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Diario Córdoba

EL PERFIL

Campanero, pasión y legado en el Córdoba CF

Llevó el timón blanquiverde en Primera, en Segunda, en Segunda B y en Tercera, marcando un hito en el fútbol español | A los 95 años, había renovado su carné de abonado número 1 del club que marcó su vida

Rafael Campanero, tocando el cielo en Las Tendillas en 2007 tras el ascenso a Segunda del Córdoba CF. CÓRDOBA

Llegó al Córdoba CF para ejercer como delegado del equipo juvenil a mediados de los 50 del siglo pasado y terminó siendo presidente de un equipo que ascendió a Primera División. Rafael Campanero Guzmán (Almodóvar del Río, 1926) fue siempre más allá de su cargo. Sentarse en el palco -la obsesión de otros muchos- fue para él la menor de las preocupaciones. Lo suyo iba de arreglar problemas. Lidiar con las dificultades era su Liga y conseguir salir del paso suponía tanta alegría como un título. Su museo particular quedará atestado de ascensos y salvaciones, los trofeos de los modestos.

Era nombrarle y el nivel de desasosiego descendía ante cualquier lío, fuera deportivo o financiero -normalmente, era combinado-, en el que estuviera metido el Córdoba CF, una entidad cuya existencia parece no ser más que el dibujo de una crisis perpetua salpicada por efímeros fogonazos que traumatizan o activan a generaciones de blanquiverdes cuya sagrada misión es transmitir a sus sucesores ese amor extraño e indestructible a un escudo inmortal. "Esto lo arregla Campanero", decían los gestores de turno cuando la situación les sobrepasaba. Él era el conseguidor, el manitas que lograba que la fuga no se convirtiera en inundación. Y si lo hacía, pues sacaba algún madero al que agarrarse. Siempre a flote y con dignidad. "Hay que esperar lo mejor, pero siempre hay que estar preparados para lo peor", solía decir como una de sus frases de cabecera. La autoridad moral de Campanero en el cordobesismo es indiscutible. Todos los que llegaron después de él -que son todos, literalmente- buscaron su beneplácito, su consejo, su amparo o su paraguas. Lo que don Rafael decía era santa palabra.

Todas las historias de aventuras necesitan héroes. Y el Córdoba tiene ya en su leyenda a uno muy especial, un caballero medieval que siempre siguió hablando en pesetas, un supermán surgido del corazón del pueblo que salía al frente cuando las cosas se torcían. O sea, bastante a menudo. Campanero, ya fuera con una libretilla o con un móvil, tenía recetas para combatir cualquier mal que acechara a su equipo. Al suyo. Al único que tuvo. Se ha marchado siendo el socio número uno. Campanero es el Córdoba CF. Así de simple.

Nació en tiempos de preguerra -quedó huérfano de madre muy joven y a su padre lo fusilaron en la Guerra Civil- y se crió sabiendo lo que era el dolor. Campanero se buscó la vida en distintos oficios -vendiendo leche en bicicleta, entre otros- y encontró en el fútbol a una nueva familia. Siempre ejerció como una especie de guardián de la esencia del Córdoba CF, un club al que dedicó una parte fundamental de su evidente talento como gestor. Empleó remedios sencillos para asuntos complejos. "Siempre le vimos como un padre y así nos hablaba", recuerdan tanto jugadores de los 70 -cuando los futbolistas vestían con traje y eran chavales disfrazados de hombres-, como profesionales del nuevo siglo, que van con camisetas y tatuajes, como hombres disfrazados de chavales. Son modas, maneras de vivir... Campanero se adaptó a todo. Se hizo querer. También se equivocó, cómo no. Pero jamás se rindió. "Me siento joven, como si tuviera sesenta años", dijo con motivo del homenaje "Noventa años de amor por Córdoba" que en su día le brindó el Centro Filarmónico, otra de sus pasiones. 

Un visionario del fútbol

En las décadas de los setenta y los ochenta, la Córdoba futbolística veneró a un hombre trabajador, de pueblo, de verbo sencillo y apasionado, un visionario que ligó su vida a la del club más representativo de la ciudad hasta fundirse en uno. Aquel joven encargado de llevar las fichas del equipo juvenil acabó en el palco después de hacer todo lo que se podía hacer en un club de aquellos tiempos en blanco y negro. Estuvo al mando en Primera, Segunda, en Segunda B y en Tercera División. No hay nadie que le iguale. Desde el Santiago Bernabéu hasta el Municipal de Rute. Se fue a los 95 años manteniendo los ideales juveniles que le llevaron a dejar un día su pueblo, Almodóvar, para liderar una revolución romántica que tuvo su episodio más simbólico en el ascenso del Córdoba a Primera en 1971. Había 17 cordobeses en aquella plantilla. Un paisano suyo, Pepe Díaz, marcó el último gol del Córdoba CF con Campanero como presidente, 38 años más tarde.

"El fútbol va por ciclos", solía afirmar Campanero, conocedor mejor que nadie de las peculiaridades de la ciudad ante ante el hecho futbolístico: siempre tendentes al exceso. O da la espalda o entrega el alma. "Para bien o para mal", como dice el himno de Queco, que por algo fue futbolista del Córdoba en los tiempos de Campanero, en los que la cantera no era una opción sino una absoluta necesidad. El mandatario tenía a un trabajador ejemplar, Abelardo Sánchez, el mejor reclutador de talentos que haya existido en El Arcángel: descubrió a Valentín, Rícar, Paco Jémez, Berges, Toni Muñoz... Ídolos locales hasta que llegaba, más antes que después, el momento de la venta. Así funcionaba el asunto.

Campanero tuvo la habilidad de enamorar al cordobesismo con un discurso realista, desprovisto de trucos, y una apuesta por el producto local. Las circunstancias económicas de su primera época -en 1969, el club se había despeñado a Segunda tras cerrar su edad de oro en la élite- y el desencanto de la afición trazaban un escenario peliagudo. Y ahí salió al rescate. Entre 1969 y 1971, el Córdoba CF logró un ascenso a Primera y exportó a jóvenes valores como Manolín Cuesta (Español) o Juan Verdugo (Real Madrid). Estuvo como máximo dirigente hasta 1975 y los aficionados de entonces no pueden reprimir la emoción al recordar aquel quinquenio: Juncosa y Vavá en el banquillo, el mítico Onega en el césped... Palabras mayores. 

En su segunda le tocó resolver un entuerto de consideración. El club languidecía tras un doble descenso que le llevó a la Tercera División en 1984. No había un duro en las arcas, el viejo estadio se caía a pedazos y la afición había huido presa del abatimiento más absoluto. Campanero se inventó como entrenador a Iosu Ortuondo, que había colgado las botas en el equipo blanquiverde poco antes, y apareció un genio llamado Valentín que encendió la ilusión de la gente. Se trajo a Pepín, seducido por su hermano Litri -legendario trabajador del club- y el genio de la melena rizada pasó de jugar en Primera con el Valladolid y marcar a Maradona en el Camp Nou a bregar contra el Rute de Rafael Sedano en Tercera en el espacio de unos meses. El equipo subió. Ortuondo se fue al filial del Atlético Madrid y Valentín recaló en el Betis. Con la misión cumplida, volvió a dejar el primer plano de la escena. Aunque, de uno u otro modo, siempre estaba ahí. De forma directa o a través de profesionales que tuvieron en él a su maestro y mentor. El "campanerismo" ha sido el catecismo del Córdoba CF durante décadas.

La última proeza

En 2005 retornó para coger el timón de un club que se iba irremisiblemente a pique. ¿Qué había ocurrido? Tras los años locos de Rafael Gómez y las dificultades de los proyectos de Prasa se produjo la debacle del "Cincuentenariazo": en la temporada 2004-05, el Córdoba CF tuvo como amargo pastel de su cincuenta aniversario el descenso a la Segunda B. Problemón. Y Campanero al quite. Reclutó a Pepe Escalante para el banquillo y, en pocos meses, el club salió a flote nuevamente tras un ascenso en El Alcoraz y jugadores que entraron en la memoria colectiva del cordobesismo como Javi Moreno, Asen, Arteaga, Pierini... Le dio la oportunidad a Paco Jémez y emprendió la enésima revolución serena. Se marchó en 2009, con 83 años. El Córdoba CF estaba en la segunda categoría nacional. Ya se ha visto dónde ha ido después.

En sus últimos años restringió sus apariciones públicas. El fallecimiento de su esposa y los años de confinamiento por la pandemia del covid minaron su estado de forma notable. No dejó de seguir a su Córdoba CF. "Escucho los partidos por la radio, pero me pongo nervioso y prefiero esperar a que me digan el resultado final", admitía. Sus reuniones con sus compañeros y amigos de antiguas directivas le mantenían con ilusión. Incluso le crearon un perfil en la red social de Facebook para que pudiera conectar con los aficionados. 

Uno de sus últimos mensajes lo publicó en 2019, después del descenso cordobesista a Segunda B. "La situación no es nada fácil, pero es precisamente en estos momentos cuando es necesaria la unión de todos los que amamos a nuestro Córdoba CF, el equipo de nuestra ciudad y el que despierta una pasión que traspasa generaciones”, exponía. La receta para salir del atolladero debía estar, según el legendario dirigente, en conseguir la unidad. "Ha habido otros momentos en la historia de la entidad que han resultado extremadamente dolorosos. Y siempre, siempre, el Córdoba ha encontrado las fuerzas para seguir vivo y salir adelante”. Para el presidente de honor, el Córdoba tiene una capacidad de resistencia que debe volver a relucir. "Nada ha podido con él. Su gran fuerza es la de todos los cordobesistas unidos. Porque por encima de diferentes opiniones y de la sana discrepancia siempre debe haber un interés común: el Córdoba".

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