El comité de ética ya ha dado el visto bueno a la donación, así que solo queda que un juez certifique que todo es legal y que el donante accede a perder un riñón de forma altruista y voluntaria. Si no hay complicaciones, el trasplante será en marzo.

Auxi nació con una enfermedad genética que daña sus riñones, pero hasta los 8 años nadie supo que su falta de apetito, su cansancio, su delgadez o las fiebres que sufría a menudo se debían a una insuficiencia renal. Su primera infancia fue una tortura. Pruebas médicas, cultivos, infecciones que no remitían y una anorexia inducida por la enfermedad que le impedía tirar de su cuerpo.

Con 13 años, se sometió por primera vez a un trasplante (de donante cadáver) que la ha librado de la diálisis durante catorce años. "Gracias a aquella donación, que agradezco en el alma, he tenido calidad de vida todo este tiempo, recuperé la fuerza, pude estudiar y con 19 años empecé a trabajar", explica Auxi. Según los médicos, un riñón trasplantado puede funcionar entre diez y veinte años. Lo que durante 13 años fue un suplicio dio un giro de 180 grados gracias a una donación que ha permitido a esta joven tener una vida plena.

Las malas noticias llegaron en septiembre del 2012. Una revisión desveló que los niveles de creatinina estaban por las nubes y Auxi fue hospitalizada. Su riñón había dejado de funcionar. Tres meses después, entraba en diálisis. "Lo pasé muy mal, tenía mucho miedo, la diálisis te obliga a pasar cuatro horas con dos agujas que te van limpiando la sangre y sales hecha polvo", explica, "pasé de estar perfectamente a no tener fuerzas para nada y a sufrir constantes subidas y bajadas de tensión según el nivel de líquido acumulado en la sangre".

La enfermedad la obligó a darse de baja en el trabajo y a depender las 24 horas de sus padres, que no dudaron en ofrecerse a donarle uno de sus riñones. "Nos hicimos las pruebas de compatibilidad los dos, pero mi grupo sanguíneo no es el mismo", explica su madre. Su padre, cuya sangre es del grupo universal, dio un 100% de compatibilidad. Sin embargo, su donación no era recomendable por su hipertensión. "Cuando me hicieron las pruebas, pesaba 109 kilos, así que los médicos me dijeron que si perdía peso y se suprimía la medicación, podría ser su donante".

Nada en el mundo habría sido más motivador que salvar a su hija de la diálisis, así que Gabriel se puso manos a la obra. Ni corto ni perezoso, no solo inició una dieta, sino que formó un grupo, contactó con el programa de Canal Sur La báscula , en el que expertos en dietética y nutrición asesoran a personas obesas para perder kilos, y se presentó al cásting. "Mi equipo no fue seleccionado, pero decidieron seguir mi caso para ver si conseguía mi objetivo de donar un riñón".

Seis meses después, gracias a una férrea voluntad, a una alimentación sana y a la ayuda del entrenador personal asignado por La báscula , pesa 80 kilos y ha recibido el OK de los médicos. "De joven, era muy deportista, pero tuve un accidente en el trabajo, me caí de una segunda planta y me partí dos brazos, una pierna y un pie, acabé jubilado y aunque con esfuerzo dejé las muletas, abandoné el deporte. Después de esto, he comprobado que, con mis limitaciones, puedo y debo hacer ejercicio". Según su mujer, que se ha puesto a dieta con él, "antes comía menos incluso, pero mal, ahora hace las cinco comidas diarias y quema muchas calorías".

Auxi ha asistido al sacrificio de su padre sentada en casa, apartada de su antes intensa vida social, reuniendo fuerzas para la operación. "A mí me da mucho miedo", dice sincera, mientras mira a su padre que dice justo lo contrario. "Vamos a entrar los dos en quirófano, a mí me quitarán un riñón, te lo pondrán a ti y pronto estaremos bien los dos", le dice confiado.