Ni siquiera ella recuerda cuándo empezó a interrogarse sobre el porqué de su existencia, pero sabe que durante muchos años no obtuvo respuesta. A sus 44 años, desde una silla de ruedas de la que se levanta a diario para asistir a clases de rehabilitación, confiesa haber descubierto que vivir merece la pena, que la vida sí tiene sentido.

Su historia, imposible de condensar en una página y relatada cual película con mil y un flash back , comienza en las antiguas casitas portátiles de Las Margaritas, en una familia de siete hermanos. Su padre es albañil. Su madre, ama de casa. Un cáncer de colon se cruza en el camino de Encarni cuando tiene 12 años, dejándola huérfana de madre. A los 17, es víctima de una violación que pone al descubierto su fragilidad y que nunca llega a ser denunciada. Perdida, se embarca sola en un tren que la lleva a Málaga, donde se refugia con un grupo de evangelistas. Con las mismas dudas con las que llega, deshace el camino andado dos años más tarde para volver a Córdoba. "Es entonces cuando caigo en la heroína, con la que solo buscaba olvidarme de todo". Llega a inyectarse 30.000 pesetas diarias con la idea fija de olvidarse de sí misma. "El mono te transforma, te hace vomitar, hace que te duela todo el cuerpo y obliga a buscar dinero para meterte más". Su lucha infructuosa por salir de la droga la hace tirar la toalla e intenta, sin éxito, el suicidio. Consigue levantar cabeza a duras penas, pero una turbulenta historia de desamor en la que afronta su latente homosexualidad con una monja vuelve a hundirla en las sombras.

La inercia la conduce entonces a Granada. "Cuando se incendia el albergue de transeúntes donde vivía, llego a dormir en la calle y en los cajeros automáticos". Finalmente, se instala en una cueva del Sacromonte y se deja llevar por el camino de la autodestrucción hasta que un nuevo rayo de luz la guía a Almería. Su hermana la obliga a recuperarse y empieza a trabajar en los invernaderos de la zona. "Pero vuelvo a entregar mi corazón a quien no me quiere bien y acabo destrozada". Para entonces, ella ya sabe que es portadora del VIH.

En su eterno retorno, regresa a Córdoba, con ganas de trabajar y rehacer su vida, pero un tercer desencuentro amoroso acaba por desarmarla del todo. Y decide morir. "Dejé de comer y seguí consumiendo drogas hasta que llegué a pesar 26 kilos". El 9 de noviembre del 2005, sufre una hemiplejia que deja su lado izquierdo paralizado. En situación límite, es derivada al Hogar Gerasa, en Chiclana, un centro para enfermos terminales. "Llegué con cero defensas, casi muerta", recuerda. Ahí toca fondo. La hemiplejia es un ultimátum de su cuerpo. "Las drogas siempre te pasan factura, que nadie se engañe".

La rebeldía innata de Encarni la hace negarse ante la evidencia. Todavía no ha llegado su hora y decide luchar. "El 6 de septiembre del 2006, moví por primera vez la pierna y dije: tú ya no vas a parar más". El 31 de octubre del 2008 regresa a su ciudad natal como residente de Fepamic. "Llevo cuatro años sin probar la droga, ya no voy a caer más", asegura, "la droga es un pozo negro en el que se cae cuando no sabes quererte. La falta de autoestima te lleva a destruirte", explica. Ahora, su vida está centrada en la rehabilitación. "Voy a volver a caminar y a mover la mano", dice sonriendo.