--¿Es verdad que en el Instituto de Enseñanzas Medias los chicos iban por la mañana y las chicas por la tarde?

--Sí, claro, para que no coincidiéramos, ya ves. Había algunos profesores fantásticos y otros que no daban golpe. Luisa Revuelta tenía una mente moderna y no lo digo desde el punto de vista político, no, sino pedagógico. Nos hacía leer muchísimo, recitábamos en clase, e incluso se atrevió con los poetas malditos, hasta con García Lorca. Lo digo porque en Historia todo se acababa con Felipe II, y eso me ocurrió hasta en la Universidad Complutense.

--¿Recuerda otros profesores?

--Por ejemplo don Saturnino Liso, de Física y Química, un hombre muy volcado en su trabajo y con muy buen humor; porque Luisa Revuelta no era muy risueña que digamos en clase. De las cien alumnas que empezamos, siete años después, en último curso, quedamos 17. De ellas fuimos al examen de Estado en Sevilla para entrar en la universidad cuatro. Aprobamos tres.

--Pura selección de la especie.

--Se quedaba mucha gente en el camino. La mayoría en cuarto de Bachillerato se pasaba a Magisterio, y otras se casaban y se iban a sus casas.

--¿En qué ambientes se desenvolvía de joven?

--Todo estaba en torno a la Iglesia, a la Acción Católica, no había otra alternativa. Empezábamos a los 10 años y a ese nivel nos llamábamos benjaminas; luego estaban las aspirantes, después entraban en la Juventud y luego eran mujeres de Acción Católica.

Aquellas reuniones a la sombra de la parroquia, reconoce, hicieron nacer en ella una sensibilidad social que ya nunca la abandonó, y que la acabaría acercando a la izquierda, aunque sin militancia política. "Se trataba de convertir al que no era, pero eso conllevaba la caridad --señala--. Hicimos muchas canastillas para ayudar a niños que vivían en el Zumbacón; allí se hacinaban en barracas sin nada de nada muchas familias llegadas de fuera de Córdoba para estar junto a sus parientes encarcelados en la cercana prisión".

--¿Y acentuó la universidad esa tendencia social?

--No, no fui una estudiante politizada, fue la profesión la que me dio una visión social ya no ligada a la religión. Había muchísimo analfabetismo, los niños no iban a la escuela apenas porque los padres se los llevaban a la aceituna o a lo que fuera para ayudar a la familia. Las autoridades no se preocupaban de la escuela, que era malísima, y eso me movilizó mucho.

--En los años cuarenta estudiar en la Complutense tuvo que ser para una chica de provincias el no va más ¿Cómo lo vivió?

--Yo estuve desde el 46 al 51. Mi facultad, la de Filosofía y Letras, aún tenía huellas de la metralla, porque el frente había estado en la Ciudad Universitaria. En proporción, allí había muchas más mujeres que en otras facultades, casi todas niñas bien, y monjas, muchas monjas. Había cosas buenas, como que Joaquín Rodrigo nos daba clase de música en el paraninfo y aquello se llenaba para oírlo. Ahora, en su mayoría los profesores eran cerradísimos; los habían cogido a lazo porque los de valía o estaban muertos o exiliados.

Acabó los estudios y llegaron las oposiciones y el comienzo de una fructífera carrera que Angeles Córdoba culminó al frente de la Inspección de Enseñanza. Un puesto desde el que durante seis años pudo conocer los entresijos docentes de toda la provincia y mostrar su talante, discreto y firme. "A veces les digo a mis amigas feministas que no se puede generalizar. Yo no viví ningún tipo de discriminación --afirma--. Es verdad que no había habido antes mujeres inspectoras jefes en Córdoba, pero no vi que mis compañeros me escucharan menos por ser mujer".

--¿Sintió jubilarse?

--Me hubiera gustado continuar, pero me jubilaron el mismo día que cumplí los 65 años, me negaron hasta acabar el curso a pesar de que yo llevaba la reforma de la Logse. Yo sabía, porque me conozco, que no era mujer de ganchillo y que no podía cruzarme de brazos. Antes de jubilarme ya busqué algunas posibles acciones, me llamó Balbino Povedano para trabajar en Cruz Roja como voluntaria y ahí llevé un proyecto de cooperación internacional. Luego estuve entre los fundadores del INET (Instituto de Estudios Transnacionales), donde he estado muy volcada. Ahora vivo un periodo lúdico. Es verdad eso que dicen de que los viejos se vuelven niños, no cuenta para nosotros el tiempo ni muchas obligaciones. Escribo, estoy en un grupo de lectura en la Biblioteca Central, voy a conferencias... Ahora es el mundo cultural el que ha llenado mi vida. Me gustaría, eso sí, volcarme un poco más en los demás.

--¿Cómo ve la Córdoba de hoy? --La veo bastante efervescente en cuanto a cultura, hay mucha oferta. Córdoba socialmente ha mejorado muchísimo, pero hay muchas polémicas, y mucho conservadurismo, no solo político. Cuesta mucho trabajo dar pasos hacia delante porque se dan los dos extremos: están los que no quieren mover ni una piedra y los que quisieran cambiarlo todo.

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