Según José Saramago, "no nos quedamos ciegos, estamos ciegos, hay ciegos que ven y ciegos que, viendo, no ven".

María Camila nació en Colombia hace catorce años. Llegó al mundo a oscuras, con uno de sus ojos sin luz y el otro con una córnea no desarrollada que, sin permitirle ver, dejaba un rayito de luz a la esperanza. Fue la más pequeña de tres hermanas y el ojito derecho de su madre, María Soley, que desde que la tuvo en sus brazos supo que esa hija suya sería especial. Según Soley, "además de la ceguera, la niña creció siendo hipotónica (falta de fuerza muscular), por lo que le costaba mantenerse erguida y no fue hasta los tres años que empezó a andar". Con cuatro meses, la pequeña María Camila fue intervenida por primera vez de un trasplante de córnea. "Desde muy chiquita, se levantaba el ojito por el que a duras penas era capaz de distinguir algo de luz", explica su madre.

En aquellos primeros años, Soley se puso en contacto con las embajadas de Francia, Estados Unidos, Cuba... para solicitar la ayuda de especialistas para recuperar el resto visual que la niña perdió poco después, al rechazar la córnea trasplantada. Fue entonces cuando alguien habló a Soley de la ONCE, que decidió dejar su casa, su negocio, la mitad de su familia y su país y venir a España con María Camila y su hija mayor.

Aquello fue hace doce años y, desde entonces, no han dejado de luchar. "Me chocó mucho que mi hija, con un 69% de minusvalía, estuviera en la misma clase que el resto de niños", explica su madre, que tiene sus dudas sobre el sistema de integración escolar. "Una cosa es la integración en el papel y otra en la práctica, es muy complicado que un niño invidente siga el ritmo en una clase en la que hay un profesor que no sabe braille y que da clase a la vez a otros veinte niños que ven", explica. El carácter alegre y sociable de María Camila y su capacidad para crecerse ante la adversidad siempre fue un salvavidas contra la discriminación o el rechazo de los otros niños, que no acababan de aceptarla como una más.

Aunque contaba con un profesor de apoyo de la ONCE que la veía dos veces a la semana, no fue hasta que ingresó interna en el colegio de la institución en Sevilla cuando aprendió a valerse por sí misma. "Allí aprendió a comer, a atarse los zapatos, hacía teatro, deporte..., pero por ley solo puede estar ahí dos años, así que otra vez tuvo que enfrentarse al colegio supuestamente normal ". Durante casi una década Soley y su marido, que llegó a España cinco años después que ella, trabajaron día y noche para ahorrar el dinero suficiente con el que llevar a su hija a la clínica Barraquer, el sueño de la mamá de Camila. "Estuvimos ocho años esperando en la Seguridad Social un trasplante de córnea que nunca llegaba, así que finalmente viajamos a Barcelona, nos alojamos en casa de una amiga, y la niña fue operada".

La primera intervención, que costó 6.000 euros, sirvió para reestructurar el párpado dañado de Camila. En la segunda (8.900 euros más), le trasplantaron una córnea artificial. ...Y María Camila volvió a percibir la luz y los colores. Una infección la devolvería después a la oscuridad.