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Muy pocos la conocen, pero desde esta atalaya medieval se ve uno de los atardeceres más mágicos de Córdoba: «Uno de mis lugares favoritos en Baena»

Los visitantes confirman que desde la torre se obtienen unas vistas espectaculares de la zona

Puesta de sol en la Torre del Montecillo

Puesta de sol en la Torre del Montecillo / Rafael Rodriguez Navas Google Maps

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A veces cuando tenemos un día libre lo único que buscamos es activar un poco las piernas y dejarnos llevar por la belleza de la naturaleza. Sin prisas, sin grandes pretensiones, solo caminar, respirar y sentir que el peso de la historia se mezcla con algo que nos supera.

Esa especie de sed de síndrome de Stendhal se puede aplacar encontrando un rincón único desde el que contemplar un atardecer inolvidable: uno de esos lugares sin duda está en Baena, en Córdoba: la Torre del Montecillo o Torre Morana.

Una atalaya con siglos de historia

El camino hasta la cima no es precisamente sencillo: desde la carretera A-305, entre los kilómetros 52 y 53, un sendero agrícola entre olivares asciende hasta los 687 metros de altitud. No es apto para turismos, pero los más aventureros suben en bicicleta, moto o incluso andando, sabiendo que el esfuerzo tendrá recompensa.

Al llegar se alza la torre medieval, construida junto a los restos de un poblado ibérico amurallado. Un oppidum que estuvo ocupado desde el periodo Orientalizante hasta el siglo I d.C. y que más tarde siguió teniendo vida en época romana y medieval.

Las murallas de bloques de caliza todavía son visibles en algunos tramos, guardaron durante siglos un espacio estratégico que vigilaba el valle del Guadajoz y enlazaba con otros grandes asentamientos como Torreparedones o Espejo.

Junto a la atalaya también estuvo la necrópolis ibérica y el cortijo del Montecillo, ya en ruinas, que se levantó encima de una de las esquinas de las murallas antiguas.

Un lugar para sentir la campiña cordobesa

Hoy la función defensiva ha quedado atrás. La Torre del Montecillo es, sobre todo, un mirador natural. Desde su cumbre se divisan hacia el este Martos y su peña, Alcaudete y la imponente Sierra del Ahíllo. Hacia el oeste, Torreparedones y los cerros que custodiaban los viejos clanes iberos. Y al sur, Iponuba y los caminos que un día recorrieron los comerciantes griegos.

Quien sube se encuentra con una explanada desde la que la campiña cordobesa se abre como un mar de olivos y colinas suaves. Y cuando cae el sol, el espectáculo está servido: la luz tiñe el horizonte de tonos rojizos y dorados que convierten el momento en algo difícil de olvidar.

Las reseñas en Google lo confirman. Un visitante asegura que es «un lugar magnífico». Otro lo resume de forma sencilla: «Uno de mis lugares favoritos en Baena».

Eso sí, no todo es idílico: el camino hasta la cumbre es empinado y pedregoso, lo que lo hace incómodo para vehículos normales. El viento en la cima puede ser molesto, sobre todo en los meses de primavera.

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