--'El castillo de diamante' narra la relación dramática entre Santa Teresa y la princesa de Eboli. ¿Una relación de amor y odio o una admiración envidiosa?

--Una relación de dos mujeres que se parecían demasiado y que, por parecerse demasiado, chocaron; que se admiraban pero que también, de alguna manera, veían en la otra a un contrincante.

--Describe a las dos mujeres como personajes juguetones, pícaros, mandones y excéntricos.

--Las muestro como dos mujeres fuera de lo común. Dos mujeres desconcertantes, originales. Dos mujeres valientes, casi temerarias. De estas mujeres que intimidan a los hombres.

--El libro tiene huellas de la novela picaresca, el esperpento valleinclanesco y el humor cervantino. Y su lenguaje evoca el Siglo de Oro.

--Sí. Cuando escribía la novela, me di cuenta de que el mejor modo de traerle a un lector del siglo XXI los ambientes, las atmósferas del siglo XVI era servirme de la literatura de aquella época, traer el perfume de la literatura del Siglo de Oro a una novela del siglo XXI.

--Parece que se ha divertido con la tradición española.

--Me he divertido mucho. Esta es la novela con la que más he disfrutado mientras la escribía. Ha sido una labor muy jugosa, muy juguetona, muy divertida.

--Para usted, Santa Teresa no fue una mujer adelantada a su tiempo, sino una mujer de su tiempo.

--Lo que Santa Teresa intentó solo lo habría podido lograr en esa época. Santa Teresa, por ejemplo, funda conventos de frailes, pero es una cosa que no habría podido ocurrir ni en el siglo XVII, ni en el XVIII, ni en el XIX, ni en el XX, ni en el XXI. Eso ocurre gracias al Concilio de Trento, que la gente en su ignorancia suele identificar con algo oscurantista o surrealista. Es un momento, digamos, de apertura religiosa, de purificación religiosa, que es lo que facilita que un personaje como Santa Teresa emerja.

--También la dama del parche en el ojo, lejos de su imagen casquivana, fue fiel a su marido.

--No solamente fiel a su marido, sino muy amorosa, muy cariñosa. Como suele ocurrir a veces con las mujeres un poco caprichosas, un poco alocadas, suelen ser también mujeres que, en la intimidad, suelen ser mujeres muy afectivas.

--Dice usted que Felipe II era un hombre muy moderno, pese a que su época ha sido calificada de oscurantista.

--Esto es la leyenda negra, pero Felipe II, por ejemplo, fue el mayor impulsor de la reforma religiosa. Estos personajes, como Santa Teresa o San Pedro de Alcántara, no habrían podido existir sin un rey como Felipe II. Y Felipe II, por ejemplo, le puso mucho coto al poder temporal del Papa. Fue un rey magnífico, con sus defectos, y desde luego nada que ver con la imagen oscura que de él se ha hecho.

--Cuesta imaginar a Santa Teresa como un Quijote, con gran sentido del humor, leyendo libros de caballería.

--Pero es así. Ella misma lo confiesa en el libro de su vida, que ha leído muchos libros de caballerías y con mucho disfrute. Y el humor está presente en toda su obra, en sus cartas de forma especialmente significativa.

--Guarda especial cariño a Antonio Pérez, que describe como un político corrupto, preocupado por su aspecto exterior, gracioso y obseso sexual.

--No le guardo cariño. Digamos que lo ridiculizo un poco, lo caricaturizo un poco, precisamente porque no le perdono que por su culpa mi querida princesa de Eboli sufriera tanto. Porque al final, digamos que la desgracia de la princesa la trae Antonio Pérez. En esta novela, de alguna manera, me vengo de Antonio Pérez pero retratándolo de manera caricaturesca.

--Con los políticos actuales, sin embargo, guarda las distancias, excepto con Ruiz Gallardón.

--Digamos que es el único político con el que he hecho amistad. Es un hombre que me parece admirable en muchos sentidos y con el que he disentido, pero me parece que ha sido el mejor político que ha habido en España desde que yo tengo uso de razón.

--Dice que siempre le ha parecido que las monjas tienen mala prensa. ¿Logrará con su libro restituirles al status social que les corresponde?

--Ojalá. Tenemos una imagen de la monja como una mujer pasiva, sumisa, roma, grisácea. Y yo he conocido monjas que son todo lo contrario. De manera que, efectivamente, cuando escribo sobre monjas procuro dar esa imagen más luminosa.

--¿Ha pensado después de la promoción del libro irse a descansar a un monasterio?

--Pues lo he pensado, pero creo que me expulsarían porque mis hábitos son un poco libertinos.