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SEMANA SANTA EN CÓRDOBA

Córdoba vibra con el latido del Martes Santo

El público se echa a la calle en una calurosa tarde en la que las cofradías presentaron importantes estrenos patrimoniales, destacando el palio de la Virgen de la Piedad, de la hermandad del Prendimiento

La Virgen de la Piedad estrena palio

Chencho Martínez

Córdoba

Córdoba amaneció empujando la mañana hacia un Martes Santo distinto, con la novedad abriendo paso entre calles nuevas y memorias antiguas. Porque este año, la hermandad de la Agonía no partía desde la Catedral, sino desde el corazón popular de la Fuensanta, donde los nazarenos regresaban apenas semanas después, como si el barrio se negara a olvidar el eco todavía reciente de la última la Semana Santa.

La Agonía

Un barrio en el había una expectación distinta, una mezcla de curiosidad y orgullo. Desde la cercanía del Santuario de la Fuensanta, el Cristo de la Agonía echó a andar al son firme de la banda de tambores y cornetas de la Salud de Córdoba. Su paso, caoba exornado en tonos rojos, avanzaba entre edificios modernos, dibujando un contraste que solo la Semana Santa sabe reconciliar: lo efímero de lo contemporáneo frente a la solidez de lo eterno. Cada 'chicotá' parecía marcar no solo el ritmo del cortejo, sino también el latido de un barrio que por unos días ha acogido a la cofradía del barrio del Naranjo.

Detrás, la Virgen de la Salud, la dolorosa del Naranjo acogida por unos días en la Fuensanta, asomaba a la plaza del Pocito con su palio rojo, mecida por marchas alegres de la banda Santa Cecilia de Montoro. Había en su caminar una dulzura especial, como si entendiera el carácter excepcional de su presencia allí. Era una cofradía descubriendo calles, y calles descubriendo una cofradía. Los niños miraban con ojos abiertos, los mayores asentían en silencio, y en ese diálogo sin palabras se tejía un nuevo capítulo en la historia de la hermandad de la Agonía.

La Universitaria

Mientras tanto, en la plaza del Juramento, la hermandad Universitaria imponía su silencio con una fuerza casi tangible. El retraso de media hora por problemas en el mecanismo de bajada del Cristo no restó solemnidad al momento; al contrario, añadió una tensión que el público asimiló con respeto. Cuando finalmente el Cristo de la Universidad, enmarcado en el dintel de la basílica de San Rafael, inició su descenso, el murmullo se apagó por completo. Caminaba con la sobriedad que es casi doctrina, como si cada movimiento estuviera medido no solo en tiempo, sino en significado.

Un leve iris y estatice morado rompía la austeridad del paso, como un suspiro contenido que se escapa sin querer. La Virgen de la Presentación, envuelta en la luz tenue de sus fanales, se abría paso poco a poco hacia la plaza, que hervía de público expectante. Había algo casi académico en aquella cofradía, una forma de entender la Semana Santa desde la reflexión, desde el recogimiento interior, que contrastaba con el bullicio de otros puntos de la ciudad. Y, sin embargo, todo formaba parte de un mismo lenguaje.

El Císter

No muy lejos, la blancura intacta de Capuchinos volvía a ser lienzo. Allí, donde el silencio parece tener peso, los nazarenos blancos y morados del Císter emergían entre la quietud solemne. El paso del Señor de la Sangre, dorado y rotundo, se recortaba sobre la cal.

Pero aquella tarde no fue una cualquiera: el calor se hizo protagonista inesperado, apretando con fuerza desde primeras horas y alcanzando temperaturas cercanas a los 30 grados. Bajo ese sol intenso, el esfuerzo de costaleros y nazarenos adquiría una dimensión aún más admirable, mientras el público buscaba sombras imposibles sin renunciar a un solo instante. La banda Esencia de Sevilla marcaba el pulso grave de un misterio exornado con solidago morado y cardos. El aire, denso y tibio, olía a cera y a azahar, y cada paso levantaba una emoción que parecía mezclarse con el calor suspendido en las calles.

Cuando la Reina de los Ángeles volvió a tomar la plaza, el ambiente cambió sin romperse. La Virgen, obra de Álvarez Duarte, con su inconfundible andar y su palio lleno de personalidad, anunciaba sin palabras que la tarde ya estaba en su punto exacto, El paso de palio fue exornado con rosas blancas en las jarras y distintas variedades en tonos blancos en friso y violeteros. La banda de la Esperanza acompañó con su música el elegante caminar de la dolorosa de la hermandad deCísterer.

Buen Suceso

San Andrés, que días antes vibró con la Esperanza, volvió a llenarse. Esta vez para ver al Buen Suceso, cuyo Señor giraba hacia Muñices con la elegancia de lo eterno. El dorado recién estrenado de la canastilla frontal de su paso recogía la potente luz de la tarde mientras la banda Monte Calvario de Martos elevaba el aire solemnes marchas al Señor del Buen Suceso.

La Virgen de la Caridad, desde el umbral del templo, parecía contemplar al público que abarrotaba la plaza de San Andrés con una mirada llena de compasión y recogimiento. Su figura, serena se destacaba entre la penumbra del interior, mientras los cirios iluminaban suavemente el rostro de la imagen, resaltando cada delicado detalle de su manto y su corona. Y cuando el paso de palio, exornado con elegantes piñas de rosas pálidas en las jarras y frisos, se alzó lentamente, como suspendido en un instante de reverencia, la banda de música de la Estrella comenzó a entonar sus acordes, poniendo música al caminar solemne al que nos tiene acostumbrados esta Dolorosa. El silencio del público se mezclaba con la melodía, creando un ambiente de recogimiento que llenaba el aire, mientras la Virgen avanzaba, majestuosa y serena, marcando el ritmo de una emoción compartida que trascendía el tiempo y el espacio.

Santa Faz

En la Trinidad, todo estaba dispuesto desde mucho antes de que llegara la hora. La Santa Faz regresaba a la calle con un cortejo largo. El nuevo paño de la Verónica, obra de Raúl Muñoz, se pudo ver en el misterio de la santa Faz que buscaba la avenida del Doctor Fleming entre una multitud que ya intuía la noche.

Tras la marcha real, la Virgen de la Trinidad estrenaba parte de su palio: bambalinas completas, blancura floral, una elegancia que no necesitaba anuncio porque se imponía por sí misma. Había en su presencia una serenidad que parecía ordenar el entorno, incluso en una jornada marcada por las altas temperaturas.

La tarde, abierta y azul, se llenaba también de juventud. En María Auxiliadora, el público se agolpaba esperando al Prendimiento con una impaciencia que era, en el fondo, devoción.

El Prendimiento

Y cuando el misterio de Jesús en su Prendimiento tomó la calle desde Salesianos, la Agrupación Musical Cristo de Gracia convirtió la espera en certeza. Las primeras notas rompieron el aire como una promesa cumplida, y el paso avanzó con esa mezcla de fuerza y precisión que define a las grandes cofradías, mientras el calor a esas horas seguía siendo un acompañante constante.

Allí, la ciudad parecía detenerse, como si cada Martes Santo fuese el mismo y, sin embargo, siempre distinto. Los móviles se alzaban, pero también las miradas desnudas, esas que no necesitan más que el instante presente.

Pero la noche aún guardaba una revelación: el nuevo palio de la Virgen de la Piedad. En San Lorenzo, el murmullo se hizo asombro casi unánime. Oro sobre azul prusia, bambalinas bordadas que hablaban de paciencia y arte. No era solo un estreno; era la culminación de años de trabajo, de puntadas invisibles que encontraban por fin su lugar bajo la luz.

La dolorosa avanzaba con una elegancia renovada, como si el tiempo hubiese decidido detenerse un instante para contemplarla. La Asociación Musical de La Algaba ponía banda sonora a una estampa destinada a quedarse en la memoria, no solo por su belleza, sino por lo que representaba: la capacidad de la tradición para seguir creciendo sin perder su esencia.

Camino y música

Un Martes Santo donde la ciudad se hizo camino, se hizo música, se hizo emoción compartida. Fue un Martes Santo donde lo nuevo y lo eterno caminaron de la mano sin estorbarse, incluso bajo un calor casi veraniego que rozó los 30 grados. Porque aquí, cada paso no solo avanza: también permanece. Y en esa permanencia, en ese diálogo constante entre pasado y presente, la ciudad volvió a encontrarse consigo misma, sabiendo que, aunque todo cambie, hay latidos que nunca dejan de ser los mismos.

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