Alfonso Castillo celebra desde hace tiempo dos cumpleaños. Uno coincide con la fecha de su nacimiento y el otro con la de su renacimiento.

Su historia laboral arranca con 19 años, cuando decide que no quiere estudiar y se pone a trabajar. Inquieto y dinámico, empieza como taxista y sirve copas los fines de semana. Al cumplirse la fecha de jubilación de su padre en la antigua Electromecánica, Alfonso asume su puesto y se convierte en operario de la fábrica.

Todo marcha bien hasta que el 11 de junio del 2002 (su segundo cumpleaños), un accidente laboral está a punto de sesgar la vida de Alfonso. "Entré a trabajar por mi propio pie y salí a los 36 años como los toreros, en camilla", bromea, mientras traga saliva para recordar el desarrollo de los acontecimientos. "Entré a trabajar a las dos de la tarde, la fresadora de metal fallaba mucho y ese día falló y me cortó las dos piernas". Consciente de todo, Alfonso guarda en la retina aquel momento. "Un compañero me hizo dos torniquetes y rápidamente actuó el 061, gracias a ellos estoy aquí". Alfonso pasó 40 minutos dentro de la máquina mientras en la fábrica deciden cómo sacarlo. "Finalmente, me clavaron una inyección de morfina, me sacaron y me subieron a una camilla", explica, "mientras estuve dentro, llegó un momento en que pensé que me iba".

Una vez en Reina Sofía, los equipos médicos consiguen recuperar la pierna cuyo nervio ciático no había sido dañado y la cosen. La otra es amputada a la altura del muslo. "La verdad es que me da más problemas la mía que la otra, ya me han operado siete veces", afirma.

Lo más duro aún estaba por llegar. "Primero la noticia de que te han amputado una pierna, luego pasas meses en la cama de un hospital en Sevilla, tumbado bocarriba, hubo que sanear las heridas a causa de un virus... mucho dolor". Cuando por fin consigue levantarse, pasa a una silla de ruedas y después a rehabilitación, donde pocos apostaban que volvería andar. Durante el trance, lo acompaña su primera mujer, de la que se divorciaría al volver a Córdoba. "La cosa iba mal y el accidente acabó por estropearlo del todo".

De vuelta a su hogar, se encuentra con un piso al que no puede subir y un juicio fruto de la negativa de su empresa a aceptar su caso como accidente laboral. A finales del 2006, Alfonso gana el juicio y recibe una indemnización. "Con el dinero que me dieron, pagué parte de la hipoteca de un piso nuevo, el divorcio y un coche adaptado".

Adiós a la indemnización

El resto, decide ingresarlo a plazo fijo en una cuenta de Bankinter, su banco de toda la vida. "Un día, me llama el director de mi oficina, un conocido de la infancia, y me dice que cambie los ahorros a una cartera de renta fija para sacarle algo más de rentabilidad. El interés no era más del 5% o 6%, algo normal, y acepté".

La firma tiene lugar el 15 de marzo del 2007 y en septiembre del 2008, lo llaman de Bankinter para informarle de que su dinero se ha "perdido" tras la quiebra de Lehman Brothers y no es reembolsable hasta el año 2052. "Nunca me informaron de lo que en realidad estaba comprando, de que mi dinero iba a invertirse en productos de riesgo", explica indignado.

Tras luchar por la supervivencia, su meta consiste en recuperar el dinero de su indemnización, algo que está ya en manos de los tribunales. "De momento, soy el primer cliente del millar de afectados en España cuya querella ha sido admitida a trámite por lo penal, al ver el juez que hay indicios de estafa".