Si vive en Córdoba, seguro que usted, como yo, le ha visto alguna vez. Es un hombre menudo, de ojillos pequeños y mirada triste que, solitario, recorre la ciudad a horas intempestivas. Es posible que, como si de una sombra se tratara, muchos hayamos pasado a su lado sin reparar siquiera en su presencia.

Vidal Villa, el legionario, o Cirilo, el payaso, no tiene calendario ni horario de actuaciones, pero es frecuente encontrarlo en Ronda de los Tejares o en el Bulevar, acompañado por su inseparable perro, Manolete, ataviado con su nariz roja, su peluca rubia y esa larga bata, que tanto recuerda a los payasos de la tele, y con la que se viste siempre que interpreta ante su público callejero su impertérrito acordeón. Dice que aprendió a tocarlo solo, porque le gustaba, y que su especialidad son los pasodobles y las sevillanas, aunque su repertorio resulte tan triste como su gesto cansado.

Vidal Villa Cobacho nació en Lucena en 1935. Cuenta que tiene un hermano en algún lugar de España del que no sabe nada y que una vez tuvo una madre que murió siendo él pequeño, puede que en la Guerra Civil, de la que no tiene recuerdos. "Mi padre se casó entonces con otra mujer, pero como ella y yo no congeniábamos, a los 18 años ingresé en la legión", afirma a la vez que me muestra su carnet del Ejército, en el que dice que fue teniente. "Pasé treinta años entre el Sáhara, el Aiún, Villa Cisneros y en otros muchos sitios hasta que me pasaron a la reserva con 52 años".

De naturaleza rebelde, independiente y sin apenas familia, su jubilación lo devolvió de golpe y porrazo a un mundo extraño en el que una mezcla de soledad y vocación frustrada llevó sus pasos hasta un circo. "Mi nombre artístico era Cirilo", asegura, "trabajé durante quince años con los Hermanos Díaz recorriendo España y el extranjero, actuamos en multitud de sitios, y hasta salí en un programa de la radio y en otro de la televisión con la Irma". Viéndolo a día de hoy, he de decir que su relato me resulta inverosímil, pero decido hacer un acto de fe para creer su historia. Ni tengo recuerdos de la época, ni hay documentos que certifiquen tan fortuito periplo, pero quién me da derecho a mí a desconfiar de su glorioso pasado. Según sus palabras, el circo le permitió conocer a Fofó. "El me dijo que un payaso no se maquilla, que el gorro, la peluca, la nariz y la bata bastan".

Cuando le digo que su mirada me resulta triste, sonríe. "¿Triste yo? Nunca, soy un payaso". Un payaso de corazón contento, quizás, pero falto de cariño. "Lo conozco desde hace veinte años, pero no sé ni cómo se llama", me dicen en la cafetería que está justo enfrente de uno de sus escenarios . En la residencia militar donde me dice que vive, tampoco le identifican. "En realidad, ya no vivo allí, ahora estoy en un piso en Ciudad Jardín. Vivo yo solo, así estoy más libre, para hacer lo que yo quiera, bueno vivo con Manolete, yo lo crié con biberón, él es mi amigo". También presume de su buena salud. "Tengo 75 años, como lo oyes, pero yo nunca me resfrío, no voy al médico, mírame, peso 59 kilos y ando muchísisimo, la salud es lo más importante, ¿no crees?".