Mari Lola Navarro y Miguel Luque no son dos personas normales, ya no. Nacidos en Montilla, el destino los unió en la más tierna infancia. De hecho, vivían en la misma calle y se recuerdan desde siempre el uno al otro. "El 11 de diciembre de 1955" empezaron a ser novios y once años después, al concluir Miguel sus estudios de Medicina, se casaron. Los hijos no tardaron en llegar. Al año de la boda, nació Daniel, el mayor, al que siguió David dos años más tarde y, por último, Iván, tres años menor que el primero.

Mientras en España se vivía la dictadura de Franco, Miguel iniciaba su carrera como médico en la provincia de Córdoba a la vez que iba perdiendo la fe católica y guiaba sus pasos hacia el Partido Comunista, al que se afilió para defender la libertad que tanto echaba en falta. Tampoco faltaron mudanzas. De Baena a Moriles, de allí a Carcabuey, luego a Rute y, por último a Alcolea y Córdoba. La historia de la familia Luque Navarro se complica cuando Daniel, a los cuatro años, sufre un episodio de hiperglucemia que pone sobre la mesa una diabetes severa. La historia se repite al poco tiempo con David y, finalmente, con el pequeño.

Desde la primera señal de alarma, ambos inician un periplo de consultas por hospitales y médicos de toda España que se acentúa al detectarse una atrofia en el nervio óptico de Daniel, que añade el riesgo de ceguera. El diagnóstico definitivo se desvela gracias a la intervención de un catedrático cordobés de Pediatría, que les habla del síndrome de Wolfram, una rara enfermedad congénita de evolución lenta que se inicia con estos síntomas, a los que acompañarían después otros como la pérdida del oído, y cuya esperanza de vida es corta.

Los tres hijos, con síndrome de Wolfram

Tras un estudio minucioso, se confirma que los tres hijos tienen la misma enfermedad, un duro golpe para los padres, que se acaban rindiendo a la realidad y aceptando que deben luchar por ellos. Unidos en la defensa de los derechos de sus hijos, de brillante capacidad intelectual, se rebelan en multitud de ocasiones contra el sistema para que, a pesar de las limitaciones de los tres, se realicen como personas. Así, Daniel estudia Derecho mientras David e Iván acaban Magisterio y obtienen su plaza como maestros, al aprobar las oposiciones correspondientes.

Ni la diabetes ni la ceguera les impidieron salir con los amigos, trabajar, viajar, aprender a tocar la guitarra, componer música y, a David, ser un activista político convencido, convertirse en concejal del Ayuntamiento con IU, plantarse en el Sáhara o encandilar a su mujer, Cándida, en Brasil, que le siguió los pasos hasta España. "Es imposible explicar con palabras todos estos años en los que solo veíamos barreras y, sin embargo, puedo decir que mis hijos nunca se quejaron, ni nosotros tampoco, porque jamás aceptamos que hubiera algo que no pudieran hacer si se lo proponían", explica Mari Lola, sincera y serena.

Miguel, que durante años fue los ojos de sus hijos a la hora de estudiar, grabándoles los temas o leyéndoles las preguntas en los exámenes, habla de ellos como seres especiales, protagonistas de "una historia de superación y esperanza". Valientes y sensibles, asumieron sin complejos la lucha por "la dignidad y respeto a la diferencia" de sus hijos.

El primero en morir, hace casi dos años, fue David, a los 39. Daniel lo hizo un año después, con 41 y el pasado Viernes Santo le llegó el turno a Iván, casado hace unos cinco años con Charito, una de las dos nueras. Dos hijas, en realidad, para Miguel y Mari Lola, que les han dejado en herencia los que ya no están.