Este año 2018 se cumplen tres décadas de la incorporación de la mujer a la Guardia Civil (y también a las Fuerzas Armadas). De esa incorporación, como es natural, tampoco fue ajena la comandancia y la provincia de Córdoba, que, poco a poco, fue viendo cómo algunas de las parejas que patrullaban los pueblos o vigilaban las carreteras empezaban a ser mixtas.

En la actualidad, dependen de la comandancia de Córdoba 1.089 profesionales de los que solo 47 son mujeres (un 4,31%). Una de ellas pertenece a aquellas primeras promociones. Las demás son más jóvenes. En cuanto a la escala de mandos, todavía andan lejos de los hombres, pues solo existe una teniente, una sargento, una cabo primero y una cabo. Las demás son agentes de tropa.

Dos de ellas son Ana Belén Lizana y Carmen Jiménez. La primera presta sus servicios en la Usecic (Unidad de Seguridad Ciudadana); la segunda, en Tráfico. Las dos han seguido las sendas de sus padres. Son, como se decía antes, «hijas del cuerpo». Carmen, además, comparte destino con su progenitor, Paulino, con el que «solo he trabajado una vez, en un control de alcoholemia».

Ambas coinciden en apuntar que al principio sus padres, pese a ser guardias, les mostraron ciertos recelos a que siguieran su trayectoria, pero Ana indica que

«me dijo que no le gustaba mucho, pero que, si lo tenía claro, que adelante». «Hay que tener en cuenta -matiza- que mi padre vivió la época de los atentados terroristas a diario. Entonces es lógico que se preocupara», porque ambas coinciden en que, para ser guardia «o se tiene mucha vocación o no es posible», porque reconocen que es un trabajo duro, con sinsabores y momentos de gran dificultad, tanto física como psicológica.

En cuanto a los servicios que prestan o las labores que les encomiendan, ambas señalan que no existe ningún tipo de privilegio ni tampoco discriminación. «Los servicios se reparten a todos por igual, aquí somos todos guardias» apuntan. «Eso es lo que temía mi padre -apunta Ana Belén- que por ser mujer me tratasen mal o de una forma diferente. Pero eso no ha ocurrido. Aquí hay gente como en todos los trabajos, unos con los que te llevas mejor y otros no tanto. En general, a mí me han tratado bien». Carmen reconoce que para su padre «es un orgullo», que ella sea también guardia, pero «le ocurría lo mismo, tenía un poco de miedo porque conoce el trabajo, por estar fuera de casa, por los turnos, por los horarios y por los riesgos. De hecho, yo nunca me he planteado no ser guardia por el hecho de ser mujer. Nunca». «Aquí, lo importante -apunta Ana Belén- es lo que demuestres tú día a día, que vales igual, que puedes desempeñar las mismas funciones».

Apuntan las dos que ha sido muy importante la llegada de las agentes al cuerpo, porque «hay momentos en los que es mejor que sea una mujer la que actúe: en violencia de género, en un cacheo a una mujer o un problema más íntimo, por ejemplo, transmite a la persona afectada más seguridad que posiblemente si fuera un hombre», reseña Carmen. Aún así, reconocen que todavía llama un poco la atención cuando del coche de la guardia sale una mujer. «Uno de mis primeros destinos fue Cardeña, y allí no había habido nunca una mujer guardia, así que les llamó mucho la atención», señala la agente Lizana, que añade que a ella, que pertenece al grupo de «los boinas», lo que más le gusta son los registros domiciliarios, pero «no sé cómo reaccionaría si alguna vez tuviera que ver a un niño muerto, como le ocurre a los compañeros de Tráfico». «Eso es duro -apostilla Carmen- porque crees que lo llevas bien, pero luego es algo que se va contigo a casa», un sentimiento que no es exclusivo de las mujeres.

Ana Belén apunta que una hermana suya le ha dicho en ocasiones: «Me gustaría ser guardia como tú, pero creo que no podría hacer algunas de las cosas que tú haces». Eso, a su juicio, no tiene que preocupar porque, «una vez que estás aquí, la valentía y la iniciativa salen solas y, ante una actuación que te puede dar miedo o ver a alguien fallecido, pues como tienes que actuar, lo haces».

Por todo ello, ambas recomiendan a quien tenga esa vocación, sea hombre o mujer, que lo intente. Y si es mujer, mejor, porque todavía «siguen haciendo falta muchas más».