Evitar la exposición al sol en las horas de mayor intensidad o cobijarse en lugares frescos y a la sombra son consejos que la Consejería de Salud lanza cada año como medidas eficaces contra el golpe de calor que muchos no pueden cumplir. Aunque el calor no esté tipificado como riesgo laboral, cuando las temperaturas sobrepasan varios días máximas de 40 grados, hay que echarle valor para colocarse el mono de trabajo y salir a currar . Es el caso de muchos obreros que, como José Miguel Casares y Angel Mudarra, pasan el verano desde las siete de la mañana hasta las dos de la tarde abriendo y cerrando zanjas en la calle bajo un sol de justicia. "Yo llevo treinta años como albañil y ya estoy acostumbrado --dice José Miguel-- pero de once a una de la tarde, esto es mortal, la ropa se te pega del sudor y aguantas como puedes". El único alivio, un barreño lleno de agua donde se refrescan, el cuarto de hora del bocadillo y la botella de dos litros de agua congelada que rellenan cada vez que se agota. De vacaciones, nada. "Llevamos un mes trabajando y hay que aprovechar", explican convencidos.

A pocos metros de estos obreros, los vigilantes de coches Vovis se reparten por las aceras de la Victoria buscando un hueco vacío para indicar a los conductores que pueden aparcar. Ellos también pasan toda la jornada al aire libre y sin sombrilla. Francisco Montiel es uno de ellos. "Para mí, el invierno es peor, por la lluvia, al calor te vas acostumbrando". Y es que Montiel trabaja de seis a siete días a la semana desde hace 36 años para descansar "unas semanillas en agosto". "Estoy de lunes a sábado aquí y muchos domingos en El Arenal", explica. Luce un bonito bronceado made entre coches y el reglamentario chaleco de plástico fosforescente que, a primera vista, no ayuda demasiado a bajar la temperatura corporal. "Muy fresco no es, para qué te voy a engañar, pero es lo que hay", dice resignado y coincide en ello con los empleados de jardines de Sadeco, cuyo uniforme naranja fosforito de pantalón largo (gorra y guantes incorporados) dan ganas de ponerse a llorar. Cati Simeón, Mari Sierra Cuevas y José Montenegro hacen lo que pueden para cumplir la jornada y evitar los golpes de calor. "Claro que se nota la ola de calor, llevamos toda la semana asfixiados", dicen. Como todos los que pasan estos días al sol, sobreviven gracias a la botella de agua congelada. "Es la única forma de tener agua fresquita, si no se te pone caliente en nada", explica Cati, que se queja de cómo le afecta el calor. "Me echo crema protectora en la piel, pero tengo los labios agrietados todo el verano y las piernas con sarpullido de los pantalones". Y es que nadie parece haber pensado en que los uniformes de la gente que trabaja al sol en una ciudad donde existe una alerta naranja de seis días por las temperaturas deben ser más frescos. Ya lo dice Salud, "tejidos de algodón o lino y colores suaves". Tomen nota.

El único empleo además de bronceado garantiza un chapuzón refrescante de vez en cuando es el de socorrista. Y eso que los socorristas no se prodigan demasiado en el agua. Juan Miguel, de 25 años, lo tiene claro: "Mi padre es albañil y yo he trabajado con él, así que por mucho calor que pase, sé que aquí estoy más fresquito". Por cierto, el calor empieza hoy a remitir.