Ana llegó al mundo semanas después de que su hermano perdiera la vida con solo 7 años a raíz de una fibrosis quística. Antes que él, otro hermano había muerto con nueve meses por la misma enfermedad.

La fibrosis quística es una grave dolencia congénita que se genera cuando se unen dos personas que, sin estar enfermas, portan un gen mutado que para sus hijos es fatal. Aunque la probabilidad de engendrar un hijo enfermo es de un 25%, la suerte jugó en contra de los padres de Ana, que tuvieron que afrontar tres diagnósticos similares después de cada parto.

La primera vez que la enfermedad dio la cara en la vida de Ana, ella acababa de empezar Primaria. "A los 6 años tuve una neumonía, pero en Algeciras no supieron tratarla y pasé en el hospital cuarenta días", recuerda, "aquel episodio dejó las primeras heridas en mis pulmones". Sus padres, separados desde hace 13 años, se volcaron siempre en procurarle las atenciones necesarias para retardar al máximo su enfermedad y, sobre todo, para proporcionarle una vida lo más normal posible. Ella, optimista y alegre por naturaleza, asumió desde pequeña que su rutina diaria incluía una rigurosa medicación y un sobreesfuerzo basado en fisioterapia y ejercicios. Constante y aplicada, sus limitaciones físicas no le impidieron estudiar enfermería, una profesión vocacional que eligió motivada por "el trato tan amable que recibí en los hospitales el tiempo que tuve que pasar ingresada".

Hace tres años, conoció a su actual pareja, un joven que decidió armarse de valor y compartir su vida con Ana y con su enfermedad. Con una sonrisa llena de ternura, Ana revive el momento en que supo que se había quedado embarazada. Fue hace 19 meses. "Yo había oído que la fibrosis producía esterilidad, lo que no sabía es que afecta principalmente a los hombres". Lo primero que hizo al enterarse fue hablar con sus padres. "Me quedé bloqueada, no sabía qué hacer, según la doctora era muy arriesgado porque durante el embarazo si sufría alguna infección no me podrían tratar con los fármacos normales, me advirtió incluso que podía morir, pero que era ahora o nunca". Su padre, que siempre ha sido un pilar en su vida, la cogió de la mano y le dijo: "Vamos a cuidarnos y todo saldrá bien". Así fue como reunió el valor necesario para convertirse en madre. El embarazo "fue mal, muy mal". Tuvo que recibir un tratamiento al mes hasta cumplir los siete meses, apenas dormía, no podía moverse y su capacidad pulmonar, hasta entonces del 40%, se redujo drásticamente. "A las 32 semanas ingresé porque los antibióticos no me hacían efecto", explica serena, "y en septiembre me hicieron la cesárea, sentada en la camilla, con la epidural y una importante insuficiencia respiratoria". Mientras relata la dureza del parto, intercala recuerdos de su hija recién nacida: "Pasó un mes en la incubadora pero nació perfecta", "su padre le dio el primer biberón", "yo tardé en disfrutarla, cuando nació estaba demasiado cansada y dolorida". Justo después de dar a luz, Ana empeoró al sufrir una trombosis pulmonar que la dejó sin defensas, totalmente desnutrida. "La última recaída ocurrió el Viernes Santo, con un neumotórax del que no he vuelto a levantar cabeza", comenta sincera y aún sonriente. "Tengo muy poca fuerza y cada 15 días estoy con mocos, fiebre, agotada". Aquello desencadenó su ingreso en Reina Sofía. El neumotórax se cura con una operación sencilla que resulta incompatible con un trasplante de pulmón. Y ella está en lista de espera.