Lo conocí un día lluvioso. Otras veces, parada en el semáforo, me había ofrecido pañuelos y no había reparado en él, pero esa tarde, además de mostrar sus productos, nos entregó su currículum: "Por si os enteráis de algún trabajo", dijo. En aquel documento, informaba de su formación como técnico electrónico en automóviles y de su amplia experiencia en varios sectores. Vendía poco, pero cargaba una carpeta con fotocopias que repartía entre los conductores, todo sin perder la sonrisa. Días después me enteré de su historia.

Christopher Okuonghae es nigeriano y tiene 33 años. Llegó a España a bordo de una patera y hace dos años que vive en Córdoba. Cada mañana, se levanta para llevar a su hijo de seis años al colegio mientras su mujer da el biberón a la pequeña, que apenas tiene un mes. Con un café en la tripa, se dirige a su puesto de trabajo, el semáforo más cercano al acceso de los Olivos Borrachos, en Córdoba, donde centraliza su búsqueda activa de empleo. Allí pasa ocho horas al día, llueva o salga el sol. Es el sino que le ha tocado vivir desde que perdió su último trabajo como peón de albañil.

Su historia viene de lejos. "Soy el mayor de cinco hermanos y salí de casa para ganar dinero con el que ayudar a mi familia", explica, sensato. Su primer destino fue Libia. "Allí trabajé un año como mecánico y conductor de excavadoras". Con el dinero ahorrado, volvió a casa, pero "el camión que nos llevaba de vuelta, fue asaltado por rebeldes y nos lo robaron todo".

Tras un tiempo en Nigeria, volvió a Libia donde conoció a un joven que le habló por primera vez de cruzar el Estrecho para venir a España. "Los nigerianos que vienen de Europa, traen dinero y cuentan que viven muy bien, así que te imaginas que vas a encontrar un mundo lleno de oportunidades", explica, con la mirada perdida en algún recuerdo. Poco después, Christopher y su amigo se fueron a vivir a Marruecos. "Entre Marruecos y Argelia, pasamos más de dos años, no teníamos dinero ni trabajo, pero tuvimos la suerte de encontrar a buenas personas que nos acogieron y nos ayudaron a dar el salto".

Eso fue hace cinco años y desde entonces ha vivido en varias ciudades de Andalucía. "He trabajado como electricista, en una cooperativa de carga y descarga, como ayudante en un matadero de pollos y cerdos y como peón de albañil en varias empresas", explica mientras me muestra su currículum, donde aparece toda su experiencia laboral. Desde que agotó el subsidio de desempleo, sobrevive de lo que gana cuidando el jardín de un chalet y las monedas que reúne en el semáforo. Conoció a su mujer, también nigeriana, en España. Ella ahora tampoco tiene trabajo. "Era limpiadora en un hotel, pero la empresa la despidió después de quedarse embarazada". Con el resto de africanos que pueblan de un tiempo a esta parte los semáforos de la ciudad, no tiene ninguna relación. "No sé nada de ellos, nos respetamos los unos a los otros y ya está".

"Los niños son una bendición para nosotros"

Cuando le pregunto por sus hijos, se le ilumina la cara. Luego se le nubla la mirada y me explica: "La niña es muy pequeña, pero el niño sabe que no tengo trabajo y que compro los pañuelos para venderlos en el semáforo. Para mí estar aquí es un sinsentido, no me gusta, y es duro tener que explicárselo a tu hijo", comenta sincero. "Si me preguntas que porqué tenemos dos hijos, te diré que llegaron cuando la situación económica era mejor y ahora ya están aquí. Los niños son una bendición para nosotros (y eso que su mujer no ha recibido la ayuda de 2.500 euros que le corresponde como madre y residente en España), nos encantaría tener más, pero mientras las cosas sigan así, no podemos", afirma resignado.

Aunque ha sido protagonista de una carrera de obstáculos desde que nació, Christopher no pierde la esperanza. El futuro de muchas personas depende de que él encuentre un empleo. "Mira todas las tarjetas de las empresas a las que he ido a llevar mi currículum", muestra, "estoy desesperado". De momento, ni su total disponibilidad, ni el permiso de residencia y trabajo, que tiene en regla, son suficientes para ganar un salario. "Mírame, soy joven, estoy fuerte y sano", afirma simpático, "solo espero que la crisis pase pronto, esto no puede durar eternamente, ¿no?".