Investigadores del departamento de Ingeniería Química de la Universidad de Córdoba han aplicado una metodología que combina técnicas sensoriales e instrumentales para evaluar el funcionamiento de los sistemas de eliminación de olores que se utilizan en las plantas de gestión de residuos, los llamados biofiltros.

Este nuevo método tiene una ventaja, y es que permite determinar cada uno de los compuestos químicos que forman la masa de aire y detecta aquellos que se encuentran en concentraciones "muy bajas" pero pueden tener un olor "desagradable y perceptible", según indica la Fundación Descubre. De esta forma, se puede saber con exactitud qué compuestos son los más contaminantes, desde un punto de vista oloroso, y si éstos son absorbidos o no por el biofiltro.

La nueva metodología supone un complemento a la técnica sensorial que se utiliza para determinar la concentración de olor de una muestra gaseosa. En ésta, los encargados de evaluar las emisiones derivadas del tratamiento de residuos son los llamados panelistas o catadores, capaces de medir el olor a partir de su sentido del olfato.

Según este método sensorial descubierto por la UCO, las muestras de aire se introducen en un aparato que las diluye y concentra. Los catadores, como si de una cata de vinos a ciegas se tratara, van recibiendo este aire que puede ser maloliente, sin olor, o contaminado pero tan diluido que el catador no es capaz de apreciarlo.

"El olfatómetro concentra cada vez más la muestra hasta que el catador la detecta y pulsa un botón. Cuando todos los catadores aprietan el pulsador en dos rondas consecutivas de la muestra, el equipo determina la concentración de olor, expresada en unidades de olor europeas por metro cúbico", explicó ayer la investigadora principal de este proyecto, María del Carmen Gutiérrez, de la UCO. Añadió también que los catadores son evaluados antes de su actuación, ya que no se buscan sumilleres o expertos en identificación de compuestos, sino personas con un olfato representativo de la media de la población.

La olfametría mide, por tanto, la concentración de olor global de la muestra, es decir, sin identificar cuáles de sus componentes son los que más contaminan. Para solucionar esta falta de información, los investigadores han aplicado un metodología "más precisa", la cromatografía de gases-espectometría de tiempo de vuelo de masas, o lo que es lo mismo, una especie de nariz química. Esta técnica caracteriza los compuestos de una muestra desde el punto de vista químico, es decir, les pone nombres y apellidos de forma que, a partir de estos estudios sobre su límite de detección, pueda determinarse cuáles son los que causan más olor y los que menos. Una de sus ventajas es que pueden detectar aquellos contaminantes que se encuentran a concentraciones "muy bajas", incluso de componentes que los catadores de olor no pueden apreciar.