Lleva toda la vida currando. Empezó descargando camiones de la lonja con ocho años porque había que echar una mano en casa, ayudar a los padres a sacar adelante a seis hijos, "buscarse las habichuelillas", como dice él. De la descarga se pasó a la construcción, como peón de albañil, también fue camarero y conserje de noche... Con 19 años, tras concluir el Servicio Militar en El Ferrol, en la Marina, decidió hacer las maletas y buscarse la vida en Palma de Mallorca, donde le habían contado que abundaba el trabajo. Ni una semana tardó en firmar el primer contrato como albañil. A base de esfuerzo y de trabajo, pasó de peón a oficial de primera. Y se casó. Con una mallorquina. Fruto de aquel matrimonio nacieron dos hijas. Aquellos retoños no consiguieron salvar una pareja que hacía aguas y llegó el divorcio. "En Mallorca, estuve viviendo muy bien durante veinte años, allí tenía mucho trabajo, pero cuando empezaron los problemas con mi mujer, decidí que lo mejor era poner tierra de por medio, aunque con todo el dolor de mi corazón porque dejaba atrás a mis hijas", recuerda, "aquella fue la decisión más dura de mi vida". Hace diez años que volvió a Córdoba con una mano delante y otra atrás, a casa de sus padres. En Mallorca se quedaron sus niñas, una de un año y otra de cuatro. "Tuve que rehacer mi vida y empezar de cero, pero soy un luchador y nunca me ha faltado trabajo en la construcción", admite. "Como oficial de primera, estuve con una empresa que me mandó a trabajar por toda España". En esa época, conoció a su actual mujer. "Ella me pidió que me asentara en un sitio fijo, así que decidí buscar algo en Córdoba". Fue así como encontró su empleo para una empresa que ofrece los servicios de mantenimiento a cuarteles del Ejército. Con la misma empresa ha pasado de ser eventual a fijo en virtud del convenio del metal, al que está acogido. Y trabajando en esta empresa ha vivido dos de sus mayores alegrías. Su boda primero y el nacimiento de su tercer hijo después, hace solo cinco meses.

Hace unas semanas, tras cambiar la empresa subcontratada para el mantenimiento del cuartel de Cerro Muriano, donde trabaja desde hace un año y medio, José Miguel y otros cuatro compañeros de trabajo, tres de los cuales son disminuidos psíquicos, fueron invitados a irse a la calle. "Acudimos a trabajar como un día cualquiera y, sin carta de despido, ni explicaciones, ni nada de nada, nos instaron a irnos, dijeron que nos teníamos que marchar, que ya no pintábamos nada allí". Dos días más tarde, tras consultar a los sindicatos y poner las denuncias oportunas los cinco trabajadores decidieron acampar frente al cuartel para quejarse por el trato y exigir su reincoporación inmediata.

La situación de José Miguel es especialmente delicada, aunque todos ellos comparten la necesidad de conservar su puesto de trabajo. "Yo cobro unos 900 euros al mes y tengo que pagar 400 euros de la pensión de mis niñas y otros 400 de alquiler, mi mujer está en paro desde que dijo en la casa donde trabajaba que se había quedado embarazada y además tenemos un niño pequeño, así que no me puedo permitir estar sin trabajo ni un día y menos ahora que no hay empleo por ningún lado", explica, "no pienso moverme de aquí hasta que me devuelvan mi trabajo, tengo que currar otra vez. No voy a cobrar este mes y ni siquiera tengo derecho a paro, ¿me entiendes?, esto no puede ser".