear y son los colectivos más vulnerables, como las personas con alguna enfermedad mental crónica o sobrevenida, los que están empezando a mostrar los primeros síntomas de agotamiento.

Ese es el panorama que describe Carmen Prada, directora de la Unidad de Salud Mental del hospital Reina Sofía, donde detectan un crecimiento progresivo desde finales de agosto de la demanda asistencial por cuadros de ansiedad y depresión, coincidiendo con el inicio de la segunda oleada de covid. «La primera reacción de la gente ante esta crisis fue de contención y espera», explica, «todo el mundo se esforzó por cumplir el confinamiento y eso redujo notablemente la presión asistencial, reduciendo el número de consultas, aunque las que llegaban tenían una gravedad muy superior a la media».

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Al inicio de la desescalada, la caída del número de casos hizo que la gente recuperara la esperanza, «pero la segunda ola de casos, sumada a la inseguridad generada por la crisis social y económica está haciendo flaquear los pilares de mucha gente y la demanda de atención en Salud Mental no deja de crecer, tanto de pacientes nuevos, como de enfermos crónicos».

A corto plazo, la previsión es que «esto vaya a más», debido a las descompensaciones psíquicas que genera una crisis que afecta a pilares básicos del ser humano como son «la salud, al aspecto relacional y las condiciones materiales», comenta Prada, «la gente no ve el fin de esta crisis y eso dispara sus alarmas, su angustia y mina su capacidad de resistencia, a la vez que sienten que el esfuerzo realizado en los últimos meses no ha servido para nada».

En esta coyuntura, los datos actuales no reflejan «la magnitud de lo que está por venir», según la responsable de Salud Mental, que sí constata ya un aumento de los casos graves de autolesión entre los pacientes que llegan a la unidad de Agudos así como un «debilitamiento de las redes de apoyo familiar sobre las que se sustenta la estabilidad de las personas con enfermedad mental». «Numéricamente, no se observa en el primer semestre un aumento de los ingresos, pero sí vemos que hay más pacientes con patologías más graves que requieren más tiempo de hospitalización y tienen peor pronóstico».

El otro hándicap de Salud Mental son los cambios en la atención dispensada. Cuando se decretó el estado de alarma, las consultas presenciales se redujeron drásticamente, reduciéndose al 30-40% del total. En septiembre, esa situación se ha ido revertiendo poco a poco y ahora atienden presencialmente «un 60-70% de las consultas», estima Prada, que admite que la atención telefónica «no es la mejor» para tratar la patología mental y «solo es factible si se complementa con la visita presencial, ya que hay muchos aspectos no verbales del paciente que por teléfono pasan desapercibidos».

Además de las consultas, las actividades y terapias de grupo han quedado suspendidas sine die, manteniendo únicamente las que afectaban a grupos de alto riesgo, algo que deja al descubierto una parte importante de los tratamientos. Según la doctora Prada, esta crisis ha evidenciado más que nunca «el enorme déficit de psicólogos que tenemos». En Córdoba, hay 16 psicólogos y 35 psiquiatras para la capital y parte de la provincia, lo que deja «cojo», en su opinión, el abordaje de importantes aspectos psicológicos, que se acaban supliendo con la prescripción farmacológica.

Para hacer frente a lo que está por venir, Prada considera que hace falta «reforzar la dotación de psicólogos en las consultas y en Atención Primaria, para tratar las primeras manifestaciones cuanto antes, además de «garantizar una cobertura social, que es otro pilar que hay que tener muy en cuenta, ya que puede generar estallidos de inestabilidad, irritabilidad en personas sin patología mental y agravar las manifestaciones de quienes sufren alguna disfunción».

Belén Herrera, psicóloga de la Asociación de Familias Necesitadas, que ofrece atención a personas en situación de exclusión y vulnerabilidad, coincide en que la pandemia «está agravando los síntomas de quienes sufrían alguna patología, de forma mucho más sistemática». En su opinión, «la situación de estrés que genera el miedo a los contagios, a perder el empleo, a no tener garantizada la cobertura de las necesidades básicas puede desarrollar nuevos trastornos, que aún están en periodo de incubación».

Sin embargo, «el impacto es mucho más visible en aquellos que padecían alguna patología mental, que quizás tenían ansiedad y ahora presentan trastornos duales de ansiedad y depresión». Entre sus usuarios, de bajo poder adquisitivo, se repite la queja de la falta de atención psicológica que existe en la salud pública, señala.

Herrera afirman que la realidad cambiante obliga a desarrollar mecanismos adaptativos y que son aquellos que no consiguen adaptarse a la nueva situación los que pueden sufrir algún trastorno psicológico, por lo que es muy posible que a corto o medio plazo haya un repunte de personas con enfermedad mental.

La factura psicológica del confinamiento

La Asociación de Allegados y Enfermos de Salud Mental Asaenec ha detectado desde que empezó el confinamiento cómo las patologías mentales se están acentuando en muchos pacientes, afectados tanto por el aislamiento social impuesto por la pandemia como por la dificultad para acceder a las consultas psiquiátricas y a recibir la atención directa y presencial a la que están acostumbrados. El efecto es que «están apareciendo más síntomas de ansiedad, de depresión motivados por el miedo al covid y por la situación de inseguridad en cuanto al empleo con todo lo que eso conlleva.

La psicóloga de la entidad, Tamara Jiménez, destaca que el confinamiento ha tenido un impacto importante en ciertas patologías graves, como los cuadros psicóticos, a las que el aislamiento no les viene bien. «Durante el confinamiento, estaban bien, lejos de la sociedad, y ahora cuesta que recuperen su rutina, lo que les genera mucha ansiedad».

Para amortiguar esta situación, Asaenec mantuvo durante todo el periodo la atención online de los pacientes y el apoyo psicológico, doblando el número de sesiones y manteniendo todos las terapias y talleres que impartían de forma telemática, algo que no se ha hecho desde el ámbito público. También han trabajado las fobias generadas por la pandemia como el miedo al contagio y al contacto físico, pese a lo cual señalan que «a muchos pacientes aún les cuesta salir para venir a la asociación», ante lo cual han creado grupos burbuja.

En esta coyuntura, Asaenec echa de menos más medios públicos para atender a los enfermos. «Las citas a los pacientes se dan cada vez más espaciadas porque están saturados y porque se está optando por la atención telefónica», explica Jiménez, que también señala el uso de fármacos como única alternativa para paliar los síntomas. Las citas solicitadas en verano se han dado para noviembre, explica Jiménez, que critica que en esta coyuntura «no se están observando los indicios previos que permiten prevenir brotes psicóticos, con lo que los casos se tratan cuando ya son más graves».