«Solo me planteo vivir con todas mis fuerzas y seguir con mi trabajo académico e intelectual porque es lo que me gusta y me da la vida», señala el profesor titular de Historia de la Universidad de Córdoba Enrique Aguilar Gavilán cuando habla de la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), enfermedad que le diagnosticaron en octubre. La ELA es una dolencia neurodegenerativa e irreversible del sistema nervioso central, que por ahora no tiene cura y que afecta a las extremidades, respiración, habla y deglución. Se puede presentar a cualquier edad. En el caso de este profesor, cuando tenía 67 años. «En la primavera del año pasado subía y bajaba a Las Ermitas sin problema. Pero empecé a cansarme mucho al andar y se me dormía el muslo izquierdo, lo que se conoce como meralgia parestésica. Después de hacerme análisis y otras pruebas que no concluían que me ocurriera nada, me fui de vacaciones a Fuengirola y era incapaz de recorrer el paseo marítimo, como hacía otros veranos. En septiembre, después de acudir de nuevo a la consulta del doctor Fernando López Segura, este ya descartó que mi situación pudiera deberse a los efectos de tomar un fármaco contra el colesterol y me derivó a un neurólogo, concluyendo el doctor Francisco Cañadillas que tenía ELA», indica este académico y exsecretario de la Universidad de Córdoba.

«El diagnóstico no lo acepté al principio. Pero tengo la suerte de contar con María José (mi mujer), con mis dos hijas, mis dos nietos, demás familiares y amigos que no me abandonan. Decidí asumir que me había tocado esta enfermedad y que tenía que continuar con mi vida y con las clases que imparto en la facultad», relata Enrique Aguilar. Este profesor añade que «ahora estoy de baja, porque me caí el 20 de abril cuando salía de mi coche, al no coger bien la muleta, y me fracturé el húmero del brazo izquierdo. Mi hija se casaba tres días después y allí estuve. Me operaron después, el 29 de abril. Los efectos de la enfermedad los noto sobre todo en las piernas. Estoy tomando una medicación para frenar la evolución de la ELA y con este mismo fin me han ingresado dos veces en el hospital para administrarme sendos tratamientos de inmunoglobulina. Además, formo parte como paciente de un ensayo clínico con células madre, en el que participan los hospitales Reina Sofía de Córdoba, Virgen del Rocío de Sevilla y Carlos Haya de Málaga. Desde aquí hago un llamamiento a las administraciones sanitarias y a las farmacéuticas para que sigan investigando en la búsqueda de un tratamiento que cure la ELA, porque estoy convencido de que se hallará una solución, como así ha ocurrido con otras enfermedades. También le reclamo al sistema sanitario que el tratamiento para la ELA sea integral (neurológico, nutricional, psicológico y de rehabilitación). En mi caso, recibo el apoyo domiciliario de una fisioterapeuta de la asociación de ELA de Córdoba, entre otras prestaciones. Es muy importante la labor de este colectivo, que preside Antonio Galindo y que tiene su sede en plaza Vista Alegre, 11», relata Enrique Aguilar.

Este profesor se ayuda de un andador para desplazarse y se animó la semana pasada a usar una silla eléctrica para ir hasta la Facultad de Filosofía y Letras, donde se emocionó al entrar de nuevo en su despacho. «Otra tarea que tienen las administraciones es seguir eliminando las barreras arquitectónicas que existen. Pues, aunque se ha avanzado, queda mucho por hacer. Además, la ciudadanía debe respetar las plazas de aparcamiento para personas con movilidad reducida y no dejar los coches en los pasos de peatones, impidiendo el paso de las sillas de ruedas», denuncia Aguilar.