Puede que haya perdido la precisión o el buen pulso que le convirtió en uno de los mejores barberos de Córdoba, y que su establecimiento ya no viva los días de trasiego constante de otros tiempos. Sin embargo, Juan Chumillas Luque Chumi sigue siendo, a sus 68 años, uno de esos personajes que destilan historia por los cuatro costados y cuya conversación, empapada en vehemencia y desparpajo, es capaz de transportar a otra época al oyente más entregado o arrancar una sonrisa al más escéptico. Cuando llegamos a su local, situado en la calle Duque de Hornachuelos, nos recibe sorprendido y encantado. Tras dejar sobre un sillón "el periódico de valde" que está leyendo inicia el relato de su historia, siempre intercalada por refranes, chistes y chascarrillos. "Yo soy Chumi, Chumillas, que es una maravilla y está en Las Tendillas, ya lo sabes".

Chumi siempre quiso ser barbero, como su padre, que abrió el negocio en 1932. "Prácticamente todo está igual que entonces". No miente. Cualquiera que cruce el umbral de la puerta, sentirá el síndrome del viajero en el tiempo. Los mismos sillones ("americanos, niña, de calidad"), la misma máquina desinfectante colgando de la pared, los mismos espejos, los mismos ventiladores, el mismo lavabo junto a la vieja radio y dos televisores a cuál más antiguo. De su padre, Chumi heredó el nombre, la afición por los toros y la destreza con la navaja, su instrumento de trabajo desde hace 50 años y la protagonista absoluta de su barbería. "Uy, con las tijeras, parezco un mariquita con lombrices", bromea mientras imita con los pies a Chiquito de la Calzada. Acabó los estudios de Primaria y enseguida empezó a cortar el pelo. "Me sacaba unas perrillas para invitar a las nenas. Ibamos al cine, a comprar salaíllos...". A la vuelta de la mili, conoció a Isabel, la mujer de su vida y madre de sus dos hijos, ambos peluqueros. "Era guapa, la pobrecilla. Un día, la pilló un coche y le rompió el esternón", explica. "Nos casó mi tío Luis Chumillas, el párroco de San Miguel, y hemos estado toda la vida juntos hasta que murió de una neumonía, en el 2000". Antes de que se emocione, le sugiero que, en el fondo, no es más que un romántico, pero casi se ofende por ello. "Cuidado, que yo de mariquita no tengo ni un pelo. ¿Qué es eso de romántico, guapa?", pregunta, pero yo no sé cómo explicarle que a mí él, a pesar de su rudeza, me parece un sentimental, así que vuelvo a hablarle de su mujer. La mirada de Juan se oscurece de nuevo. "Era muy graciosa, me quería mucho y yo a ella. Y ya está, que me pongo a llorar", dice antes de cambiar de tercio. "Pon ahí que busco novia, un hombre de mi época no puede vivir solo. Bueno, tengo en casa a uno de mis hijos, pero ya se sabe, ellos viven su vida...". Indefenso y perdido ante su soledad, se rebela manteniendo abierta la barbería mañana y tarde, vengan clientes o no. "La mayoría de los míos han muerto", aclara. "Como aquí, un bocadillo, y me voy por la noche". Al oír las noticias en la radio, de repente, se indigna. "Menudos sinvergüenzas esos que matan y pegan a sus mujeres", asegura. Los parroquianos de la zona se paran a saludar a Chumi y él les obsequia con alguna de sus ocurrencias. Algunos dicen que está como una chota y otros que es un ser entrañable y bueno que sufre y disfruta a la vez en su pequeño mundo aparte, ese diminuto local cuyo alquiler pareciera que sigue pagando en pesetas, 37.000. "Autónomo de toda la vida, trabajando cada día, malo o no, aunque las cosas han cambiado, hay mucha academia y la gente se compra las maquinillas: bueno, bonito y barato". Antes de irme, le pregunto por la política y contesta. "Yo no entiendo de eso, madre, pero entre derechas e izquierdas, me quedo con la derecha".