Habría que ponerse en la piel de Miguel y Francisca para imaginar el sufrimiento de una pareja joven y atractiva ante un drama de este calibre: que tu hija nazca con un mal que sólo afecta a una persona entre un millón --menuda lotería-- y que cada minuto que pasa avance la cuenta atrás si no surge el milagro. Para la familia ese milagro era otro hermano a la medida de la pequeña. Pero se ha cruzado un donante que abre un nuevo horizonte médico, quizá más incierto pero menos polémico, y la comisión ha visto en él la solución salomónica ideal. Suerte, Lucía .