ACCESO A LA UNIVERSIDAD
Manual de la PAU para padres: cómo ayudar sin agobiar en la semana decisiva de la Selectividad
La Prueba de Acceso a la Universidad arranca en Andalucía el 2 de junio y las familias pueden ser un apoyo decisivo o una fuente añadida de presión

Estudiantes preparándose para selectividad en la biblioteca. / Manuel Murillo
Los alumnos andaluces afrontan los días 2, 3 y 4 de junio la convocatoria ordinaria de la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU), la antigua Selectividad. Un examen al que llegan con una mezcla de cansancio, expectativas, nervios y sensación de vértigo, ante la consciencia de que están ante una de las pruebas determinantes de su vida hasta el momento: aquella que decidirá si estudian (o no) la carrera universitaria de su elección.
La PAU no es solo un examen académico, es una prueba emocional y de madurez. Para muchos alumnos supone el cierre real de Bachillerato y el primer gran filtro hacia la universidad y la vida adulta. Y es aquí donde las familias juegan un papel fundamental a la vez que delicado: ayudar sin invadir, animar sin presionar, estar cerca sin fiscalizar cada minuto. Un arma de doble filo que puede contribuir al éxito o al fracaso de sus hijos ante este momento crucial. Ante ello hay varias cuestiones a tener en cuenta.

Una de las pruebas de la selectividad en una imagen de archivo. / VÍCTOR CASTRO
La primera regla: la PAU la hace el estudiante, no la familia
Puede parecer obvio, pero conviene recordarlo. Los padres no se examinan. Su margen de actuación es otro, como crear un entorno tranquilo para el estudio, ayudar con la logística y evitar discusiones innecesarias. La idea es clara, los padres están para acompañar, pero no para vigilar.
En la semana decisiva no suele funcionar el interrogatorio permanente: “¿Te lo sabes?”, “¿Cuánto llevas?”, “¿Y si te cae lo que no has repasado?”. Aunque nazca de la preocupación, ese tipo de preguntas suele aumentar la tensión. Es más útil cambiar el enfoque: “¿Necesitas que te ayude con algo concreto?”, “¿Quieres que repasemos el horario?”, “¿Prefieres descansar un rato?”.
Ordenar la logística: la ayuda que sí se agradece
Uno de los apoyos más eficaces es el menos vistoso: reducir imprevistos. La víspera del primer examen conviene revisar documentación, material permitido, bolígrafos, calculadora si procede, agua, horario, sede asignada y tiempo de desplazamiento.
La idea no es controlar al alumno, sino descargarle de preocupaciones accesorias. En días de tensión, encontrar el DNI, comprobar el autobús o preparar una mochila puede pesar más de lo que parece.
Nada de maratones la noche antes
La tentación de aprovechar “hasta el último minuto” es frecuente, pero no siempre es buena idea. La semana de la PAU no es el momento de aprender desde cero ni de abrir debates familiares sobre lo que se debería haber hecho hasta mayo. En esas horas finales suele ser más rentable repasar esquemas, dormir razonablemente, comer bien y mantener rutinas estables.
Los padres pueden ayudar protegiendo el descanso, evitando ambientes ruidosos, situaciones de tensión o reproches de última hora.

Estudiantes preparándose para selectividad. / Manuel Murillo
El error de convertir cada examen en una autopsia
Cuando el estudiante sale de una prueba, lo normal es que tenga dudas. Puede pensar que le ha salido peor de lo que realmente le ha salido, recordar una pregunta que dejó floja, comparar respuestas con compañeros y salir más nervioso de lo que entró. En ese momento, la familia debe medir mucho sus palabras.
No suele ayudar preguntar de inmediato: “¿Qué has puesto en la tres?”, “¿Pero eso estaba bien?”, “¿Seguro que has aprobado?”. La PAU se juega en varios exámenes y conviene pasar página con rapidez. Mejor una conversación breve, algo de comida, descanso y poner el foco en la siguiente materia.
Cómo animar sin meter más presión
Hay frases bienintencionadas que pueden pesar demasiado: “Te juegas tu futuro”, “No puedes fallar ahora”, “Con todo lo que has estudiado…”. Aunque se digan para motivar, colocan al alumno ante una carga excesiva.
Funcionan mejor mensajes más sobrios y realistas: “Has trabajado y ahora toca hacerlo lo mejor posible”, “Un examen no define todo lo que vales”, “Vamos paso a paso”, “Hoy céntrate solo en la siguiente prueba”.
Si aparecen nervios, no dramatizar
Es normal que haya ansiedad, cambios de humor, silencios, irritabilidad o sensación de bloqueo. La PAU llega después de semanas intensas –cuando no dos años de Bachillerato- y con la presión añadida de las notas de corte. La familia debe distinguir entre nervios normales y señales de alarma. Si el alumno no duerme nada, tiene crisis frecuentes, llanto persistente o bloqueo incapacitante, conviene pedir ayuda profesional o acudir al orientador del centro.

Estudiantes durante la prueba de la PAY en una imagen de archivo. / A. J. GONZÁLEZ
Diez claves para padres durante la PAU
- No convertir la casa en una sala de examen. El ambiente debe ser tranquilo, no solemne ni asfixiante.
- Ayudar con horarios y desplazamientos. La logística ordenada reduce ansiedad.
- Evitar comparaciones. Ni con hermanos, ni con primos, ni con compañeros que “lo llevan mejor”.
- No hacer reproches retrospectivos. La semana de la PAU no es momento para ajustar cuentas.
- Cuidar sueño y comida. Más útil que un repaso a las dos de la madrugada.
- Respetar los silencios. No todos los estudiantes quieren hablar después de cada examen.
- No sobreactuar los errores. Un mal examen no siempre arruina el resultado final.
- Recordar que hay convocatoria extraordinaria. No como amenaza, sino como red de seguridad.
- Mantener una rutina normal. La normalidad también tranquiliza.
- Transmitir confianza sin prometer imposibles. Ni catastrofismo ni euforia artificial.
La PAU no termina al salir del último examen
Tras las pruebas llegará otra fase sensible: notas, revisión, preinscripción y adjudicaciones. La calificación de acceso combina el expediente de Bachillerato con la fase obligatoria de la prueba; además, las materias de admisión pueden elevar la nota para competir por determinadas titulaciones. Ese tramo también exige acompañamiento, especialmente si la nota no alcanza la primera opción deseada.
Ahí los padres vuelven a tener una función importante: ayudar a mirar alternativas con frialdad e insistir en que cambiar de plan no es fracasar. Hay dobles grados, listas de espera, segundas opciones, universidades distintas, ciclos superiores y caminos que no siempre aparecen en la primera conversación familiar.
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