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Cofradías

Dulce espera y tiempo de encuentro en el último domingo de Cuaresma en Córdoba

Poco a poco, el tiempo de la Cuaresma llega a su fin. Se celebran las últimas fiestas de regla, así como distintos traslados de los pasos procesionales, signo inequívoco de que en tan solo unos días volverá a amanecer un nuevo Domingo de Ramos.

Vía Crucis y posterior entronización en el paso procesional de Nuestro Señor Jesucristo del Santo Sepulcro. A.J. GONZÁLEZ / CHENCHO MARTÍNEZ

Vía Crucis y posterior entronización en el paso procesional de Nuestro Señor Jesucristo del Santo Sepulcro. A.J. GONZÁLEZ / CHENCHO MARTÍNEZ

Córdoba

Hoy, en el quinto domingo de Cuaresma, el tiempo parecía detenerse, ya en ese umbral invisible que anuncia la inminencia de la Semana Santa. La ciudad, envuelta en una calma expectante, respiraba a otro ritmo: más lento, más hondo, como si cada esquina guardara un susurro antiguo y cada campana marcara no solo las horas, sino también los latidos de la fe.

En la basílica de San Pedro, la hermandad de la Misericordia vivió el segundo día del besamanos a Nuestra Señora de las Lágrimas. Desde primeras horas, niños y jóvenes se acercaron a la imagen con pasos tímidos y miradas limpias, ofrendando flores y alimentos en un gesto donde la ternura se abrazaba con la piedad. Cada flor depositada en el altar era un suspiro detenido en el aire; cada mirada al rostro sereno de la Virgen, un diálogo silencioso, íntimo, casi secreto. Tras la eucaristía, el recogimiento dio paso a uno de esos momentos que se graban en la memoria: el traslado de la imagen a su paso procesional. Con delicadeza, como quien cuida de algo eterno, la Virgen fue elevada para comenzar a prepararse para el Miércoles Santo.

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En la basílica de San Pedro, la hermandad de la Misericordia vivió el segundo día del besamanos a Nuestra Señora de las Lágrimas, con ofrendas de flores ante el altar. / A.J. GONZÁLEZ / CHENCHO MARTÍNEZ

Mientras tanto, en la parroquia de Nuestra Señora de la Paz, en el barrio de San Basilio, la hermandad de Pasión celebraba su Fiesta de Regla. No muy lejos, la hermandad de la Caridad hacía lo propio en la parroquia de San Francisco y San Eulogio. Y, casi al mismo tiempo, la hermandad del Cristo de Gracia, en el templo trinitario, volvía su mirada al Divino Esparraguero.

En la parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos, la hermandad del Santo Sepulcro celebró el besapiés a Nuestro Señor Jesucristo. Durante toda la jornada, un goteo incesante de fieles cruzó el umbral del templo, buscando ese instante de cercanía, de recogimiento, de oración compartida. El vía crucis, recorrido por el interior del templo, marcó el pulso de la tarde: pasos lentos, oraciones que parecían elevarse con el incienso y un silencio cargado de sentido. Fue un caminar hacia dentro, hacia lo esencial, que culminó con la entronización del Señor en su paso procesional, como un preludio sereno de lo que está por venir.

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Besapiés al Señor de la Caridad en en la parroquia de San Francisco y San Eulogio. / A.J. GONZÁLEZ / CHENCHO MARTÍNEZ

El Santuario de Nuestra Señora de los Dolores acogió, por su parte, una nueva jornada del Septenario en honor de la Virgen de los Dolores coronada. El rezo de la corona dolorosa envolvió a los fieles en un recogimiento profundo. Cada oración acercaba un poco más a ese esperado Viernes de Dolores, donde la emoción alcanza su primera cima.

Y mientras los mayores revivían tradiciones centenarias, la semilla del mañana germinaba con fuerza en la parroquia de Guadalupe. Allí, la cantera cofrade encontró su espacio en una procesión infantil organizada con la colaboración de la hermandad de la Soledad. Pequeños nazarenos, con túnicas aún por estrenar y miradas llenas de ilusión, recorrieron el entorno del templo llevando en sus manos la esencia más pura de la Semana Santa: la transmisión viva de la fe

Ha sido, en definitiva, un domingo en el que las calles y los templos respiraron al mismo compás. Un día que recordó que la Cuaresma no es solo tiempo de espera, sino de encuentro: con lo sagrado, con la memoria, con uno mismo. Un tiempo para mirar al cielo y a nuestras imágenes con los ojos del corazón y prepararse para una nueva Semana Santa que un año más está a la vuelta de la esquina.

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