En la hora de la despedida, hemos querido recoger el testimonio del saber y estar de Miguel Salcedo Hierro en propia voz, ofreciendo un extracto de la entrevista publicada por Diario CORDOBA el 4 de mayo del 2000 con motivo de la publicación de su obra más querida, ´La Mezquita, catedral de Córdoba´. Sírvale de homenaje.

Como él mismo reconoce, nació para el teatro. Y puede que su delirio por Córdoba, ciudad a la que con los años acabó sirviendo como cronista oficial, haya privado a la escena de ese cómico de altura que sigue llevando dentro. Por eso cualquiera ajeno a esta relativa frustración de Miguel Salcedo Hierro --en realidad ha ejercido el oficio de forma vicaria durante cuatro décadas enseñando interpretación-- se sorprenderá al intuir bajo la apariencia de sesudo erudito local de don Miguel un regodeo cachazudo y zumbón que no es más que puro histrionismo. Y encima coloreado de una sabrosa vis cómica, muy útil para sobrevivir al paso de los años. "De lo único que me arrepiento --dice en tono senequista-- es de lo que no he hecho y pude haber hecho". Esta tarde presentará en las salas museísticas de Cajasur uno de sus más grandes sueños, acariciado durante 70 años, siete menos de los que luce el soñador: el libro La Mezquita, catedral de Córdoba, que más que una obra cuidada al detalle en contenidos y presentación es una declaración de amor. Y un testamento.

--¿Qué ha querido contar?

--Observa el título: La Mezquita, catedral de Córdoba, dicho así, con una coma y no guión entre ambas partes del monumento --puntualiza subrayando la frase con la mano, que en Salcedo, consagrado orador, es como la batuta de un director de orquesta--. Este significaría un templo compartido, mientras que la coma marca la relación, pero las distingue, puesto que siendo catedral por encima de todo antes fue mezquita, y es eso lo que le da su condición universal. Han sido cinco años de trabajo exhaustivo, pero ha merecido la pena, porque ha quedado un libro muy vistoso.

--¿Y a qué obedece el ritmo cinematográfico que le ha dado?

--Sí, es como en las películas cuando te presentan un estadio para ver un partido, que primero ves la ciudad, el cielo, y luego la cámara va acercándose hasta que se centra en el estadio. Es un libro planteado desde arriba, desde un punto celeste, y luego se circunscribe al entorno.

En los últimos años la faceta de cronista de la ciudad, e incluso la de gastrónomo, han eclipsado la vertiente literaria de Salcedo, conjugada con el teatro. Dos tentaciones que se adivinan nada más entrar al salón de su casa, presidido por un imponente busto suyo en bronce --no se engañen: quien manda en el hogar de los Salcedo es su mujer, la entrañable Carmina, con quien este mes celebrará las bodas de oro--, al que acompañan otros de Góngora y Lope. Recuerda Salcedo que a punto estuvo de lanzarse al ruedo de manera profesional, hasta reparar en que el centralismo de la época impedía a la gente de provincias hacer algo serio sin irse a Madrid, a lo que no estaba dispuesto, "sobre todo, por mi deseo de vivir en Córdoba".

--Es usted lo que se dice un cordobés militante: no solo estudia y escribe sino que forma parte de numerosas entidades.

--...Y fui uno de los creadores de los Amigos de los Patios, que nos llamaban los siete magníficos porque éramos siete los que nos embarcamos en aquella empresa, de los que me parece que vivimos tres.

--Desde 1989 es también cronista oficial de la ciudad. ¿Ve desde entonces Córdoba con una nueva perspectiva?

--Es como el dux veneciano que se desposaba con el mar arrojándole su anillo. Yo no he utilizado ningún anillo, pero sí que hice una promesa de cariño perpetuo. A mí la ciudad me ha correspondido. Tengo a mi nombre una calle que visito con frecuencia, conozco a sus vecinos y en una cafetería, su dueño me preguntó si podía poner una placa diciendo que yo me sentaba allí.

--Como Joyce en Dublín, ¿no?

--Bueno, más o menos... Siempre hay alguien que me saluda vaya por donde vaya. Yo por mi parte trato de escribir sin herir a nadie ni mostrarme feroz.

--¿Siente no haber sido actor?

--Me gustó muchísimo al principio, pero, tras conseguir la cátedra, preferí dedicarme a la dirección. He dirigido cientos de obras. Estrené con mis alumnos el teatro griego de la Universidad Laboral, por cierto con una adaptación que hice de la Medea de Séneca, guardándome muy mucho de decir que la había adaptado, porque entonces hubieran dicho que era malísima.

--¿Su pico de oro vienen también de la vena teatral?

--Yo creo que sí, porque mi verdadero sentimiento ha sido amar el teatro en todas sus facetas, y la oratoria al fin y al cabo no es más que una obra de teatro que hace un señor solo.

--Lo que me intriga es cómo a alguien tan confortablemente instalado en el terreno de la teoría le dio por lanzarse a los fogones y hacerse gastrónomo.

--Eso era una forma de divertirme como otra cualquiera.

--¿Pero sabe guisar o no?

--Algo sí que sé. El perol por supuesto que sí, a ver si no qué clase de cordobés sería yo.

--¿Qué le gustaría que dijeran de usted los cronistas futuros?

--Mi mayor orgullo es que los cordobeses hayan llegado a sentir que soy de ellos, uno de los suyos. Me conformaría con que me consideraran un continuador, que no se rompiera en mí el eslabón de la cadena, que pueda llegar con la antorcha encendida.